| En sintonía católica
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En la carta apostólica Novo millennio ineunte (6/1/2001), en la que S.S. Juan Pablo II plantea las grandes orientaciones para la misión de la Iglesia al alba del tercer milenio, se destaca una vez más que «una atención pastoral se ha de prestar... a la pastoral de la familia»[1]. Es cuestión de suma importancia por el «valor único e insustituible de la familia para el desarrollo de la sociedad y de la misma Iglesia»[2]. Se trata, pues, de recapitular y relanzar una de las prioridades de la solicitud pastoral, educativa y evangelizadora de la Iglesia, siguiendo fielmente la riqueza de enseñanzas y directivas que provienen del Concilio Vaticano II, especialmente de la Constitución pastoral Gaudium et spes, que encontraron un hito fundamental en la encíclica Humanae vitae (25/7/1968) de S.S. Pablo VI y que en el actual pontificado se han expresado en la exhortación apostólica post-sinodal Familiaris consortio (22/11/1981), la Carta a las familias Gratissimam sane (2/2/1994), la encíclica Evangelium vitae (25/3/1995), las catequesis papales sobre la “teología del cuerpo” y muchos otros documentos y referencias. Ciertamente todo ello estuvo muy dentro del corazón y la inteligencia del recordado amigo Germán Doig por esa sintonía fiel y comprometida, de la que da testimonio toda su vida, con la comunión y la misión de la Iglesia, queriendo hacer siempre suyas, afectiva y efectivamente, las preocupaciones e indicaciones del Papa Juan Pablo II. Además, peruano, latinoamericano, atento protagonista de las vicisitudes de los pueblos del “continente de la esperanza”, de su cultura de matriz católica, sabía apreciar el vivo sentido de familia que es propio de ellos, no obstante muchas deficiencias y exigencias de crecimiento humano y cristiano. En sus estudios sistemáticos sobre las sucesivas Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano —en los que descuella su valiosa obra: Diccionario Río - Medellín - Puebla - Santo Domingo[3]—, y desde su actuación como participante en la IV Conferencia General en Santo Domingo, bien conocía que el tema de la familia había estado ya bien presente en la solicitud de los obispos latinoamericanos reunidos en Río de Janeiro (1955)[4], que en la Conferencia de Medellín (1968) se destacaba a la familia como «formadora de personas, educadora en la fe, promotora del desarrollo»[5], que en la Conferencia de Puebla (1979) se desplegaba la familia como célula fundamental de «comunión y participación»[6], y que en la Conferencia de Santo Domingo (1992) se reafirmaba la necesidad de «hacer de la pastoral familiar una prioridad básica, sentida, real y operante», en cuanto «frontera de la Nueva Evangelización»[7]. ¿Es necesario recordar que Germán Doig ha participado en muy numerosos encuentros y seminarios a nivel nacional (peruano), latinoamericano y universal, algunos auspiciados por el Pontificio Consejo para la Familia, respecto a dicha temática? Releer todos los numerosos escritos y observaciones de Germán Doig sobre la familia es edificante, aunque no faltarán sus discípulos que podrán estudiar más sistemáticamente sus intuiciones y aportaciones. Consagrado en familia nueva Causa sorpresa y agrado que Germán se haya ocupado tanto de la familia. Fue un laico llamado a consagrarse totalmente a Dios, con el corazón indiviso, en la virginidad, para entregar su vida entera a dar testimonio de la gloria y misericordia divinas y ponerse así al servicio de sus hermanos. Esa elección predilecta por parte del Señor lo fue templando y lanzando en dimensión católica. Recibió la tradición cristiana de su familia de origen, pero fue más decisiva, más radical y capital, la experiencia de su nueva familia, la del Sodalicio de Vida Cristiana, en el encuentro con Luis Fernando Figari y en la convivencia con sus hermanos de la comunidad. La comunidad sodálite era para él signo luminoso, por regalo carismático del Espíritu, del misterio de comunión de la familia de los christifideles, camino y morada de su sequela Christi. Allí, sin duda, redescubrió con otra profundidad y belleza lo que es la paternidad de Dios, también su dimensión maternal reflejada en la Santísima Virgen María, el misterio nupcial entre Cristo y su Iglesia, el sentido sacramental de la filiación y esa fraternidad reconciliada sólo posible por la gracia de Dios. Tengo la convicción de que es ésta la experiencia fundamental que ha marcado a fondo en Germán Doig su solicitud personal, católica, que demostró especialmente en la madurez espiritual de su vida, respecto a la dimensión creatural y sobrenatural de la familia en el Plan de Dios así como respecto a la defensa y promoción de su bien para la Iglesia y la sociedad de nuestro tiempo. Las cuestiones en juego De Germán conocimos, por transparencia de vida, su profunda experiencia de Dios, sus tiempos cotidianos de coloquio con Nuestro Señor Jesús, la importancia decisiva que tenía la oración para su vida cristiana. Ninguna de sus intensísimas responsabilidades y actividades lo podía distraer de lo que era la fuente viva de su consagración. Pero ésta no se expresó jamás como separación, indiferencia o incompetencia respecto a los asuntos candentes de la vida de la Iglesia, al servicio de los hombres. Le fue dado un corazón grande para abrazar lo humano, desde Dios. Abrazó, pues, con pasión y competencia, la realidad de la familia, en sus aspectos críticos y problemáticos, en las amenazas a las que está sometida, en su belleza a la luz del designio de Dios y en las exigencias de educación y evangelización que todo ello comporta. Fue agudamente consciente de la radicalidad y magnitud del desafío que hay que enfrentar en ese terreno: «Al estar la familia amenazada es todo el futuro de la humanidad el que se encuentra en peligro. La Iglesia sabe bien que lo que está en juego, en última instancia, es el ser humano mismo»[8]. Todo depende de la respuesta que se dé «a la pregunta esencial por la identidad del ser humano y, desde allí, por el sentido pleno de su existencia y de su obrar»[9]. No hay camino de «verdadera felicidad» —afirmaba Germán, citando a Pablo VI— más que «en el respeto de las leyes grabadas por Dios en su naturaleza y que debe observar con inteligencia y amor»[10]. Los textos de Germán sobre la familia arraigan en su realidad creada, destacando, pues, su fundamentación antropológica. «El hombre no puede vivir —escribe Juan Pablo II en la encíclica Redemptor hominis— sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente»[11]. La familia es esencialmente comunidad de vida y de amor, está llamada a «custodiar, revelar y comunicar el amor»[12], y, por eso, es escuela de humanidad, en cuanto la persona crece y se realiza como don en esa intimidad que es propia de la vida familiar. Hay que dar testimonio en el mundo actual —concluye Germán Doig— sobre «la verdadera naturaleza de la familia, fundada en el matrimonio, abierta a la vida, que constituye una communio personarum llamada a ser un cenáculo de amor, reconociendo su centralidad para la sociedad, y también la importancia que tiene en la formación del ser humano»[13]. Hoy día, y desde hace décadas, las amenazas y agresiones contra la familia apuntan a socavar sus raíces, a desvirtuar su realidad intrínseca, su verdad. «Habría que preguntarse si la amenaza para el hombre no ha empezado —como tantas veces— por la familia. Si la familia es el ámbito natural de nacimiento y desarrollo del hombre —la célula original de la vida social—, y por ende el hábitat donde aprende a ser persona y a caminar hacia su realización según el Plan de Dios, los males y problemas que afectan a la familia terminan constituyendo una grave amenaza contra el ser humano»[14]. En el fondo de la crisis social se encuentra una crisis moral y religiosa, que ha afectado a su vez «la consistencia de los valores de la misma familia»[15]. Cuando el criterio fundante de la familia no es el amor verdadero, la comunión entre las personas, sino una mentalidad tecnologista, funcional, utilitaria, hedonista, entonces la familia tiende a disgregarse, a degenerar, a sucumbir, con todas las dificultades y consecuencias de dolor, frustración, injusticia, soledad y otras secuelas de empobrecimiento humano. Germán Doig ha sabido exaltar todos los bienes que la tecnología ha traído consigo, pero llama «mentalidad tecnologista» a aquella «que copia la manera de proceder de la racionalidad tecnológica y aplica sus criterios de operación a toda la realidad», extrapolándolos e introduciendo de tal modo «el criterio de sustituibilidad al ser humano»: «si alguien no me sirve o no encaja con mi proyecto o mi modo de ser o pensar entonces lo puedo sustituir». El problema más serio —afirma Germán— es que «se pierde así el valor absoluto que tiene cada persona y que la hace única e irrepetible»[16]. Esto se está dando especialmente, y en formas muy radicales, en las experimentaciones indiscriminadas de la fertilización asistida. Los criterios meramente funcionales y utilitarios de las relaciones humanas, y de aquéllas tan singulares, de extraordinaria implicación y responsabilidad humanas, que son las relaciones familiares, incapacitan para comprender y asumir la unidad indisoluble entre marido y esposa, y todas las responsabilidades que conlleva la procreación y la educación de los hijos. Pero «hay otros campos en donde se aprecia también el influjo de la tecnología en la vida y en la imagen de la familia... Quizás el más saltante —prosigue Germán— sea el caso de los medios de comunicación social, sobre todo la televisión. Tomando tan sólo sus aspectos problemáticos hay que decir que se ha convertido en un factor de distorsión, a menudo muy grave, tanto por el hecho de que atenta contra la interrelación entre los miembros de la familia —es impresionantemente alto el número de las horas al día que pasan muchos frente a la pantalla—, como por las imágenes que la TV ofrece de lo que es el ser humano y del sentido de su existencia. Se presenta así una inocultable tensión entre los contenidos y orientaciones culturales que se trasmiten a través de los medios de comunicación y los valores que se cultivan en la familia... El recurso a la violencia y al sexo, y la presentación de modelos de personas llenos de patologías es sólo un aspecto del problema»[17]. Esa misma mentalidad tecnologista y hedonista va difundiendo una cultura “anti-vida”. Germán Doig recuerda que el Papa Juan Pablo II ha llamado la atención sobre una «especie de actitud prometeica del hombre que, de este modo, se cree señor de la vida y de la muerte porque decide sobre ellas»[18]. Los atentados contra la vida se concentran sobre todo en las fases iniciales y terminales de la vida. Se manifiestan en la permisividad legal, en la banalización e inducción, en la práctica de masa del crimen del aborto, hasta reclamado o reconocido como presunto derecho individual. Arremeten también contra los ancianos y enfermos, bajo las mentirosas formas “compasivas” de la eutanasia. Pero esa mentalidad anti-vida se expresa asimismo como actitud anti-natalista. La píldora abortiva es cosa diversa de la píldora contraceptiva, pero la difusión masiva de los medios de contracepción tiende, en línea general, a todas las formas de rechazo de la vida. No deja G. Doig de recordar lo que proféticamente señaló Pablo VI en la Humanae vitae, cuando alabando los «progresos estupendos en el dominio y en la organización racional de las fuerzas de la naturaleza», advertía a la vez que ese dominio corría el riesgo de desvirtuarse cuando pretendía extenderse «al cuerpo, a la vida psíquica, a la vida social y hasta las leyes que regulan la trasmisión de la vida»[19]. Una de las consecuencias más graves de la mentalidad tecnologista es, para Germán, «la separación entre el acto sexual y su apertura a la vida»[20]. Por una parte, la relación sexual, despojada de su calidad de entrega y de auténtico amor, queda reducida «a una función utilitaria y a su vez cosificadora de la pareja»[21]. Por otra, se tiende cada vez más a percibir y programar a los hijos como resultado de técnicas de reproducción, mediante la fertilización artificial, en las que «se está llegando implícitamente a que a la sociedad le resulte indiferente que se engendre un hijo de una mujer o de otra con gametos de un ser humano o de otro», poniéndose en cuestión «los conceptos básicos de “padre” o “madre”, y también de “hijo”». Hasta «aparecen entonces personas que son “hijos de nadie” y que deben asumir una identidad artificial»[22]. Germán Doig recoge la fuerte expresión del Papa Juan Pablo II inaugurando la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Santo Domingo cuando habla de «anticultura de la muerte»: «La vida, desde su concepción en el seno materno hasta su término natural, ha de ser defendida con decisión y valentía. Es necesario, pues, crear en América una cultura de la vida que contrarreste la anticultura de la muerte, la cual —a través del aborto, la eutanasia, la guerra, la guerrilla, el secuestro, el terrorismo y otras formas de violencia o explotación— intenta prevalecer en algunas naciones»[23]. Como atento observador de la realidad latinoamericana, con documentación abundante sobre los programas neomalthusianos que se han propuesto y difundidos en no pocos de sus países, y que, a la vez, acompañó activamente la intensa movilización promovida por la Santa Sede en la preparación de la Conferencia Internacional sobre Población y Desarrollo en El Cairo (1994), Germán Doig fue agudo crítico de las justificaciones ideológicas que los poderosos han ido usando para propaganda e implantación de los programas de control de natalidad con una inversión enorme de fondos y una promoción indiscriminada de métodos. «Ya se ha visto con suficiente claridad —escribía en su estudio sobre La familia, santuario de la vida— que una disminución del índice de crecimiento poblacional no trae por sí solo el desarrollo. Es evidente, por lo demás, que las dificultades para el desarrollo no se encuentran principalmente en ese factor. Y que, más aún, es demostrable históricamente que en muchos casos el desarrollo ha venido después de un aumento del número de habitantes. Como afirmó Pablo VI ante la ONU en 1965, no se trata de disminuir los comensales en el banquete de la vida sino de aumentar el pan para que sea suficiente para todos[24]. Y todo hace pensar que esto es perfectamente posible. El problema está más en aquel viejo enemigo del ser humano: el egoísmo». Y concluía: «Una mayor producción de riqueza y una mayor distribución de la misma es precisamente un camino no sólo viable, sino adecuado para acompañar al ser humano en su peregrinar por el Tercer Milenio»[25]. Falto de credibilidad el terrorismo apocalíptico sobre la «bomba demográfica», se pasa a una «manipulación del lenguaje». Estudiando y escribiendo sobre la cumbre de El Cairo, Germán alude «a ciertos términos cuidadosamente elegidos, cuya aceptación es evidente, pero cuyo sentido final se oculta con indiscutible arte» para ir «conduciendo a las personas por un sendero sin retorno. De la salud reproductiva y de la maternidad segura, deslizándose por un reclamo de los derechos reproductivos... sugiriendo una oportuna y conveniente regulación de la fertilidad... se llega a la terminación de la concepción y la interrupción del embarazo no querido. Es decir a partir de la salud y los derechos humanos se llega al asesinato por aborto; en nombre de la salud que debe proteger la vida, se ponen los medios para destruir la vida»[26]. No extraña, pues, que «frente a una cultura de muerte», Germán Doig subraye cómo «la Iglesia quiere elevar una vez más la bandera de la cultura de la vida; quiere recorrer el camino de la familia. Para ello dirige su mirada sobre la familia, como fundamento de toda auténtica política de protección, defensa y promoción de la vida y dignidad humana, y como fundamento de la vida social». Se requiere, pues, una «pedagogía de la vida»[27]. Un misterio grande: la belleza del matrimonio y la familia Si Germán Doig supo “combatir” en favor de la familia es, sobre todo, por ser consciente de todo el bien, la verdad y la belleza del matrimonio y de la familia en el designio creador y redentor de Dios: ¡un “misterio grande”! Conviene, pues, repasar muy bellos y profundos textos de Germán al respecto. «La familia y el matrimonio no son asunto de mera convención humana»[28]. Por eso recordaba a Pablo VI en la memorable Humanae vitae: «El matrimonio no es, por tanto, efecto de la casualidad o producto de la evolución de fuerzas naturales inconscientes; es una sabia institución del Creador para realizar en la humanidad su designio de amor»[29]. «En el Señor Jesús el matrimonio adquiere su verdadera dimensión. En consecuencia hay que volver la mirada hacia el Señor para comprender mejor su misterio. A semejanza del amor de Cristo por su Iglesia, el amor de los esposos debe ser “total, exclusivo, fiel y fecundo”»[30]. Germán Doig desarrolla especialmente en sus escritos el matrimonio como vocación, su sacramentalidad y camino de santificación, la relación entre la Iglesia y la familia y la condición de ésta como “Iglesia doméstica”. El documento de Santo Domingo —escribe al respecto nuestro amigo— hace «una interesante analogía entre la familia y la Iglesia. Al hablar del sacramento del matrimonio se indica que éste es “santificante” y que “comunica la vida divina por la obra de Cristo”. Y añade: “un sacramento en el que los esposos significan y realizan el amor de Cristo y de su Iglesia”[31]. Hay un claro paralelo con el sentido de lo que es un sacramento. Así como la Iglesia es presentada como un sacramento del Señor Jesús —es decir, signo e instrumento de salvación, comunión y reconciliación—, la familia, como Iglesia doméstica, esta llamada a “significar” —ser signo— y a “realizar” —ser instrumento— el amor reconciliador del Verbo Encarnado. Hermosa analogía que nos introduce en el misterio del designio divino y nos permite comprender mejor la grandeza del sacramento del matrimonio que debe llevar a quienes son bendecidos con esa vocación a ser para sí mismos y su familia, y para el mundo entero, como —si cabe la expresión— un sacramento doméstico del amor reconciliador del Señor Jesús»[32]. La familia es, pues, «santuario no sólo de la vida humana sino también de la vida de la gracia», «santuario de la vida divina que se hace amor entre nosotros por el Verbo Encarnado», «escuela y ámbito de encuentro y comunión para el ser humano, cenáculo de amor, Iglesia doméstica»[33]. En este sentido, lo más esencial de la vocación matrimonial y de la vida familiar es «la necesidad de un esfuerzo permanente de conversión, de acogida de la gracia, para la pareja de esposos, para la familia. Para quienes han recibido el bautismo, es fundamental poner de relieve la necesidad de la conversión al Señor Jesús para poder constituir una auténtica familia cristiana», lo que sitúa ante la tarea primordial de «poner en primer lugar el horizonte de evangelización y de reconciliación al interior de las familias. La familia debe entenderse como sujeto y destinatario primero de la evangelización... Sólo una familia evangelizada y reconciliada puede ser... una familia evangelizadora y reconciliadora»[34]. Matrimonio y virginidad ¿Acaso se trataba en Germán Doig de un mero conocimiento teórico, una defensa en línea de principio, un acercamiento genérico a la cuestión del matrimonio y de la familia? ¡Mucho más que eso! Siendo Vicario General del Sodalicio de Vida Cristiana, Germán Doig fue, a la vez, Coordinador General del Movimiento de Vida Cristiana. Y en ambas responsabilidades puedo imaginarlo muy bien como compañía madura y cercana, de especial autoridad moral, para el discernimiento de las opciones vocacionales de muchos jóvenes amigos, muchos de ellos en camino hacia el matrimonio. Puedo imaginarlo también, enriquecedor y enriquecido, en el vivo intercambio de experiencias de vida cristiana junto con muchos nuevos matrimonios y familias cristianas en esa peculiar amistad y profunda comunión que se da en la vida del propio movimiento eclesial. ¿Cómo no ver en todo ello la riqueza resultante de la relación concreta de quienes viven la común vocación cristiana en una pluralidad de vocaciones, dones y estados de vida, dentro de un movimiento eclesial como signo y reflejo del misterio de comunión, que es la Iglesia? ¿Cómo no recordar, en fin, mucho más que la cortesía, delicadeza y amabilidad de las relaciones personales que tuvo Germán para conmigo, el hecho de que mi persona y mi trabajo no eran nunca para él referencias de un individuo aislado, sino en compañía indisoluble con mi señora, Lídice, y con mis hijos? ¡Y bien que nos lo demostraba en su abrazo de amistad y caridad! |
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Juan Pablo II, Novo millennio ineunte, 47. |