Germán Doig y su preocupación
por la enseñanza social de la Iglesia

 

Entrevista a Mons. Ricardo Durand Flórez, S.J.
Arzobispo-Obispo Emérito del Callao

Klaus Berckholtz Benavides

Uno de los rasgos que ha caracterizado el ministerio pastoral de Mons. Ricardo Durand ha sido su constante servicio y amor por los pobres. Con la conciencia de que el compromiso social es parte integrante de nuestro seguimiento del Señor Jesús, su celo apostólico lo ha llevado a fomentar y emprender muchas iniciativas en favor de los más necesitados. A su incansable labor de promoción humana se han unido siempre sus esfuerzos por esclarecer un recto trabajo solidario, alentando el estudio y la aplicación de la doctrina social católica. Su palabra de Pastor, clara y valiente, y su testimonio evangélico han sido criterio de orientación en distintos momentos importantes de la vida del Perú.

Con su habitual generosidad, Mons. Ricardo, retirado ya del ejercicio de responsabilidades de gobierno pastoral, accedió gustoso a conversar con nosotros sobre sus recuerdos acerca de Germán Doig, a quien conoció y con quien emprendió diversos proyectos. A ambos los unió no sólo una sincera amistad y la conciencia de ser hijos de la Iglesia, sino también la comunión de ideales en otros diversos aspectos, entre ellos lo que al compromiso social solidario y la aplicación de la enseñanza social de la Iglesia se refiere. Recogemos a continuación sus evocadoras palabras.

Monseñor Ricardo, ¿qué recuerdos guarda usted de Germán?

Mis recuerdos son altamente positivos. Le tenía una gran estima, y sentí mucho cuando supe que había sido llamado por el Padre a su presencia. Uno debe conformarse con la voluntad de Dios; pero realmente lo sentí porque creo que Germán era una persona que irradiaba a Cristo. No era alguien que se quedaba para sí, sino que además de tener una gran presencia de Cristo, la proyectaba a los demás en una forma sencilla y adecuada. Esas personas que saben comunicar a Cristo, y que saben hacerlo de ese modo particular, son de mucha importancia para la Iglesia. Y dado que la Iglesia es Cristo y somos Iglesia en cuanto estamos unidos por Cristo, para mí fue una dolorosa impresión cuando supe que Germán ya había sido llamado por Dios. Esto humanamente hablando, pues Dios sabe por qué lo ha permitido.

¿Desde cuándo lo conocía?

Conocí a Germán cuando comenzamos a realizar las Semanas Sociales, siendo yo obispo del Callao. Esas reuniones anuales de Vida y Espiritualidad realmente hicieron un gran bien. Asistieron entonces como 800 personas. Quien promovía estas jornadas era Germán. Con este motivo lo conocí, y desde el momento en que lo conocí, lo aprecié. Yo creo que esa comunión de ideas en cuanto a nuestra proyección —digo nuestra, porque yo también procuro tenerla— hizo que nos hiciésemos muy estrechamente amigos en una forma rápida y muy profunda. Ése fue el motivo ocasional por el cual conocí a Germán.

Posteriormente nos encontramos en diversas circunstancias. Por ejemplo, él estuvo en Santo Domingo, en la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, donde tuvimos oportunidad de reunirnos, encontrarnos esporádicamente, conversar, dialogar sobre algunos temas que pensábamos que era conveniente tratar de una forma u otra en la Conferencia. Él fue invitado precisamente por su puesto de avanzada. Yo ya había participado en Medellín y en Puebla. En Santo Domingo no estuvimos en la misma comisión de trabajo, pero coincidimos en varios momentos. Además, cuando en estos eventos interviene alguien conocido —porque son muchas las personas que participan— uno suele poner mayor atención. Así que cuando intervenía Germán, un peruano, una persona que yo conocía, escuchaba con más atención, y realmente Germán no desdecía de la opinión que yo tenía de él, de ser un hombre, como digo, muy unido a Cristo, muy profundamente vinculado con Nuestro Señor.

Sé que además Germán pertenecía al Pontificio Consejo para los Laicos en el Vaticano, lo cual habla mucho de él.

Usted ha mencionado las Semanas Sociales en el Callao. ¿Cómo surgió la iniciativa de retomar estas Semanas Sociales?

No fue por parte mía. Me lo propusieron y yo, evidentemente, acepté. ¿Cómo no iba a aceptar algo que yo veía que era tan importante? Además me ayudaban en todo. Yo, naturalmente, tenía que apoyar, dar mi respaldo y asistir a las reuniones de trabajo, cosa que hice, como también ofrecer alguna ponencia. De modo que agradecí en esa época, y agradezco ahora con el recuerdo, el bien que hicieron esas Semanas Sociales.

Ya en el Perú se habían realizado a fines de la década de los cincuenta y comienzos de los sesenta, Semanas Sociales; pero por diversas circunstancias no se pudo continuar con ellas. Dentro de mi misión como obispo siempre me he preocupado por lo religioso y lo social, vinculado a la justicia. Por eso mi lema episcopal es: «Verdad, Justicia y Paz en la Fe». Porque si no hay verdad, no hay justicia, no hay paz. Esto es algo que está muy vinculado a lo social. Además, la coyuntura de ese tiempo también lo exigía.

¿Qué circunstancias se vivían entonces?

Eran momentos en que en la Iglesia había una situación difícil, que ahora felizmente ya se ha tranquilizado. Me refiero al problema de la teología de la liberación de inspiración marxista, por la cual muchos jóvenes se proyectaban con una visión ideologizada hacia lo social. Sin duda tenemos que proyectarnos; pero cristianamente —como era también la proyección de Germán—, y no vinculados con el marxismo. Lamentablemente en esa época había un buen grupo de personas a nivel internacional —en diversas partes del mundo, en Centroamérica, en Uruguay, en Brasil, en Argentina, en Colombia, y también aquí en el Perú—, que creían que en el marxismo estaba la solución al problema social. Quizá tenían el deseo de cristianizar a Marx; pero luego se ha visto que era un camino errado, por más que ahora pretendan darle la vuelta y procuren hacer una nueva exposición. Pero Germán era una persona que tenía una idea muy clara al respecto. Su presencia era muy significativa en cuanto que era seglar y hablaba con claridad, sin tergiversaciones. Fue de gran ayuda contar con un laico que conocía el tema, lo profundizaba y lo proyectaba, tratando lo social desde Cristo, sin vinculaciones con las ideologías.

No faltaban, además, quienes consideraban que la enseñanza social de la Iglesia había perdido su vigencia y actualidad, quienes pensaban que era incapaz de responder a la problemática que golpeaba en ese momento nuestra realidad social. Quizá por ello algunos, juzgándola erróneamente como carente de interés y de valor, la habían postergado. Durante algunos años fuimos testigos, pues, de una injusta relegación de la doctrina social de la Iglesia.

¿Y qué cree usted que motivó el interés de Germán en retomar estas Semanas Sociales?

Aunque naturalmente no puedo decirlo con una certeza absoluta, pienso que fueron una serie de razones. Por un lado, Germán estaba preocupado en difundir, también a través de las Semanas Sociales, el magisterio social, la doctrina social de la Iglesia que, como digo, había sido un poco dejada de lado sobre todo por algunas corrientes. Este magisterio social pontificio fue siempre comentado en las Semanas Sociales. Germán conocía mucho y había estudiado en profundidad, con penetración, las encíclicas sociales de la Iglesia, desde la Rerum novarum, de León XIII, hasta la Centesimus annus, de Juan Pablo II. Todo ese magisterio, muy rico y muy profundo, era necesario difundirlo, darlo a conocer, a fin de orientar a los cristianos, especialmente a los laicos —y también a los sacerdotes y religiosos—, para que se situasen en la línea correcta, ante tantas trampas que se presentaban. ¿En dónde están la base y las fuentes para tener una recta orientación? En las encíclicas —aunque no exclusivamente—. Y Germán, por su consecuencia, por su modo de ser y por lo responsable que era, sé que conocía mucho las encíclicas. Una muestra de ello son los libros y trabajos que dedicó a estudiarlas. Fueron varios, y muy interesantes, algunos de los cuales he leído. También abordó el tema de los derechos humanos —porque los derechos humanos están también estrechamente vinculados a lo social—. Es obvio que el derecho que tengo por ser persona humana me lo deben considerar y no pisotear. Esto, por supuesto, se aplica a todos los seres humanos, como dice el Papa Juan Pablo II en su primera encíclica, Redemptor hominis.

Por otro lado, era sumamente importante que los jóvenes cristianos no tomasen lo social desde el punto de vista marxista. Como he explicado hace un momento, había una proyección social, no sólo en el Perú sino en toda Latinoamérica, que tenía esta vinculación. Ante la urgente necesidad de tratar lo social, no podemos dejar de hacerlo, pero rectamente, como se comenzó en Medellín. Me acuerdo que trabajé mucho en la “educación liberadora”. La palabra “liberación” puede tener un sentido teológico, como redención, regeneración, salvación; pero también puede tener un sentido meramente social: liberarse de la miseria, de la que hay que liberarse siguiendo a Cristo. Sin embargo, el plano meramente social, que, repito, hay que atender, no cubre el plano religioso ni puede identificarse con él. Hay personas que, siendo liberadas en sentido social, no por eso han sido liberadas integralmente. La liberación integral supone en primer lugar la liberación del pecado, del mal —libera nos a malo—, junto con, evidentemente, la liberación de los males sociales; pero no hay que confundir. En esto Germán tenía una concepción nítidamente cristiana y católica, y por eso trataba el tema social, por eso se interesaba en estudiar la doctrina social de la Iglesia y en retomar las Semanas Sociales, para que los jóvenes conocieran la opción cristiana y no se fuesen por el camino errado de la ideología marxista.

Además, Germán era consciente de que existen profundos lazos entre evangelización y promoción humana. Uno no puede ser sinceramente cristiano si se despreocupa del pobre. Cristo no se despreocupó del pobre. Hay un refrán muy conocido que dice: “dale al pobre la caña para que pesque, no le des el pescado”. Germán en esto tenía la idea clara: si uno es realmente cristiano, si realmente ama a Cristo, no puede dejar de atender no sólo al pobre económico sino también al pobre intelectual, que es otro aspecto que a veces no se tiene en cuenta. Hay gente que no conoce a Cristo, y ayudarlos a que conozcan a Cristo es también ayudarlos en su pobreza de ideas respecto a lo que es la proyección eterna del ser humano. Ya puede una persona conocer esto y lo otro, ser un científico o un erudito; pero terminada esta vida, que en un momento termina, ¿qué? Sé que Germán está aquí oyéndome. Sé que está vinculado con nosotros porque creemos que está en la vida eterna, que es lo que Cristo nos ofrece. En cambio los científicos podrán poner, porque las leyes naturales son exactas, a un hombre en la Luna y regresarlo, pero en el orden moral —que es el más importante, porque es el del ser humano, el de la persona humana—, no obstante, están muchas veces desorbitados. No hay, pues, un equilibrio.

Por todas estas razones, y quizá por otras más, considero que Germán estaba interesado en recuperar la celebración de las Semanas Sociales y profundizar en el estudio del pensamiento social católico. Y los frutos que han surgido de ellas creo que le han dado la razón.

Después de la I Semana Social del Callao, continuaron estas iniciativas...

Sí, a los pocos meses se realizó una en Arequipa, auspiciada por Mons. Fernando Vargas, y al año siguiente tuvimos otra, nuevamente en el Callao. Cuando se organizó la Semana Social en Arequipa me alegré mucho y me pareció muy bien; pero yo no quería quedarme de lado, tenía mucho interés en que ello continuase. En eso compartíamos el mismo pensamiento con Germán. Si yo era obispo tenía que dar una proyección social a lo religioso. Primero lo religioso, pues lo social nace de lo religioso. De Cristo, que es Dios, Hijo de Dios, nace la preocupación por lo social.

Así pues, después de la I Semana Social, Germán me impulsó en noviembre de 1988 a la organización de una nueva Semana Social en el Callao, esta vez en torno a la encíclica Sollicitudo rei socialis, que el Papa Juan Pablo II había publicado poco tiempo antes.

Sé también que en 1990 se llevó a cabo otra Semana Social en Arequipa. Y tengo entendido que Germán colaboró muy estrechamente con el Cardenal Augusto Vargas en la realización de unas Jornadas Sociales en Lima, con ocasión de la promulgación de la Centesimus annus y del centenario de la Rerum novarum. De manera que se fueron multiplicando estas iniciativas.

Tengo el recuerdo de que todos estos congresos hicieron mucho bien, que asistía una gran cantidad de gente, excediendo ampliamente el número de participantes que yo inicialmente tenía pensado. Han sido también muchísimas las personalidades —civiles, políticas, sociales, sindicales y religiosas— que han tomado parte como panelistas o expositores. Entiendo que Luis Fernando Figari ha alentado estos proyectos, y en más de una oportunidad ha tenido a su cargo alguna ponencia.

Recuerdo también que en otra ocasión vino la Madre Teresa de Calcuta —ése fue un mérito del padre Jaime Baertl—, en lo que constituyó un acontecimiento muy grande. Entonces la Madre Teresa estuvo en el pueblo joven de Gambetta Baja, en el Callao.

Eso fue para el IV Congreso de la Reconciliación, en 1989...

Sí, efectivamente, para el Congreso de la Reconciliación que se realizó en el Callao.

La reconciliación es como una ampliación más profunda de la liberación, porque si yo me libero y no me reconcilio, ¿de qué me he liberado? La liberación del mal debe llevar a la reconciliación; hay más amplitud en la reconciliación, que implica la liberación. Ése era un tema que Germán profundizó mucho. También el tema de la reconciliación social, pues ambas cosas van unidas. Es preciso que se dé una reconciliación religiosa; pero ésta no es verdadera si no se proyecta en una reconciliación de promoción social.

La expresión “promoción social” me parece mejor que hablar de “ayuda social”, porque promover significa capacitar, formar. La “promoción social” es más amplia, más completa que la “ayuda social”. Cuando doy un pan, ayudo; en cambio si promuevo, formo a esa persona para que ella misma después siga adelante. Y además lo formo espiritualmente para que él, así como fue ayudado, ayude a otros.

Germán valoraba de manera especial la frase de la Populorum progressio en la que el Papa Pablo VI habla del desarrollo como el paso de condiciones de vida menos humanas a condiciones más humanas...

Claro. Ese texto lo conozco; y es lógico que Germán emplease con gusto esas palabras, por su modo de trabajar. Porque se trata aquí, como acabo de indicar, no sólo de la parte humana, sino de la parte espiritual, de ambas cosas unidas. ¡Cuánta pena da la situación de miseria en la que viven muchísimos de nuestros hermanos! Eso no es humano. En realidad no comprendo cómo puedan vivir en esas circunstancias. Ni siquiera es una cuestión de pobreza, eso ya es miseria. Por ello la promoción social es muy importante. Hay que ayudar a nuestros hermanos a que vayan progresando, a que pasen de condiciones menos humanas a condiciones más humanas. Conozco, porque he visitado —sobre todo antes, cuando estaba en actividad—, muchos lugares que comenzaron con unas cuantas esteras y ahora tienen sus casitas hechas, lo cual implica una enorme energía de trabajo, por lo cual merecen realmente nuestra ayuda.

Pero es necesario tratar este asunto no únicamente dando limosna, sino yendo al fondo del problema. Ésa es la promoción que le preocupaba a Germán, cristianamente repito, cristianamente. Y es precisamente en esa dirección en que se orientan las palabras de la Populorum progressio que recordamos, pues el Papa Pablo VI termina ese hermoso párrafo refiriéndose a la fe y a la unidad en la caridad como a las condiciones más plenamente humanas. Comienza en Dios, pasa a lo humano y regresa a Dios, porque si no regresase a Dios, nos quedaríamos en un plano meramente terrenal. Nuestra proyección según la voluntad de Dios es verlo «cara a cara», como lo está viendo ahora a Germán. Lo que significa ver a Dios «cara a cara» y conocerlo «como soy conocido», es realmente una finalidad hermosa y digna.

Germán y yo teníamos el mismo pensamiento respecto del enfoque religioso, él como laico y yo como sacerdote. Coincidíamos en... realmente no sé en qué no hallamos coincidido. No me viene a la memoria decir que en tal cosa él estaba en tal posición y yo en otra. Normalmente estábamos en la misma línea cuando teníamos que trabajar, y eso no lo digo por cumplimiento —además no es ninguna falta discrepar—, sino porque efectivamente teníamos la misma orientación. Es decir Dios, el ser humano en su promoción y volver a Dios.

Usted destacaba que Germán era laico. ¿Cómo cree usted que él veía el papel del laico frente a la enseñanza social de la Iglesia?

Ése es un punto importante. El mensaje de que el laico debe colaborar en la misión de la Iglesia es trascendental. En el siglo anterior, cuando había abundancia de sacerdotes, de religiosos y de religiosas, los laicos quizá podían sentir que no tenían una responsabilidad frente a ello. Pero al laico le toca, como laico cristiano, responder a la llamada de Cristo. Es preciso que los laicos comprendan —por ello me parece muy significativo el movimiento de florecimiento laical que estamos viendo en nuestro tiempo— que ellos, por ser cristianos, deben también difundir a Cristo, no solamente por la disminución de sacerdotes que hay ahora, sino porque es una consecuencia lógica de su ser cristianos.

Por eso considero muy valioso que Germán, siendo laico, haya dado como laico testimonio de un auténtico compromiso social cristiano, no sólo en el estudio, sino también en la aplicación y en la correcta proyección de la enseñanza social de la Iglesia. Como decía hace un momento, es una gran ayuda que un laico profundice y proyecte lo social desde Cristo.

¿Qué otros recuerdos tiene usted de Germán?

Ya prácticamente lo he dicho antes; pero recuerdo el vivo espíritu de colaboración eclesial que lo animaba, no sólo conmigo, sino también con otros obispos, congregaciones, movimientos eclesiales... Lo hermoso de Germán es que no se negaba a lo que se le pedía para la Iglesia. No recuerdo que le haya pedido un favor y él me haya dicho que no podía. Siempre veía la forma de poder, tenía una disponibilidad completa, lo cual es un gran mérito. Porque hay personas que dicen, y con razón: no puedo, en otra ocasión será. Pero no recuerdo, como digo, que las veces en que acudí a Germán me haya dicho que no podía. De una manera u otra, siempre lo hacía.

Segundo, su forma de disponibilidad: siempre lo hacía con gusto. Cuando uno pide un favor, es muy agradable que la persona reciba el pedido con alegría. Porque también se dan ocasiones en que a uno le aceptan, pero lo hacen de una manera un poco displicente. Germán, en cambio, siempre fue muy educado, muy respetuoso. Se ve que Germán comprendía que estaba participando mediante un obispo en la misión de la Iglesia.

El tercer punto es su eficacia. A veces sucede, y no se puede pedir otra cosa, que cuando uno encarga algo sobre lo que tiene interés, le hacen una cosa no tan buena, y es necesario volverla a hacer. Las veces en que acudí a Germán, que tampoco fue continuamente, pero sí periódicamente, él aceptaba uniendo a las dos característica primeras que he mencionado, su eficacia.

Esto es lo que le puedo decir respecto a la pregunta que me ha hecho, lo cual es una gran cosa. Ojalá pudiera uno tener más personas que cuando se les pide colaboración la reciban con gusto, con disponibilidad, amor y eficacia, como Germán. No siempre se consigue. Y repito: no recuerdo que Germán haya dicho “no”, lo cual implicaba un gran trabajo de parte suya. Realmente Germán ha sido una persona de gran influencia en la vida católica del Perú.


 

 
 

VE enero-abril de 2002, año 18, No. 51

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