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«Vivo yo, mas no yo, es Cristo quien vive en mí» (Gál 2,20) La centralidad de Jesucristo
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En mis visitas a Lima tuve la oportunidad de conocer al Sodalicio de Vida Cristiana. Estos viajes me ofrecieron también la oportunidad de conocer a Germán Doig, con quien compartí muchas inquietudes y reflexiones referidas principalmente a la vida de la Iglesia y a su misión evangelizadora, también en Santo Domingo y Roma. Desde nuestros primeros encuentros, llamó mi atención una profunda coherencia entre el pensamiento expresado en sus numerosas conferencias y escritos y lo que percibía de su vida, tanto al interior de la comunidad a la que pertenecía como en las diversas actividades que desarrolló al servicio de la Iglesia. En todo ello se podía percibir claramente como eje y motor un profundo amor a Jesucristo. No dudo que ése fue el centro de su vida y, por lo tanto, lo fue también de toda su obra. En este pequeño artículo procuraré presentar, muy sucintamente, cómo esa centralidad se refleja con claridad en sus escritos. La profunda experiencia de su conversión a Jesucristo marcó la vida y obra de Germán Doig. Entendió perfectamente que la vida del cristiano es un continuo convertirse a Cristo y creer en el Evangelio (ver Mc 1,15), y así procuró expresarlo en sus escritos, que constituyen antes que nada el testimonio de una vivencia personal muy honda y decisiva:
dirá en una hermosa poesía fruto de su comprometido seguimiento del Señor. La reflexión sobre esta experiencia fundamental, personal y vívidamente realizada, lleva al joven Doig, desde su primer acercamiento al Sodalitium —que abraza desarrollando inmediatamente una intensa actividad evangelizadora animando retiros, jornadas de reflexión y grupos donde comparte su vivencia de fe—, a seguir profundizando en la naturaleza y alcances de la conversión, que entiende como una «transformación profunda e interior, un cambio del corazón de piedra por un corazón de carne (ver Ez 36,26-27), lleno de la fuerza del Espíritu (ver Rom 5,5)»[2]. Desde el inicio se abre paso la certeza de que se trata de una realidad cuyas raíces se hunden en lo más íntimo de la persona, para proyectarse en insoslayables consecuencias sociales. Siguiendo los derroteros de la espiritualidad suscitada por el Espíritu en la comunidad a la que pertenece, Germán va avanzando en una profundización que a cada momento se deja iluminar por la Revelación, al tiempo que se nutre de la experiencia compartida con muchas otras personas. Hacer crecer y fecundar en sí la gracia bautismal, a través de un proceso permanente de conversión, supone abrirse al dinamismo de la reconciliación. En solícita acogida y ahondamiento del Magisterio pontificio, Germán llega a la conclusión de que la conversión tiene como eje y horizonte a la reconciliación. En efecto, desde su situación de ruptura, el ser humano experimenta lo que el Papa Juan Pablo II ha llamado «una verdadera nostalgia de reconciliación»[3], que lo impulsa a buscar una cura para sus heridas, una respuesta para su hambre de verdad y de amor. En su bondad infinita, el Creador va al encuentro de su criatura ofreciéndole la respuesta a su clamor más profundo en el Verbo Eterno que se encarna. Aun después de que los primeros padres pecaron, el Creador no los abandonó. Al contrario, Dios, Padre misericordioso, envió a la tierra a su Hijo Unigénito, que se encarnó, asumiendo la naturaleza humana, tornándose semejante a los hombres en todo menos en el pecado (ver Heb 2,17; 4,15). Él, verdadero Dios y verdadero hombre, es nuestra reconciliación: «Con el Señor Jesús y en Él se reabre el camino de la comunión perdida con Dios. Él es el don reconciliador del Padre que nos libera del pecado y de su esclavitud, y sana la ruptura con Dios. En Él el ser humano encuentra la respuesta al sentido de su existencia»[4]. Por ello, vivir la conversión —metánoia— supondrá para el creyente abrirse a la gracia y su dinámica reconciliativa, esforzándose por abandonar todo hábito pecaminoso para revestirse del hombre nuevo y así empeñarse hasta alcanzar «la madurez de la plenitud de Cristo» (Ef 4,13). Convertirse es, pues, cambiar de vida, de mentalidad, para transformarse interiormente, cambiando el corazón de piedra empedernido y frío por un corazón de carne, como anuncia el profeta Ezequiel (ver Ez 36,26-27). Y el horizonte de ese cambio de vida no puede ser otro que la santidad. El hombre convertido deviene en un ser nuevo. Germán lo comprendió así, y así procuró vivirlo, alentando siempre a cuantos quisieron oírlo a avanzar con empeño y entusiasmo hacia ese horizonte. Desde esa perspectiva, aparece clara una verdad fundamental: la vida del cristiano debe pautarse por una continua semejanza con Cristo. Y sólo es semejante a Cristo quien se configura con su vida acogiendo la gracia santificante y cooperando activamente con ella. «Eso es a lo que nos exhorta el apóstol San Pablo continuamente, y que tan bien se grafica en la figura de la lucha del hombre nuevo contra el hombre viejo: “...habéis sido enseñados conforme a la verdad de Jesucristo, a despojaros, en cuanto a vuestra vida anterior, del hombre viejo que se corrompe siguiendo la seducción de las concupiscencias, a renovar el espíritu de vuestra mente, y a revestiros del hombre nuevo, creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad” (Ef 4,21-24)»[5]. La conversión auténtica es, pues, la que supera la ruptura entre fe y vida. 1.2. Acoger y cooperar con la gracia El Papa Juan Pablo II, en la carta apostólica Novo millennio ineunte, cuando habla de la primacía de la gracia, advierte al cristiano sobre «una tentación que insidia siempre todo camino espiritual y la acción pastoral misma: pensar que los resultados dependen de nuestra capacidad de hacer y programar... Pero no se ha de olvidar que, sin Cristo, “no podemos hacer nada” (ver Jn 15,5)». El cristiano, por tanto, como anota seguidamente el Santo Padre, debe estar atento para percibir «el momento de la fe, de la oración, del diálogo con Dios, para abrir el corazón a la acción de la gracia y permitir a la palabra de Cristo que pase por nosotros con toda su fuerza». Al mismo tiempo, sin embargo, no puede prescindir del esfuerzo continuo, a través de una ascesis: «Ciertamente, Dios nos pide una colaboración real a su gracia y, por tanto, nos invita a utilizar todos los recursos de nuestra inteligencia y capacidad operativa en nuestro servicio a la causa del Reino»[6]. Como no podía ser de otra manera, esas consideraciones se descubren presentes asimismo en los escritos de Germán. En diversas ocasiones llamó la atención al respecto: «Destaquemos aquí —indica en primer lugar— un componente fundamental sin el cual nuestro esfuerzo no es posible, o sencillamente se convierte en algo inútil: la gracia de Dios», añadiendo que sin la gracia divina «nada se puede alcanzar»[7]. Al mismo tiempo hace notar que «el Señor nos da la fuerza para responder a su llamado, pero somos nosotros los que debemos acceder a ello. Desde nuestra propia libertad, debemos recibir y sintonizar con la gracia, seguir sus impulsos, eliminar los obstáculos»[8]. Ello implica un esfuerzo constante, responsable y generoso que, partiendo de una lúcida conciencia de la propia realidad, así como de una comprensión clara del horizonte al que cada uno es llamado —dejándose en todo iluminar por la fe—, conduzca a poner los medios más eficaces para alcanzar la meta. El nacimiento del cristiano por el bautismo y el horizonte de plenitud al que éste apunta traen consigo «la necesidad de la transformación interior que se consigue por el concurso de la gracia de Dios y el esfuerzo activo del creyente para dejarse guiar y sustentar por ella en el camino de la plena conformación con Jesús, Hijo de María»[9]. 1.3. Espiritualidad y combate espiritual La conversión es una meta nunca plenamente alcanzada. Cada uno está siempre en camino de conversión, que no es fácil, sobre todo cuando hay hábitos del pecado alimentados por largos años. Es en Cristo que el hombre encuentra los medios para vencer las tendencias al mal, con las que todos nacemos como consecuencia del pecado original. Desde la conciencia de la fragilidad que lo afecta, producto de las rupturas que hieren su naturaleza, el cristiano debe considerar cuál es la manera más conveniente para avanzar en el camino de la fe. Germán hizo suya esa preocupación y procuró responder a ella. Así, por ejemplo, en una de sus primeras obras publicadas, invitaba a tener presente que «el trabajo activo de la plena conversión del hombre a Jesucristo puede hacerse sin orden predeterminado o, siguiendo una pauta de acción. Esta última aprovecha la experiencia de otros hermanos en la fe, aplicando —según las características de cada caso particular— un esfuerzo ordenado y metódico, en apertura a la gracia en el proceso de adherencia-conformación con el Señor»[10]. Y en otro de sus textos destacaba nuevamente la conveniencia de ordenar los medios que conducen a interiorizar la fe en una estrategia espiritual. La misma podrá presentar diversas modalidades de acuerdo a las circunstancias, tiempos y lugares, pero en todos los casos «mantienen una serie de características comunes orientadas hacia un mismo y único fin: la conformación con el Señor Jesús». Su eficacia radica en que, así ordenados, «estos medios permiten que se estructuren de modo sistemático —ya sea personal o comunitariamente— las actitudes humanas fundamentales para la plena configuración con Jesús»[11]. Corresponderá a cada fiel discernir, bajo la inspiración del Espíritu y siguiendo la orientación de personas prudentes, cuál es el camino que habrá de mejor conducirlo a la plenitud de la vida cristiana. 1.4. Conversión a Jesucristo y compromiso con los hermanos La dinámica que brota de esta transformación, de este proceso de conversión, no encierra al ser humano en el solipsismo. Todo lo contrario, hace que se vea impulsado a proyectarse en una donación de amor al servicio de sus hermanos. El encuentro con Jesucristo que no se proyecte a los otros, que no se preocupe por sus necesidades, no es completo sino fallido. De ello se desprende el compromiso solidario que cada fiel ha de tener para con sus hermanos, especialmente aquellos más pobres. He aquí la clave del incansable esfuerzo apostólico y de la constante actitud de servicio solidario que siempre animaron la vida de Germán y que parecían inagotables. Como él mismo hacía notar, el punto de partida deberá ser siempre la propia conversión, pues «no podremos irradiar socialmente a Cristo, ni aprender a vivir, y hacerlo, si Él no vive en nuestro interior, si no nos hemos encontrado con Él»[12]. Por ello constantemente alentaba a aproximarse vitalmente al misterio del Verbo Encarnado, a descubrir en Él «el sentido de todos los proyectos humanos» y en Él poner «los cimientos para construir una sociedad donde imperen el respeto a la dignidad humana, la justicia en todas sus dimensiones, la fraternidad, la concordia»[13]. 1.5. María El modelo, la guía y la educadora para avanzar por el camino de la vida cristiana lo halló en Santa María, la Madre del Señor. Siempre en el marco de la espiritualidad sodálite, Germán acogió a quien por designio del Altísimo es también Madre nuestra, Madre de la Iglesia, encontrando en su ternura maternal un auténtico camino para asemejarse a Jesucristo, como un sendero de conversión, lo que Luis Fernando Figari, el Fundador del Sodalicio, llama «proceso de amorización»[14]. Como en todo, también en esta dimensión esencial de su experiencia de fe Germán buscó responder a lo que descubría como un llamado explícito de Jesucristo. «Es importante señalar que es Cristo mismo el que nos remite a su Madre. La aproximación a María exige un encuentro previo con el Señor Jesús», explicaba, para luego enfatizar que «la espiritualidad mariana es ante todo cristocéntrica. La relación con María será, pues, consecuencia y no premisa del misterio de Cristo. Así se puede comprender mejor la insistencia a lo largo de la historia del Pueblo de Dios de María como camino hacia el Hijo. Hoy por hoy, buscando una inserción más orgánica en la dimensión mariana de la fe, podemos decir: por Cristo llegamos a María y por María más plenamente al Señor Jesús»[15]. Descubriendo vitalmente el papel dinámico que la Providencia ha confiado a María en la economía de la salvación y profundizando desde esa clave en los diversos campos de su reflexión, Germán supo descubrir en Ella a quien nos va guiando por el camino de la fe hacia el encuentro con su Hijo Jesucristo. Profundizando desde el Magisterio, ahondó en las enormes riquezas que la maternidad espiritual de la Virgen Santísima trae para la vida y misión del Pueblo de Dios, especialmente el papel fundamental de María como guía para la Nueva Evangelización[16]. 2. De Jesucristo a la Iglesia: amor y compromiso con el Pueblo de Dios En su segunda visita al Brasil, el Papa Juan Pablo II recordó en una vibrante homilía que «ser Iglesia es siempre un don de lo alto, enraizado en la unión de cada uno con Dios, en Cristo»[17]. Ese don fue fervorosamente acogido por Germán. Su firme compromiso con Jesucristo y el Evangelio se expresó en una clara conciencia de su identidad como hijo de la Iglesia, a la que profesó un profundo amor y a la que sirvió sin fatiga. En todo ello lo animó la honda convicción de que «la Iglesia prolonga en la historia de los hombres la obra de la salvación y reconciliación del Señor Jesús, siendo para los hombres su signo e instrumento»[18]. Con su vida, en el generoso despliegue de su actividad, en los muchísimos espacios y ocasiones en que compartió su experiencia de fe, a través de sus escritos, conferencias y diálogos, procuró servir a la Iglesia, en la Iglesia y desde la Iglesia. De ese servicio han podido dar justo testimonio muchas personas eclesiales que trabajaron con él en comisiones y organismos pastorales de la Iglesia, en su país y en América Latina, así como en la Santa Sede. Germán reflexionó sobre la naturaleza y misión de la Iglesia, así como sobre los horizontes y desafíos que se abren, especialmente en el umbral del tercer milenio que el Pueblo de Dios ya ha traspuesto. En el centro de esas reflexiones está siempre, nuevamente, el Verbo Encarnado: «En ella continúa presente el mismo Cristo, puesto que ella no es otra cosa que extensión y participación de la misma persona del Señor Jesús»[19]. En continuidad con la eclesiología del Concilio Vaticano II, así como de los desarrollos que de ella se ha hecho en Latinoamérica, Germán abordó el misterio de la Iglesia desde el concepto de comunión. A partir de él se puede entender su naturaleza más íntima y también su actividad misional, pues «es una comunión que tiene claramente dos direcciones: la primera —y principal— se refiere a Cristo. Esto nos pone en el marco de la Santísima Trinidad. Y la segunda apunta a la relación con los seres humanos. Ambas dimensiones están íntimamente unidas, puesto que la comunión de todos los bautizados en el Señor Jesús es reflejo y participación de la vida íntima de amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo»[20]. Describiendo los contenidos fundamentales de la IV Conferencia del Episcopado Latinoamericano, comentaba que en la raíz de esa comunión que se proyecta en la misión se encuentra Jesucristo, que «nos devuelve la comunión perdida, pues en Él Dios nos reconcilió consigo»[21]. Tal perspectiva hunde sus raíces en la realidad sacramental de la Iglesia, en cuyo centro está «la Sagrada Eucaristía, presencia real entre nosotros del Señor Jesús, don reconciliador de Dios». La comunidad eclesial «se proyecta como sierva de Dios al servicio de los hombres. Ella sirve al hombre anunciándole la Buena Nueva del Señor Jesús y ofreciéndole la gracia que llega a través de los sacramentos». Así, unida sacramentalmente a Jesucristo e impulsada por Él, «la Iglesia vive al servicio de la comunión y la reconciliación»[22]. 3. Desde Jesucristo y la Iglesia, al servicio de la persona humana La propia experiencia de fe condujo a Germán a entender la vida cristiana como vida apostólica, una vida de servicio evangelizador y solidario. Fue enraizándose en él la convicción de que quien acoge en su existencia la Buena Nueva se ve impulsado a anunciarla y es exigido a ir asumiendo cada vez más las consecuencias de lo que anuncia. Comprendió y comunicó Germán que el amor a Jesucristo y a la Iglesia conduce al servicio a la persona humana en todas las dimensiones de su realidad: «La Iglesia, precisamente por su misión religiosa, no puede dejar de preocuparse por el hombre en toda su integridad. Quienes aman a la Iglesia y lo que representa, y aspiran a ser fieles a sus enseñanzas, saben bien que hay profundos lazos entre evangelización y promoción humana. Con la Iglesia hacen suyo el reclamo por la inviolabilidad y respeto de la vida, desde la concepción hasta la muerte y sea cual sea la condición del hombre. Su defensa de la dignidad y los derechos humanos forma parte del compromiso con el Señor Jesús. La Iglesia ha hecho suya una opción radical por el hombre, especialmente por los más necesitados y ve en los niños abandonados o huérfanos, en los encarcelados, en los hambrientos, en los enfermos, en los marginados, en los ancianos, los nuevos rostros del Cristo sufriente que reclaman un Buen Samaritano»[23]. La centralidad de la persona humana en el plan de reconciliación revela la singular dignidad que el Creador le ha conferido, y cómo ella es plenamente revelada en Jesucristo. 3.1. Jesucristo revela la identidad, dignidad y vocación de la persona humana En efecto, «sólo en Jesucristo encuentra el hombre el sentido de su identidad. Esta afirmación lleva a la exigencia de centrar el anuncio de la Iglesia en la persona misma de Jesucristo, como reconciliador de los hombres»[24]. En este y en muchos otros de sus escritos se dejan escuchar los ecos del famoso pasaje de la Gaudium et spes[25], recogido por la Ecclesia in America[26], textos ambos caros a Germán. La Iglesia lo ha comprendido siempre así. Lo vemos, por ejemplo, en América Latina, que desde Río y Medellín, pasando por Puebla y Santo Domingo hasta el Sínodo de América, se ha ido ahondando en que sólo Cristo rescata la dignidad humana herida por el pecado, reconciliándolo con Dios y consigo mismo. «El misterio de la vida y dignidad del hombre sólo se ilumina plenamente a partir de la fe en el Señor Jesús, muerto y resucitado para la salvación de los hombres... Sólo la aceptación de Cristo en la vida de los hombres y en sus manifestaciones sociales y culturales, podrá ofrecer el camino de la plena comprensión de su dignidad»[27]. Ahí radica el fundamento de todo esfuerzo y preocupación de la Iglesia por el hombre, de toda su vida y acción, de las tareas de evangelización y de promoción humana: «Cuando la Iglesia en el ejercicio de su misión se preocupa por el ser humano sabe que éste lleva dinámicamente en su naturaleza la huella del Creador y que desde su mismidad espera recuperar la comunión perdida; comunión que sólo es recuperada por la reconciliación que nos trae el Señor Jesús»[28]. La revelación manifiesta así el valor altísimo que Dios ha dado al ser humano creándolo a su imagen y semejanza, y elevándolo a una altísima dignidad: la filiación divina. El Hijo Primogénito será la clave definitiva para la dignidad de la persona humana: «Si en el misterio de la Encarnación se resume todo lo que es esencial y constitutivo para el hombre entonces no se puede hablar plenamente de la dignidad humana sin referirse a Jesucristo»[29]. 3.2. Jesucristo, clave para la convivencia social En consecuencia,
la responsabilidad que todo hombre tiene con respecto a su propia realización
y la de sus hermanos se enraíza, nutre y crece en la adhesión
a Jesucristo. En Él queda manifiesta la meta a alcanzar en todo
proceso evangelizador, en toda forma de promoción humana y de
servicio solidario. Con la profunda convicción de que la clave
para comprender la identidad y dignidad del ser humano es Jesucristo,
es preciso afirmar categóricamente que «cuando la Iglesia
se sitúa ante el hombre y sus problemas sociales no puede renunciar
a ser sujeto hermenéutico de toda interpretación que involucre
al ser humano», pues «la nota clave de su servicio a la humanidad
consiste en interpretar el acontecimiento humano a la luz del misterio
del Verbo Encarnado»[30].
Es desde esa clave que todo cristiano habrá de crecer en su identidad
y en la praxis evangelizadora y de servicio. 4. Jesucristo, medida de toda cultura La cultura es una dimensión esencial de la persona humana y de su acción. Germán percibió nítidamente la importancia decisiva de este tema. En él descubría un elemento crucial de cara al horizonte de la transformación del mundo, y por ello se entregó a su profundización con especial dedicación a través de lecturas, diálogos, foros de reflexión y de debate en los que participó y que organizó, así como promoviendo y coordinando esfuerzos a través del Consejo Católico para la Cultura del Perú —del cual fue miembro por muchos años— y de otros organismos de la Iglesia. La clave de una cultura auténticamente humana —esto es, que ofrezca a los seres humanos y a la sociedad que conforman las condiciones para su plena e integral realización— la encontraba Germán en que ésta ha de estar «verdaderamente inspirada en la verdad que nos ha revelado el Señor Jesús» y «en que las cuatro relaciones básicas del ser humano se ordenen y recompongan según sus dinamismos fundamentales de acuerdo al designio divino»[33]. Es preciso tener en cuenta aquí la afirmación fundamental que a ese respecto hace el documento de Puebla cuando establece que «lo esencial de la cultura está constituido por la actitud con que un pueblo afirma o niega una vinculación religiosa con Dios, por los valores o desvalores religiosos»[34]. De ahí que la tarea más esencial de una cultura, aquella a la que la multiplicidad de sus expresiones debe apuntar será reconciliar a los hombres con Dios y desde allí vivir la reconciliación en sus demás manifestaciones. En Cristo se ofrece pues la medida segura de la cultura y de toda cultura: «El Señor Jesús trasciende toda cultura. Él es el sustento definitivo de todo lo genuinamente humano. Frente al proceso de cambio permanente que vive el ser humano de estos tiempos, Jesucristo permanece como fundamento inamovible de la verdadera vida. Él es la roca firme, la piedra angular de toda cultura verdaderamente humana»[35]. Se abre así el extenso horizonte de la evangelización de la cultura. Es una tarea que tiene por finalidad construir una cultura humana, fraterna, justa, solidaria, cristiana, que genere la civilización del amor. «Así, pues —comentará Germán siguiendo a Pablo VI—, la evangelización de la cultura es un asunto capital. En términos sintéticos consiste en llevar la luz del Evangelio a los criterios de juicio, los modelos de comportamiento, los valores dominantes, los intereses mayores, los hábitos y costumbres que sellan el trabajo, la vida familiar, social, económica y política de los seres humanos[36]»[37]. Se trata de hacer crecer la presencia de Jesucristo en la cultura, que así encontrará la savia que habrá de vivificarla. «En virtud de la Encarnación el Señor Jesús se ha unido en cierto modo a todo hombre y como tal se ha insertado en el corazón de la cultura y las culturas para purificar lo que está contra su dignidad y elevar en ellas todo lo bueno hacia su plenitud. El Señor Jesús es en ese sentido la medida de toda cultura y obra humana. A la vez que libera todo proyecto humano de las fuerzas de la muerte, abre el horizonte fecundo de la vida, en su dimensión más genuina y plena»[38]. Los ambientes, medios y ocasiones para desarrollar esta tarea son tan diversos como el amplísimo espectro en que el ser humano despliega su acción en el mundo. Para terminar estas breves reflexiones quisiera por último referirme a un tema al que Germán Doig entregó sus fuerzas y anhelos, su entusiasmo y capacidades, y en el que nuevamente se evidencia esa centralidad de Jesucristo que articuló toda su vida: la Nueva Evangelización. Se trata, como recordaba la asamblea episcopal reunida en Santo Domingo, de dar respuesta desde la fe a los nuevos desafíos que hoy se presentan, a las «nuevas interpelaciones que se hacen a los cristianos y a los cuales es urgente responder»[39]. Significa, por lo tanto, que el empeño por anunciar el Evangelio debe revestirse de nuevo ardor misionero, el cual ha de llevar a los cristianos a conformarse más íntimamente a Cristo y a anunciarlo con toda su vida. Por eso, supone una fe sólida, una caridad intensa y una fidelidad robusta, que bajo el impulso del Espíritu Santo genere la mística del seguimiento de Jesucristo. Ese nuevo ardor debe estar acompañado por la exigencia de nuevos métodos y nuevas expresiones, según ha delineado el mismo Papa Juan Pablo II como características esenciales de esta evangelización renovada. Las nuevas expresiones a través de las cuales se anuncia el Evangelio único, íntegro e inmutable, pues Jesucristo es «el mismo ayer, hoy y siempre» (Heb 13,8), deben sin embargo ser comprensibles a la mentalidad de los oyentes, que se comunican de modos diferentes. En el centro de la Nueva Evangelización debe estar siempre Cristo, como lo recuerda oportunamente Germán: «Situados ante el desafío de la nueva evangelización quizá se pueda decir que lo primero y más importante es la afirmación —serena pero radical— de la Encarnación del Verbo, hecho Hijo de Mujer para la reconciliación de los hombres. La exigencia, sentida por la Iglesia y alentada por el Papa Juan Pablo II, de una nueva estrategia evangelizadora debe cimentarse en el anuncio de este acontecimiento»[40]. Y así lo remarca en otra ocasión: «En la renovación del anuncio del Señor Jesús está el corazón de la Nueva Evangelización... Sólo desde el Señor Jesús se podrán afrontar con verdadera eficacia los desafíos de estos nuevos tiempos de evangelización»[41]. De ahí que todo este empeño evangelizador no pueda prescindir de la santidad de todos sus miembros, que deben conformarse a Jesucristo, pues sin duda el mejor evangelizador es el santo[42]. 6. Conclusión En el estilo de vivir la vida cristiana de Germán llamaba mucho la atención la manera como se combinaban la reflexión profunda con el compromiso activo: una inspiraba al otro, y éste expresaba vivamente a aquélla, mediando en ese proceso un amor entrañable y un celo ardiente. Como hemos visto brevemente en estas líneas, Germán Doig vivió con profundidad su unión íntima con Cristo. Sus escritos reflejan un poco de su vida y pensamiento, que en su sólida coherencia constituyeron un elocuente testimonio de la verdad que abrazó y procuró compartir sin desmayo con todos: sólo Cristo satisface todas las aspiraciones humanas. Que el Señor nos conceda la inmensa bendición de hacer vida en nuestra existencia cotidiana las palabras del Apóstol Pablo: «Vivo yo, mas no yo, es Cristo quien vive en mí» (Gál 2,20) de una manera tan límpida e intensa como lo hizo Germán. |
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Germán Doig K., Préstale tu corazón, en
revista «VE», enero-abril 2001, año 17, n. 48, p. 60. [2] Germán Doig K., Dos maestros espirituales: Guillermo José Chaminade y Fray Luis de Granada, Fondo Editorial, Lima 21990, p. 7. [3] Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, 3. [4] Germán Doig K., El desafío de la tecnología. Más allá de Ícaro y Dédalo, Vida y Espiritualidad, Lima 2000, p. 280. [5] Germán Doig K., Dos maestros espirituales, ob. cit., p. 7. [6] Juan Pablo II, Novo millennio ineunte, 38. [7] Germán Doig K., El silencio y la liturgia, Paulinas, Bogotá 1992, pp. 12-13. [8] Germán Doig K., O silêncio, uma pedagogia da vontade, Paulinas, São Paulo 21994, p. 16 (El silencio, una pedagogía de la voluntad, Lima 21987, p. 23). [9] Germán Doig K., Dos maestros espirituales, ob. cit., p. 7. [10] Germán Doig K., O silêncio, uma pedagogia da vontade, ob. cit., p. 7 (p. 10). [11] Germán Doig K., Dos maestros espirituales, ob. cit., p. 9. [12] Germán Doig K., O silêncio, uma pedagogia da vontade, ob. cit., p. 14 (p. 21). [13] Germán Doig K., Juan Pablo II y el Sínodo de América, en revista «VE», setiembre-diciembre 1997, año 13, n. 38, p. 31. [14] Ver Luis Fernando Figari, Em companhia de Maria, Loyola, São Paulo 1989, pp. 9-17 (En compañía de María, Vida y Espiritualidad, Lima 41995, pp. 16-22). [15] Germán Doig K., María y los laicos, Comisión Episcopal de Apostolado Laical (CEAL), Lima 1990, pp. 16-17. En ese mismo texto insistirá: «Todo en María habla de Jesús y de su obediencia amorosa al Padre. Acercarse a Ella es acercarse a Jesús. Ella nos guía hacia la conformación con Él» (p. 17). [16] Ver, por ejemplo, Germán Doig K., De la primera a la nueva evangelización en América Latina, Oficina de Educación Católica de Lima (ODEC-Lima), Lima 1992, pp. 63-64. [17] Juan Pablo II, Homilía durante la celebración de la Palabra, Goiânia, Brasil, 15/10/1991, 4. [18] Germán Doig K., La Iglesia, sacramento de comunión y reconciliación. Aproximación a la eclesiología de Santo Domingo, en AA.VV., Santo Domingo. Análisis y comentarios, Vida y Espiritualidad, Lima 1994, p. 119. [19] Lug. cit. [20] Germán Doig K., João Paulo II e os movimentos eclesiais. Dom do Espírito, Vida e Espiritualidade, Río de Janeiro 1999, pp. 55-56 (Juan Pablo II y los movimientos eclesiales. Don del Espíritu, Vida y Espiritualidad, Lima 1998, pp. 51-52). [21] Germán Doig K., La Iglesia, sacramento de comunión y reconciliación, ob. cit., p. 130. [22] Allí mismo, p. 135. [23] Germán Doig K., Crisis actual y enseñanza social de la Iglesia, en «Revista Teológica Limense», Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima, vol. XXIII, n. 1-2, enero-agosto 1989, p. 140. [24] Germán Doig K., De la primera a la nueva evangelización en América Latina, Oficina de Educación Católica de Lima (ODEC-Lima), Lima 1992, p. 62. [25] Ver Gaudium et spes, 22. [26] Ver Juan Pablo II, Ecclesia in America, 10. [27] Germán Doig K., Direitos humanos e ensinamento social da Igreja, Loyola, São Paulo 1994, pp. 190-191 (Los derechos humanos y la enseñanza social de la Iglesia, Vida y Espiritualidad, Lima 1991, p. 283). [28] Allí mismo, p. 20 (pp. 23-24). [29] Allí mismo, p. 19 (p. 21). [30] Allí mismo, p. 17 (p. 19). [31] Germán Doig K., Juan Pablo II y el Sínodo de América, ob. cit., p. 31. [32] Germán Doig K., La familia, santuario de la vida. Una mirada desde Santo Domingo, Comisión Episcopal de Familia - Vida y Espiritualidad, Lima 1997, p. 29. [33] Germán Doig K., Nueva Evangelización en el ámbito de la cultura. En clave de reconciliación, en V Congreso Internacional de la Reconciliación, Nueva Evangelización rumbo al tercer milenio, Vida y Espiritualidad, Lima 1996, p. 263. [34] Puebla, 389. [35] Germán Doig K., Nueva Evangelización en el ámbito de la cultura, ob. cit., pp. 260-261. [36] Ver Pablo VI, Evangelii nuntiandi, 19. [37] Germán Doig K., Nueva Evangelización en el ámbito de la cultura, ob. cit., pp. 259-260. [38] Allí mismo, p. 260. [39] Santo Domingo, 24. [40] Germán Doig K., De la primera a la nueva evangelización en América Latina, ob. cit., pp. 61-62. [41] Germán Doig K., Juan Pablo II y el Sínodo de América, ob. cit., p. 19. [42] Ver Juan Pablo II, Redemptoris missio, 90. [29] Allí mismo, p. 19 (p. 21). [30] Allí mismo, p. 17 (p. 19). [31] Germán Doig K., Juan Pablo II y el Sínodo de América, ob. cit., p. 31. [32] Germán Doig K., La familia, santuario de la vida. Una mirada desde Santo Domingo, Comisión Episcopal de Familia - Vida y Espiritualidad, Lima 1997, p. 29. [33] Germán Doig K., Nueva Evangelización en el ámbito de la cultura. En clave de reconciliación, en V Congreso Internacional de la Reconciliación, Nueva Evangelización rumbo al tercer milenio, Vida y Espiritualidad, Lima 1996, p. 263. [34] Puebla, 389. [35] Germán Doig K., Nueva Evangelización en el ámbito de la cultura, ob. cit., pp. 260-261. [36] Ver Pablo VI, Evangelii nuntiandi, 19. [37] Germán Doig K., Nueva Evangelización en el ámbito de la cultura, ob. cit., pp. 259-260. [38] Allí mismo, p. 260. [39] Santo Domingo, 24. [40] Germán Doig K., De la primera a la nueva evangelización en América Latina, ob. cit., pp. 61-62. [41] Germán Doig K., Juan Pablo II y el Sínodo de América, ob. cit., p. 19. [42] Ver Juan Pablo II, Redemptoris missio, 90. |