Que la vida entera sea una liturgia continua
La liturgia en la vida
y en el pensamiento de Germán Doig

 

Mons. Salvador Piñeiro
Obispo Castrense del Perú

Aproximación al tema de la liturgia

La acción litúrgica es fundamental para el cristiano. El Concilio Vaticano II nos ha recordado su importancia y centralidad en la vida de la Iglesia: «La liturgia es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza»[1], nos dice el documento conciliar sobre la liturgia Sacrosanctum Concilium. Agradezco a los promotores de esta publicación por haber acudido a mí para abordar el tema de la liturgia en la vida y el pensamiento de Germán Doig. Encuentran al amigo y también al que ahora, en nombre de los obispos del Perú, tiene el encargo de servir en la Comisión de Liturgia de la Conferencia Episcopal Peruana.

Pienso que muchas veces, al estudiar la liturgia, fácilmente nos quedamos sólo en los gestos, en la rúbrica, aquellas anotaciones que nos indican lo que hay que hacer, los movimientos, lo que se necesita para la celebración, lo externo. Pero con ello, ciertamente, se empobrece una aproximación a una realidad tan rica y compleja como la acción litúrgica. Otras veces se interpreta la liturgia teniendo en cuenta solamente lo que aparece en los grandes manuales, los contenidos, la fundamentación teórica, con lo cual queda restringida a un conjunto de especialistas. Desde otro ángulo, esta perspectiva también es parcial y reductiva, desnaturalizando lo que la liturgia en realidad es.

Cuando me aproximo al tema de la liturgia me gusta mucho hacerlo desde la perspectiva de la celebración de la fe. La liturgia es vida, es celebración, es festejar el acontecimiento salvífico que se actualiza para el cristiano en la Iglesia. ¿Cuál es el centro de la fe? Lo que Jesús me revela. Y como Jesús ha querido quedarse tan cercano, estar con nosotros, nos ha dejado señales, signos de su presencia. Toda celebración de la fe, además, por el hecho de ser celebrativa, es un fenómeno antropológico, que involucra al ser humano en toda su realidad, es una expresión de nuestra vida social. Es alegrarnos por el don de Dios, el regalo que el Padre de los cielos nos hace en la historia al darnos a Jesucristo, y Él al quedarse con nosotros hasta el final de los tiempos.

Desde esta perspectiva, se integran la necesidad de una parte normativa y de una sólida fundamentación. De lo contrario podríamos caer en una visión de la liturgia como un rito frío o mágico, o esclavizarnos a una serie de movimientos y de gestos carentes de contenido. La liturgia debe tener una parte normativa, de orden en la celebración, y también una fundamentación, un porqué. En otras palabras, nuestra aproximación a la liturgia debe integrar el cómo y el porqué.

Para celebrar una liturgia viva, cercana, participada, necesitamos que la asamblea reúna ciertos elementos básicos de formación, de catequesis. Lamentablemente muchas veces nos encontramos con personas que no saben por qué el bautismo, por qué este gesto, por qué tal celebración, por qué este rito de la Iglesia. Y la culpa también es de quienes tenemos la responsabilidad docente. Suponemos que los fieles saben muchas cosas y descuidamos la catequesis litúrgica.

Al haber una formación deficitaria, una catequesis litúrgica insuficiente, se presenta un gran problema que hoy constatamos: la subjetividad religiosa. Para muchos, los sacramentos, que son el signo de la presencia de Dios, caen en el ámbito de la conveniencia: esto me conviene o no, eso me parece adecuado, esto otro no lo necesito. Hoy en día nos invade ese subjetivismo religioso, y desgraciadamente olvidamos algo que es fundamental en la vida cristiana: no es mi conveniencia, lo que yo creo o lo que a mí me parece, sino lo que Dios me ofrece, saliendo a mi encuentro e invitándome a participar de su vida. Y lo que Dios me ofrece es la respuesta a las necesidades más profundas que tengo como persona; para ello me ha dejado señales, signos de su presencia. Él puede tener otros caminos para salvar al hombre, pero yo tengo la seguridad de que Él viene a mí en Jesucristo y en los signos que ha dejado el Señor en su Iglesia.

Cuando no hay una conciencia seria que acoge ese regalo de Dios aparece también ese otro gran problema de nuestro tiempo: la separación entre el rito y la vida. Entonces muchos reducen lo cultual al horario del templo, a un lugar sagrado, olvidando que para el cristiano la liturgia, la celebración de la fe, forma una unidad con la vida.

Un valioso legado

Tuve la oportunidad de conocer a Germán desde los inicios del Sodalicio, cuando se reunían para rezar en común, para instruirse en la fe de la Iglesia, para hacer apostolado. ¡Y con qué ilusión preparaban la celebración de la Eucaristía, especialmente el 8 de diciembre, Solemnidad de la Inmaculada Concepción, para encomendar todos los trabajos a la intercesión de María! Durante mis primeros años de párroco participaron en alguna Pascua en mi parroquia de la Virgen del Carmen, en San Miguel. Y siempre seguí de cerca el trabajo, las ilusiones de Luis Fernando Figari, fundador de la entonces naciente comunidad sodálite. Germán fue de los obreros de la primera hora llamados por el Señor. Cuántas veces nos hemos reunido con ocasión de trabajos eclesiales. Tengo vivo el recuerdo de su presencia en la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano realizada en Santo Domingo, cuando él fue nombrado por el Santo Padre Juan Pablo II representando a los laicos del Perú.
Germán, a través del testimonio de su vida y de algunos de sus escritos, nos ha dejado un valioso legado que precisamente ilumina mucho la problemática que veníamos describiendo en relación al tema de la liturgia hoy en día. Al abordar la liturgia en su vida y en sus escritos encuentro grandes líneas que nos deben ayudar a trabajar. Y eso es lo que iremos señalando, aunque sea brevemente, como rasgos de un legado que nos corresponde saber atesorar y explotar.

La vida litúrgica y el silencio

Germán fue un apasionado del tema del silencio. No en vano tiene dos libros y algunos artículos al respecto. En relación al tema de la liturgia, valoro mucho la comprensión que tiene de un problema que pastoralmente experimentamos a muchos niveles: la poca capacidad del hombre de nuestros días para hacer silencio en su interior y escuchar. El diagnóstico de Germán es muy lúcido: «Con demasiada frecuencia el ser humano no sabe hacer silencio. Acostumbrado como está el hombre de la civilización urbano-industrial a vivir al ritmo de carreras y sobresaltos, el silencio es algo que parece incomodarlo. Se descubre en el hombre de hoy un secreto temor a encontrarse sin la aparente seguridad que proporciona la agitación y bulla de la sociedad actual. Este hombre huye por eso del silencio, como quien huye de sí mismo. Y es que en un mundo como el actual, centrado en el lucro y el conflicto, donde el egoísmo desmedido es norma básica de relación y la violencia canal cotidiano para expresar el propio desequilibrio interior, el silencio pareciera no tener cabida»[2]. Debemos anotar, como precisa el mismo Germán, que al hablar de silencio se está refiriendo no a una ausencia de palabras, sino a una «modalidad del lenguaje y la comunicación, como plenitud del ser, como equilibrio y armonía»[3].

La aplicación de este tema al mundo de la liturgia resulta muy sugerente. Dado que en la liturgia se entabla un diálogo entre Dios y el hombre, si éste está con poca disposición para escuchar, para contemplar, por más que Dios pone todo de su parte difícilmente se podrá entablar el diálogo. El documento de Santo Domingo hace notar al respecto que para el hombre «sin una capacidad de contemplación, la liturgia, que es acceso a Dios a través de signos, se convierte en acción carente de profundidad»[4]. Por ello la liturgia constituye un espacio privilegiado para que el hombre y la mujer de nuestros días puedan recuperar ese silencio que parecen haber perdido, pero que les es tan importante. En ese sentido, «al mismo tiempo que la liturgia nos va enseñando a convertir el silencio en una disposición natural del espíritu y de toda nuestra persona, hace girar como en un eje su pedagogía del misterio redentor en la vivencia de este silencio integral. De ahí que resulte particularmente beneficioso comprender cómo la liturgia es escuela de silencio, y cómo el silencio es el quicio sobre el que se apoya uno de los principales medios educativos del Pueblo de Dios (la liturgia). En ella se celebra la fe y se alaba al Señor construyendo comunidad, educándonos en el amor»[5].

Creo que vale la pena resaltar el carácter pedagógico que Germán ha querido poner de relieve como propio de la acción litúrgica. «La liturgia, como obra maestra de la Iglesia, es escuela de disciplina espiritual, síntesis práctica de doctrina y ámbito vivo y vital de encuentro con Dios y los hermanos»[6]. Es ésta una gran verdad. En la historia de la Iglesia es algo que se puede verificar a cada paso. La celebración litúrgica es una excelente escuela para los cristianos. Y hablemos tanto de una escuela en el sentido de instrucción de la fe, como de las disposiciones y actitudes que debemos tener para con Dios y los hermanos. Pablo VI decía, al finalizar la segunda sesión del Concilio, que la liturgia es la «primera fuente de la vida divina que se nos comunica, primera escuela de nuestra vida espiritual»[7]. Y Santo Domingo nos ha recordado que «toda la ceremonia litúrgica de cada sacramento tiene también un valor pedagógico»[8]. Ciertamente es un ámbito pedagógico que va a necesitar ser complementado con otros espacios. Por ejemplo, como Germán menciona en otro trabajo suyo, la familia debe ser una instancia —y sin duda de las más importantes— de educación en la fe, que eduque a los hijos en la participación en la liturgia: «Una familia cristiana debe tratar de vivir participando en los sacramentos —especialmente en la Eucaristía y la Reconciliación—, dándose a la oración y escudriñando y acogiendo en el corazón la Palabra de Dios»[9].

Al hablar de la liturgia como escuela, como instancia pedagógica, me parece oportuno señalar algo que Germán menciona: la importancia de considerar a la persona en su integralidad. Hoy vemos tantos sistemas educativos que por un lado u otro terminan por reducir en algo a la persona. No puede haber educación si se parte de una premisa reductiva. La liturgia, por ello, una vez más, es una escuela. Y, en este caso, escuela para ser escuela. Y no puede ser de otra manera, puesto que la Iglesia es experta en humanidad. El conocimiento del hombre del que es depositaria no viene de sus propias luces, sino que le ha sido confiado por Nuestro Señor Jesucristo, el Hombre pleno. Así, pues, hablando del carácter pedagógico de la liturgia, dirá Germán que «este método tiene como elemento central el considerar a la persona humana en términos integrales, es decir, sin reducirla a uno de sus aspectos. Su aproximación lleva a la unificación y reconciliación de la persona. Como señala con tanto acierto la educadora Lubienska de Lenval: “Sólo la liturgia comprende simultáneamente al hombre entero, el espíritu, el alma y el cuerpo (1Tes 5,23). Ella hace del alma y del cuerpo instrumentos obedientes al espíritu. Ella sola amaestra a un tiempo los músculos, apaga la charlatanería del alma y conduce al hombre totalmente al silencio que es donde puede encontrar a Dios”. En un mundo que tiende dramáticamente a la dispersión —cosa que se aprecia también en los sistemas educativos vigentes— ¿podemos acaso pensar en un método más adecuado para educar al ser humano?»[10].

Comprender la liturgia y participar activamente en ella

Se percibe en Germán una preocupación por que se viva una auténtica celebración. Por ello insiste tanto en temas que permitan una comprensión cabal de la naturaleza de la liturgia, del dinamismo que la anima. Si los cristianos no comprendemos qué sucede en la liturgia y asistimos a las ceremonias como espectadores pasivos, entonces los frutos de la participación serán muy pobres. Es, pues, muy importante, como señalábamos arriba, formar a las personas en los elementos básicos de la liturgia.

Es ésa, precisamente, una de las preocupaciones que constatamos en su escrito sobre El silencio y la liturgia. Utiliza un lenguaje sencillo, de fácil comprensión, que incluso lo entiende alguien que no esté muy familiarizado con los temas de la fe. Y ofrece allí una fundamentación muy clara, no sólo porque la presenta con un lenguaje cercano, sino porque domina los textos del Magisterio, especialmente el documento sobre la sagrada liturgia que fue el primer regalo del Vaticano II, la Sacrosanctum Concilium. Y, junto a estos temas, también resulta muy interesante la intención de Germán de que los cristianos comprendamos el sentido de los gestos, de las palabras que se pronuncian en las celebraciones, de los movimientos que hacemos, de los cantos, en fin, de todos los elementos, incluso los más sencillos, que tienen un sentido en la liturgia. Debemos preocuparnos por descubrir y por enseñar ese sentido.

Se trata, pues, de adentrarnos en el dinamismo de la liturgia para poder vivirlo. Entonces se podrá dar la participación activa que el Concilio invitaba a impulsar: «La Santa Madre Iglesia desea ardientemente que se lleve a todos los fieles a aquella participación plena, consciente y activa en las celebraciones litúrgicas, que exige la naturaleza de la liturgia misma, y a la cual tiene derecho y obligación, en virtud del Bautismo, el pueblo cristiano»[11]. Lograr esa participación activa no es algo que vaya a suceder de la noche a la mañana; requiere esfuerzo y perseverancia. Y tal vez el esfuerzo deba comenzar por hacer un acto de conciencia de lo que sucede en la liturgia: es Dios mismo quien se hace presente y nos invita a participar. «La liturgia nos sitúa de una manera activa frente a los misterios de nuestra reconciliación. Los signos y símbolos que forman parte de su dinámica nos van introduciendo en la sintonía con la fuerza del misterio. Pero esto sólo será así si nos acercamos a participar no como quien observa un hecho externo a sí, con la indiferencia de un transeúnte, sino como quien se descubre frente a algo que toca su propia vida»[12].

En este punto considero muy oportuna la llamada de atención en relación al tema de la rutina. Es uno de los grandes problemas en la liturgia y constituye uno de los enemigos de la participación activa. Se da cuando alguien asiste a la realización de un rito, cuyas partes acompaña mecánicamente, pero sin participar de su dinamismo interno, y por tanto sin involucrarse en él. Como el rito es sencillo —ahora lo hemos simplificado aún más— y se repite, a fuerza de repetirlo se convierte en una rutina. Pienso que éste es uno de los grandes retos a enfrentar en la pastoral litúrgica. Y por eso hemos de preparar debidamente nuestra celebración, acercarnos al misal, ver cuáles son las lecciones, qué oración, la memoria del santo qué nos recuerda, si estamos viviendo la Cuaresma, la Pascua, en fin, tomar en cuenta todos los detalles que ayuden al pueblo a participar de mejor manera y no caer en la rutina. Por ello también es tan importante estar al día, formarse. En ocasiones los celebrantes andamos tan de prisa, tan apurados, que nos falta ese espíritu de adoración, de contemplación, y con ello contribuimos a celebraciones mal hechas que favorecen la rutinización de la asamblea.

En ese sentido encuentro muy acertada la insistencia que pone Germán en el cuidado que debe tener en primer lugar el celebrante por sus posturas, por la manera como modula la voz, como predica, por la preparación del ambiente en el templo. Creo que por ahí se puede comenzar a promover una participación activa. Y, de otro lado, la preocupación por la formación de la asamblea, la catequesis litúrgica, que permita una mejor atención a las celebraciones, comprendiendo el sentido de lo que allí acontece. De esta forma estaremos llevando a la práctica la recomendación del Concilio que invitaba a «que los fieles se acerquen a la sagrada liturgia con recta disposición de ánimo, pongan su alma en consonancia con su voz y colaboren con la gracia divina, para no recibirla en vano»[13].

Síntesis entre fe y vida: una liturgia continua

Hay un tema que despertaba una profunda ilusión en el corazón de Germán: hacer una liturgia viva que se prolongue en la vida de las personas. Hoy en día vemos que, por ejemplo, se tiene una idea tan equívoca del tema religioso, de la liturgia, como una realidad que nos aliena, que nos aleja de la temporalidad. ¡Qué equívoco más grande! Al contrario, una celebración litúrgica, la Misa del domingo, lo que he escuchado, la Palabra del Señor, es un llamado a vivir ese mensaje durante la semana, de manera que no me aleja de mi inserción en la realidad, sino que, por el contrario, me compromete, me urge más a vivir el Evangelio en toda mi existencia.

Se dice que el Concilio Vaticano II no denunció ninguna herejía. Y es verdad, no lo ha hecho formalmente. Sin embargo, si pensamos en el mensaje tan profundo y profético de la Constitución Gaudium et spes, veremos que ha señalado con mucha fuerza lo que tal vez constituye la gran herejía, el gran problema de nuestra sociedad: la separación entre la fe y la vida, el divorcio entre la fe y la vida[14]. Muchos creen que el cristianismo se reduce a asistir fríamente al templo, a un determinado horario, a esta acción u obra de caridad. Me “llevo bien” con Dios, pero los hermanos quedan al margen. También sucede lo contrario; cuántos dicen: yo me llevo bien con mis hermanos, estoy metido en este proyecto, pero no hay tiempo para Dios. La vida cristiana es cruciforme. Por eso la cruz es el símbolo de toda liturgia: nos une con el Padre en Jesús por la fuerza de su Espíritu, y nos une con los hermanos.

Ante este gran problema, la idea que Germán recoge de convertir la vida en una liturgia continua me parece muy acertada. Está en mucha consonancia con lo que planteaba Puebla: «Por Cristo, único Mediador, la humanidad participa de la vida trinitaria. Cristo hoy, principalmente con su actividad pascual, nos lleva a la participación del misterio de Dios. Por su solidaridad con nosotros, nos hace capaces de vivificar nuestra actividad con el amor y transformar nuestro trabajo y nuestra historia en gesto litúrgico, o sea, de ser protagonistas con Él de la construcción de la convivencia y las dinámicas humanas que reflejan el misterio de Dios y constituyen su gloria viviente»[15]. Es un gran programa que parte del encuentro con Dios Uno y Trino en la Iglesia —eso es la liturgia— y se proyecta en toda la vida del cristiano. Hay una total coherencia entre lo que se cree y lo que se vive, entre la fe y la vida. El gesto litúrgico no se reduce a los apretados minutos de la celebración. Por el contrario, yo me encuentro con el Señor para vivir. Si no, nuestro culto sería un mero ritualismo, vacío, que no compromete y no se proyecta en la vida. Y no es así. «El culto que Dios nos pide —expresado en la oración y la liturgia— se prolonga en la vida diaria, a través del esfuerzo por convertirlo todo en ofrenda»[16].

Participación en la Eucaristía

Al hablar de la liturgia de la Iglesia es muy importante tener claro que —como escribe Germán haciéndose eco del Concilio— es la Eucaristía el «centro y culmen de toda la vida litúrgica del Pueblo de Dios, y como tal, fuente y cumbre por excelencia de la vida cristiana»[17]. ¡Qué importante es comprender la centralidad de este sacramento, el gran sacramento de la presencia del Señor entre nosotros! Y es que debemos ser conscientes de que, como enseñaba Pablo VI[18], se trata de una presencia real y substancial de Cristo Jesús.

Ello exige de los que participamos en la celebración una disposición acorde con la magnitud del misterio. Y en esto Germán nos deja valiosas luces. En primer lugar, sobre el significado de este sacramento. Y aquí me permito añadir un pequeño testimonio, y es el haber tenido ocasión de ver cómo Germán participaba en las celebraciones. Recuerdo vivamente, por ejemplo, las jornadas compartidas en Santo Domingo, donde la celebración de la Eucaristía era un momento central. Me parece muy significativo el acento que Germán ponía en cómo «la comunidad cristiana encuentra en la Eucaristía la plenitud de la comunión y participación de la vida divina, fuente y sustento de toda comunión entre los hombres. Así como la liturgia eucarística nos enseña a abrirnos a la acción del Espíritu en nosotros, también nos enseña, por la participación en ella, a acoger al hermano y a aceptar la acogida que nos brindan los demás»[19]. Para los que lo conocimos, este texto refleja mucho de su preocupación y compromiso personal por la comunión, por la unidad, sustentada en el Encuentro con Jesucristo.

En segundo lugar, es copiosa la cosecha que se puede sacar de sus escritos para favorecer una actitud activa y consciente cuando se participa en el sacramento de la Eucaristía. Mucho de lo ya dicho se aplica a esto. Por ejemplo, el silencio de palabra y de cuerpo, con todas sus implicancias en la participación en la Misa, en la recitación de las oraciones, en los movimientos, en los cantos; la importancia de los signos y símbolos sagrados; la disposición interior, la atención y el esfuerzo que ello demanda para cooperar con la gracia que el Señor distribuye por el sacramento.

El ejemplo de María

Éste es un tema muy significativo en el pensamiento de Germán y encuentra una rica expresión aplicado a la liturgia. Pienso que, ante todo, debemos tener como marco de fondo el amor filial que él testimonió con su vida. Para él, como miembro de una sociedad eclesial profundamente mariana, María está asociada íntimamente al misterio de Jesucristo y a la vida de todo cristiano. Y así lo vivió.

Germán nos conduce por un camino de aproximación a María muy enriquecedor en relación con nuestra participación en la liturgia. Hace unos momentos hablábamos de la importancia del gesto litúrgico, de hacer de toda la vida una liturgia continua. Y sobre ello dejo hablar a Germán: «Quién mejor que María para enseñar lo que significa hacer de la propia vida un “gesto litúrgico”. En efecto, su vida fue un constante glorificar al Señor en todo su quehacer, con toda su persona. En su vida cotidiana todo fue un vivir en sintonía con su Hijo, en un compromiso de amor que se volcó en muestras permanentes de caridad. En ese vivir en sintonía con el Plan de Dios, María tuvo en el silencio uno de sus principales medios. Este silencio fue cultivado y asumido en una vida hecha oración, hecha apertura a la gracia, hecha comunión con Dios, hecha liturgia continua. Así pues, liturgia y silencio se dan de manera singular y ejemplar en María. De ahí la importancia de mirarla y salir a su encuentro para aprender de ella»[20]. Ciertamente María es el modelo de la actitud orante. Qué bien va a resumir Pablo VI este tema en la Marialis cultus[21].

En relación a esto me pareció sugerente la relación entre María y la Eucaristía que Germán explicita en un artículo publicado con ocasión del V Congreso Eucarístico y Mariano, realizado en Lima en 1988, y para el cual el Papa Juan Pablo II visitó por segunda vez estas tierras. Entonces Germán se preguntaba: «¿Se pueden mezclar estos dos aspectos del misterio de la salvación —el misterio de la Eucaristía y la presencia maternal de María— sin menoscabo en la presentación de cada cual?». Y respondía: «Como lo demostró el Santo Padre, no sólo es posible hacerlo, sino que, al estar íntimamente unidos, ambos resultan mejor explicitados. Ninguna ocasión, por otro lado, podía presentarse como más propicia para poner de relieve la íntima relación entre Jesús y María»[22]. La Madre es, pues, «una escuela viva, un canal abierto para penetrar en las profundidades de este inefable misterio de vida»[23] que es la Eucaristía.

De otra parte, las reflexiones de Germán son muy interesantes en relación a la comprensión de la misión de María en la Iglesia y del culto de veneración que como hijos suyos le debemos. Esto el Concilio lo dejó muy claro, y gracias a Dios el amor filial a María tiene mucha fuerza en nuestros pueblos y en sus manifestaciones de piedad popular. Hablando de la liturgia, Germán señalaba que «el núcleo de su dinamismo está en el ser medio para el encuentro entre Dios y el hombre». Y añadía, a renglón seguido, que «no es difícil descubrir en esto una coincidencia con la tarea que el Señor Jesús le encomienda (a María) en el altar del Gólgota como Madre de todos los creyentes. María, en efecto, tiene como misión llevarnos al encuentro con Dios. Ella, como Madre nuestra, debe engendrarnos a la vida de la gracia, es decir, debe guiarnos hacia la conformación con su Hijo Jesucristo. Esa identificación entre el fin de la liturgia y el sentido de la maternidad espiritual de María nos abre un sendero muy concreto para caminar hacia el encuentro del Padre. Un camino que se hace cercano, transitable, si nos aproximamos a él de la mano de María aprendiendo de Ella cómo hacer de nuestra vida un “gesto litúrgico”»[24].

Liturgia y Nueva Evangelización

Ante los grandes desafíos de la Nueva Evangelización, pienso que tenemos en la liturgia de la Iglesia un gran medio de apostolado para llevar adelante este compromiso. Me gusta un axioma que pienso refleja bien la realidad: “la teología se hace pastoral en la liturgia”. La liturgia es catequética, tiene todos los elementos de la eclesialidad. Es el Padre que nos reúne para escuchar la Palabra y participar de su Mesa por acción del Espíritu Santo, para celebrar los signos de la salvación, y nos lanza a la misión, al cumplimiento de la tarea de evangelizar. Por ello me parece muy acertado cuando Germán dice que en la liturgia «aprendemos también a darle un sentido más pleno a nuestro compromiso con la transformación del mundo temporal según la medida del Evangelio. Abrir nuestro ser a las dimensiones de la eternidad no significa escapismo de las responsabilidades temporales. Todo lo contrario. Significa un compromiso más profundo, pero según el designio divino y en camino hacia el encuentro definitivo en la consumación de los tiempos»[25].

El encuentro con el Señor no puede dejarnos impasibles ante la misión que todos los bautizados tenemos. Exige una conversión personal que en primer lugar me compromete a cambiar a mí, en mi propia vida. Y luego me impulsa a anunciar esa Verdad que yo he encontrado a los hermanos, a mi prójimo. De esta forma también se va a dar aquello que mencionábamos líneas arriba en relación a la liturgia continua. La celebración eucarística termina cuando el sacerdote dice «podéis ir en paz», pero en realidad el compromiso cristiano, el dinamismo que brota de esa celebración, no culmina allí. Es una tarea de 24 horas al día, de todos los días, y que debe ir impregnando toda la vida, comprometiéndonos en las tareas de la evangelización, que, repito, le conciernen a todo bautizado.

Quisiera, para terminar, traer a colación un texto de Santo Domingo que considero muy elocuente en relación a este último tema que estoy tratando: «El servicio litúrgico así cumplido en la Iglesia tiene por sí mismo un valor evangelizador que la Nueva Evangelización debe situar en un lugar muy destacado. En la liturgia se hace presente hoy Cristo Salvador. La liturgia es anuncio y realización de los hechos salvíficos que nos llegan a tocar sacramentalmente; por eso, convoca, celebra y envía. Es ejercicio de la fe, útil tanto para el de fe robusta como para el de fe débil, e incluso para el no creyente (cf. 1Cor 14,24-25). Sostiene el compromiso con la promoción humana, en cuanto orienta a los creyentes a tomar su responsabilidad en la construcción del Reino, “para que se ponga de manifiesto que los fieles cristianos, sin ser de este mundo, son la luz del mundo” (SC 9). La celebración no puede ser algo separado o paralelo a la vida (cf. 1Pe 1,15). Por último, es especialmente por la liturgia como el Evangelio penetra en el corazón mismo de las culturas»[26]. Así lo entendió y lo vivió Germán Doig.

La memoria de Germán como un hombre preocupado por que toda actividad sea un momento de plegaria para adorar a Dios y cercanía para ayudar al hermano creo que es la mejor síntesis de lo que debe ser la liturgia. Es vivir el Padrenuestro. Es responderle a Dios Padre que nos ama. Y es preocuparnos por ese hermano que está envuelto en dificultades y que siempre nos espera. Su testimonio laical, su amor a la Iglesia, su deseo de servir a nuestras comunidades para que sean centros de culto, de oración, de apostolado, es la mejor herencia que nos ha regalado Germán. Y como toda herencia, hay que trabajarla. Qué bien enseña la Iglesia que cuando recordamos a los seres queridos que nos han precedido en el camino, tenemos nosotros que imitarlos en las obras del bien. Ojalá que al evocar la vida y leer los escritos de Germán revisemos nuestras celebraciones cultuales, cómo celebramos los sacramentos, el valor que le damos a la Eucaristía. Y que la vivencia de toda nuestra existencia en clave litúrgica nos permita preparar nuestros corazones para el encuentro definitivo con Dios Uno y Trino, con Dios Amor.


[1] Sacrasanctum Concilium, 10.
[2] Germán Doig K., El silencio y la liturgia, Paulinas, Bogotá 1992, p. 7.
[3] Allí mismo, p. 9.
[4] Santo Domingo, 37.
[5] Germán Doig K., El silencio y la liturgia, ob. cit., p. 22.
[6] Allí mismo, pp. 51-52.
[7] Pablo VI, Discurso en la clausura de la segunda sesión del Concilio Vaticano II, 4/12/1963, 5.
[8] Santo Domingo, 35.
[9] Germán Doig K., La familia, santuario de la vida. Una mirada desde Santo Domingo, Comisión Episcopal de Familia - Vida y Espiritualidad, Lima 1997, p. 32.
[10] Germán Doig K., El silencio y la liturgia, ob. cit., p. 50.
[11] Sacrosanctum Concilium, 14. Ver también Puebla, 925.
[12] Germán Doig K., El silencio y la liturgia, ob. cit., p. 52.
[13] Sacrosanctum Concilium, 11.
[14] Ver Gaudium et spes, 43.
[15] Puebla, 213.
[16] Puebla, 252.
[17] Germán Doig K., El silencio y la liturgia, ob. cit., p. 27. Ver Lumen gentium, 11.
[18] Ver Pablo VI, Mysterium fidei, 3/9/1965, 5.
[19] Germán Doig K., El silencio y la liturgia, ob. cit., p. 28.
[20] Allí mismo, p. 66.
[21] Ver Pablo VI, Marialis cultus, especialmente la sección segunda de la primera parte: «La Virgen, modelo de la Iglesia en el ejercicio del culto» (nn. 16-23).
[22] Germán Doig K., María en el mensaje limeño de Juan Pablo II, en revista «VE», mayo-agosto 1988, año 4, n. 10, p. 52.
[23] Allí mismo, p. 54.
[24] Germán Doig K., El silencio y la liturgia, ob. cit., p. 100.
[25] Allí mismo, pp. 164-165.
[26] Santo Domingo, 35.

 

Mons. Salvador Piñeiro García-Calderón, Obispo Castrense del Perú, es Presidente de la Comisión de Liturgia de la Conferencia Episcopal Peruana.
 

VE enero-abril de 2002, año 18, No. 51

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