Germán Doig, padre laico

 

P. Joaquín Alliende Luco

Eran los días en que se preparaba para su creación de Cardenal. Permaneció en un largo silencio en el teléfono. Se quedó literalmente sin palabras el Arzobispo de Santiago de Chile, Monseñor Francisco Javier Errázuriz, cuando le di la noticia de la muerte de Germán. En Roma y en América corrió como un reguero la dolorosa comunicación. Pocas veces una partida estremecía a tantos diversos que comulgaban en las heridas de un mismo dardo. Estupor, un grito como de salmista que le reclama a su Dios por el escándalo de una ausencia que humanamente aparecía como un absurdo. El reclamo de la enérgica Marta de Betania volvía al aire: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no hubiera muerto». ¿Por qué esta reacción inacostumbrada? La respuesta es simplísima. Nadie que conociese a Germán, ese hombre recio, al que le rondaba una tenue sonrisa de niño juguetón entre los ojos, ese fogoso dominado, ese enamorado de Cristo, podía bruscamente pensar la Iglesia de aquí sin él. Es la vieja regla de las proporciones la que nos hacía sufrir. El calado del dolor tiene el porte del vacío que deja el viajero al irse.

El Germán que vislumbré se me esfuma entre los dedos de la memoria. Lo curioso es que se me escurría ya en el mismo momento en que me impresionaba. Era como contar oro y dejarlo pasar. Puede bien ser que la culpa la tuviese él mismo, su delicadeza. Él no pretendía para nada quedarse dibujado en el recuerdo del otro. Simplemente se retrataba por un fogonazo que disparaba un discreto ángel entre bambalinas. Ya sólo por esto era tan apaciguador encontrarse con él, en medio de tanto grito, vulgaridad y estridencia. Siendo muy actual y futurista (por algo fue un torrero vigilante que se adelantó en cuestiones de computación para la Iglesia y la cultura), tenía algo de una prosapia espiritual, un señorío evangélico como de tiempos más lentos. Si bien se desplazaba con la eficiencia necesaria en la velocidad del jet, uno podría preguntarse si no habría dejado una cabalgadura a la entrada de la casa. Germán era un peruano virreinal, un limeño de parsimonia que podía saltar con una fiereza andina cuando de la verdad se trataba. Entonces uno se percataba que, bajo la pulcra nieve de la cumbre, el volcán había estado rumiando fuego en la entraña.

El tríptico

El álbum fotográfico que tengo de él es un tríptico de ciudades con dos tapas de nostalgia. Santo Domingo del Caribe. Roma de Juan Pablo II. Santiago de mi rincón. Las tapas oscuras, como solían ser en Flandes por el siglo XV, tienen por adorno una grisalla. Esos dibujos modestos y nostalgiosos que dicen algo casi sin decirlo. En la tapa está Lima, a la cual tantas veces me invitó, prometiéndome tentadores encuentros con Luis Fernando Figari y amigos del Sodalicio de Vida Cristiana, públicos de auditores, ceviches y piscos auténticos, y «no de esos advenedizos que han inventado ustedes los chilenos» (sonrisa pícara).

Santo Domingo

En Santo Domingo nos tocó vivir codo a codo curiosas páginas de la historia de la Iglesia de América Latina. Habíamos sido nombrados por la Santa Sede, él como miembro laico y yo como perito, para ayudar al magisterio de los Obispos reunidos en la IV Conferencia Episcopal Latinoamericana. Trabajábamos el día entero en la sede de la Conferencia y algo dormíamos en los tórridos cuartos de una casa de retiros. Nos trasladábamos agotados en unos taxis que misteriosamente no terminaban de desarmarse. La jornada era siempre feroz. Había que asistir a las reuniones con los obispos. Mientras ellos descansaban había que redactar textos. No faltaron momentos tensos en el esfuerzo por dilucidar temas teológica y prudencialmente complejos. Recuerdo un día viernes, ya bien de madrugada, volviendo en un taxi asmático con Germán y el presbítero Filippo Santoro. Una musiquilla caribeña, que se fue haciendo atronadora, salía de unos locales de baile y se mezcló con nuestras evaluaciones de un día más. Yo iba crispado por alguna discusión. Lo que menos olvido, es la bondad de Germán, para decir su apreciación de las cosas, sin jamás faltar a la caridad, incluso con personas que sentíamos nos habían tratado injustamente, calidad rara en alguien de su joven edad. También la alegría y la ecuanimidad muy objetiva. Otra noche fuimos juntos a la Nunciatura a encontrarnos con el Cardenal Secretario de Estado, Eminencia Angelo Sodano, y Joaquín Navarro Valls, portavoz del Santo Padre. Queríamos conocer de cerca el pensamiento de quien nos había nombrado en algunos asuntos que se debatían. Nuevamente admiré el equilibrio de Germán Doig, su amplia información y su agudeza teologal. No era un comportamiento circunstancial, dentro de él ardía una radical y lúcida fidelidad al Vicario de Cristo y su magisterio, en lo cual era ducho. En esa noche, por la calma de mi amigo, descubrí que él era un caso de lo que los medievales llamaron "sobria ebrietas", es decir una ebriedad ígnea por dentro y una nobleza ceñida en el ademán.

Roma

La casa de Guzmán y Lídice Carriquirry, muy al borde de los muros vaticanos, sirvió, una vez más, de alero para el encuentro. Esta vez eran laicos latinoamericanos que asistían al Sínodo de América, Germán entre ellos. También estaba el gran teólogo argentino Lucio Gera. La conversación era sabrosa, pero navegaba por un mar demasiado vasto. Corríamos el peligro de no producir ningún papel útil para el Sínodo esa noche. Germán, como siempre criterioso, práctico, permitió que el caudal de las ideas se apozara en una contribución a los obispos sinodales. Por ahí salió el tema de los movimientos eclesiales y se buscaron descripciones y acotaciones. No recuerdo las palabras, pero sí una impresión reiterada, Germán tenía una inteligencia clara del fenómeno en la relación carisma y Jerarquía. Esto no era nuevo para mí, pues en nuestras largas conversaciones caribeñas había conocido de su lealtad para servir desde la identidad de su familia espiritual generosamente a los obispos del Perú y a la Santa Sede. Historias estas no exentas de padecimientos, porque el amor de Germán a la Iglesia fluía de un crisol de alta temperatura. Además él tenía una visión y una actitud que rechazaba todas las formas de latinoamericanismo atrincherado, romántico y de trasnoche. Veía a las Iglesias de nuestro continente en las refrescantes latitudes de la universalidad católica, global. Al día siguiente pasó Germán temprano las rejas junto al Braccio Carlomagno, entró al Aula Paulo VI a ocupar su lugar, se inició otra sesión del Sínodo de América.

Santiago

En Santiago de Chile nos reunimos en este cuarto atestado de libros donde escribo estas líneas ahora. Siempre pasamos primero a la capilla para adorar al Santísimo y nutrirnos de su callada presencia. No faltaban las palabras del cariño a la Virgen, que siendo sobrias, varoniles, no podían ocultar del todo la ternura de Germán cada vez que se refería a ella. En el sillón negro la sonrisa brillaba más. Se hablaba de todo. Apretado, porque el reloj era mezquino en su estadía santiaguina y los hermanos no le daban tregua, bebiendo lo que él portaba con abundancia. Si rememoro las distintas citas, percibo algo que quedó como un preciso sabor en la última. Él estaba más urgido, la responsabilidad lo había hecho definitivamente hombre, ya un adulto en plenitud. Un padre laico en la Iglesia. Verdaderamente ya estaba a punto para engendrar, sostener y contener a muchos hijos en la fe. También en esto Germán es atípico y adelantado promisor. Por razones de la conciencia teológica que ha habido del bautismo y la confirmación en los desarrollos históricos, no se ha tenido siempre presente que la paternidad en el ámbito extra familiar en la Iglesia, no es privativa del sacerdocio ministerial, ni mucho menos. Sería interesante recoger el hecho que los starez de Oriente, también en el reciente pasado de persecución en Rusia, no fueron siempre sacerdotes. Tenemos ejemplos de tales paternidades en el mundo iberoamericano, verbi gracia, en los guías espirituales de San Pedro Claver y Marianita de Quito. Ahora, en una modalidad cultural muy distinta -en un laico que escribe de computación-, el Espíritu Santo había dibujado en Germán el rostro de una paternidad honda, laicalmente cotidiana y visionaria en los tiempos que vienen para la Iglesia. Esto se hacía patente en la madurez robusta de sus juicios, pero además en una afectuosa sabiduría para tratar la realidad de los jóvenes que iniciaban un camino en el Sodalicio. Puedo haberme equivocado, pero en la última visita, sin que ningún vocablo del texto lo dijera, leí entre líneas que él estaba sufriendo. No sería nada de extraño, pues ya estaba en el tramo final. Sabemos bien que el Maestro dio los últimos pasos ascendiendo a la colina del Calvario. Pero su pesar era vivido de pie, en paz. Guardo una tarjeta de visita del 11 de diciembre de 1997, víspera de la fiesta de Guadalupe. Me pide unos poemas, cuando me deja una misiva escrita con minúsculas letras apretadas. Las líneas tienen una inclinación ascendente, al igual que la rúbrica de la firma. Todo es un breve testamento en miniatura: En las proximidades de la fiesta de María de Guadalupe, Patrona de América. Líneas que suben. Y las tres últimas palabras, nacidas de su trasparente nobleza: «Gracias. Muy hermoso». Ahora esa Belleza, que en Santiago de Chile era destello, la tiene él cara a cara en su raudal de hontanar infinito.

Segunda grisalla

La contra tapa del tríptico de las tres ciudades es la segunda grisalla apenas delineada. En ella, por la presencia de Germán junto al Padre, se disipa un poco más la neblina nocturna. La escena adelanta el cielo final y cobra un color amable para sus amigos, porque «allí donde está tu tesoro, está tu corazón».


 

Joaquín Alliende Luco, teólogo chileno, de los Padres de Schönstatt, es director de la Fundación Cultural Ángaro. Es también miembro de número de la Academia Chilena de la Lengua y correspondiente de la Real Academia Española. Participó como perito y experto en las Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano en Puebla y Santo Domingo. Es autor de numerosas obras de poesía, teología pastoral y evangelización de la cultura, entre las que se encuentran: Bienandanzas; Longino Traspasado; Diálogos con María al fin del milenio; Santo Domingo, una moción del Espíritu para América Latina; Genealogía cristiana del Abbá.
 

VE enero-abril de 2002, año 18, No. 51

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