El silencio en Germán Doig

 

Rocío Figueroa Alvear

«Nadie puede ser testigo de algo, sino de aquello en lo que de algún modo participa»[1]. Estas palabras de Santo Tomás comentando el prólogo de San Juan expresan la importancia que da el evangelista a los testigos que presenciaron y conocieron de cerca al Señor Jesús, dando con ello testimonio de su persona. La fuerza probativa del testigo tiene un lugar central en la credibilidad de la Palabra: «pues la Vida se manifestó, y nosotros la hemos visto y damos testimonio» (1Jn 1,2).

Dios ha querido la colaboración humana para que la fe nos llegue por la predicación de otro (ver Rom 10,14-17). En su divino Plan, ha mostrado esta profunda dimensión eclesial y comunitaria de la fe, e invita al cristiano a ser “testigo” que transmita la fe a través de la historia.

En la vida de Germán Doig las palabras y las reflexiones caminaron al compás del esfuerzo sincero por testimoniarlas. Germán fue un hombre de Iglesia que buscó ahondar en el Misterio de Cristo, ayudando a muchos con sus reflexiones espirituales a vivir la fe en la vida cotidiana. Quienes tuvimos oportunidad de conocerlo experimentamos que sus palabras y escritos estaban respaldados con la carga existencial de su propia vida, y que son un legado que se ha de compartir.

Curiosamente, en español la palabra testigo significa también, en las carreras de relevo, el objeto que en el lugar marcado intercambian los corredores de un mismo equipo, para dar fe de que la sustitución ha sido correctamente ejecutada.

Quienes nos encontrábamos con Germán comprobábamos que en su vida brillaban de modo característico y especial una profunda paz y silencio interior que hacían que los que acudíamos a él halláramos aliento en los desafíos y exigencias, solaz y consuelo en los problemas, esperanza y alegría cristiana ante la vida.

Germán fue un modelo de silencio. Con tan sólo 26 años publica su libro El silencio, una pedagogía de la voluntad[2]. Una obra pequeña en volumen, pero que al lado de la cultura espiritual que manifiesta, revela también la aproximación vital al silencio. Esta virtud estuvo presente desde muy temprano en su peregrinar, convirtiéndose en una honda disposición interior, forjada con el pasar de los años, y reflejada en toda su persona y conducta. El silencio fue el “viejo compañero” en sus largas reflexiones y en su decisión inquebrantable de seguir los senderos que el Plan de Dios ponía ante él.

En una sociedad sin silencio, Germán había comprendido la necesidad de recuperar esta virtud humana y cristiana: «Los tiempos actuales, tan carentes de recogimiento y tan dispersos en la búsqueda febril de caminos de evasión, no son una excepción. Pero —añadía—, tal vez como en pocos momentos de la larga historia de la humanidad, sean estos tiempos tan particularmente bulliciosos»[3]. Por ello consideraba fundamental tratar de recuperar esta realidad como un espacio de paz y sosiego, como «el marco adecuado para reencontrarse a sí mismo y rehacer el camino perdido de la plenitud»[4], al igual que «tomar en serio al otro, al prójimo, y así reverenciar la presencia de Dios en el interlocutor»[5]. En ello también su pensamiento era eco de su vida.

Su perspectiva del silencio es positiva. Él entiende esta virtud no como una mera ausencia de ruido, sino «como una presencia de paz, de armonía, de equilibrio exterior... la orientación positiva de la persona —espíritu, psiqué y cuerpo— toda a Dios, cumpliendo su Divino Plan»[6]. Define esta virtud como una «respuesta positiva a la gracia»[7] y como una realidad «que lleva a la autoposesión y equilibrio, al señorío de sí, que se convierte en valioso medio para la reconciliación de la persona con sus facultades según el Plan de Dios»[8]. El silencio consiste así en poner todos los medios para reorientar las propias capacidades y potencias y disponerse a acoger el don de la reconciliación traído por el Señor Jesús; se trata de un camino de cooperación con la gracia para adentrarse en un proceso de humanización hacia la configuración con Cristo. El silencio es una «condición importante para el encuentro con Dios, con los demás, con la realidad, desde una libertad poseída realmente»[9].

Como discípulo y colaborador de Luis Fernando Figari, Fundador del Sodalicio de Vida Cristiana, al que perteneció[10], quiso seguir tras sus huellas e intuiciones procurando ayudar al cristiano de hoy a alcanzar la anhelada conformación con el Señor Jesús. Profundizó para ello dentro de la propia tradición católica. El enfoque que desarrolló Germán en su libro El silencio fue tomado —como él mismo aclaró— «en sus líneas fundamentales de las jornadas espirituales dadas por D. Luis Fernando Figari en 1978 y 1981»[11]. En esos retiros el Fundador buscó desarrollar la Dirección de San Pedro, aquel camino espiritual propuesto por el Apóstol en su segunda Carta (ver 2Pe 1-11). En un primer momento recibió el influjo del llamado Sistema de virtudes ligado al Beato Guillermo José Chaminade, para luego convertirse en un camino replanteado por L.F. Figari, con el propósito de buscar responder mejor a los tiempos y desafíos del hombre de hoy, y en una cercana escucha a las enseñanzas del Vaticano II.

Los “silencios” se enmarcan dentro de todo un programa espiritual como un camino de virtudes. A través de ellos se van disponiendo las capacidades y fuerzas de la persona en orden al cumplimiento del designio divino: «El silencio nos permite reorientar nuestras facultades desde nuestros dinamismos fundamentales. Nos aparta de las ilusiones y falsos bienes a los que muchas veces nos acostumbramos por causa de la dinámica del pecado»[12]. Así, el silencio de palabra, el recto uso de las expresiones corporales, los pensamientos, la memoria, los sentimientos y pasiones se convierten en parte de todo un camino pedagógico de configuración con Jesucristo, el hombre pleno. Lo entendió siempre como complemento de la vida sacramental, como una disposición preparatoria para el diálogo con Jesús en el Tabernáculo, como respuesta activa, como un medio que presentara el camino de santidad como una realidad concreta, práctica, al alcance de todos.

Desde su posición de colaborador Germán buscó apoyar al Fundador del Sodalicio en el desarrollo de los silencios con la convicción de la necesidad de un método concreto que ofreciera una ayuda en el proceso de personalización en Cristo, paradigma de humanidad[13]. Propone de esta manera la vivencia del silencio para orientar correctamente las facultades y potencias hacia sus características originales y devolver al ser humano su propia identidad y la verdad de sí mismo reveladas por el Señor Jesús[14]. El tema de la Gaudium et spes, 22 lo impactó desde siempre. Gozaba al reflexionar sobre su contenido y al compartir sus reflexiones.

La vivencia del silencio como areté (virtud) fue para él todo un programa de vida, programa que además descubría en profunda consonancia con el llamado que brotaba de su propia mismidad. Su entusiasmo fue grande desde el principio. La espiritualidad sodálite, que se iba forjando en la medida en que era experimentada, respondía plenamente a lo que él iba viviendo. ¡Cuántas veces lo dijo! Así, al «silencio activo» —como le gustaba llamarlo—, no sólo le dedicó significativo tiempo de reflexión, lectura y oración, sino ante todo un generoso esfuerzo por vivirlo en primera persona. En él fue muy lúcida la conciencia de que así podía ser verdaderamente más útil para la misión de anunciar al Señor Jesús: «El logro de la areté, de la realización personal y la necesidad de dar testimonio así lo exigen»[15]. Su camino personal ligado indisolublemente a la misión apostólica, hacía que aquello que meditaba en el silencio de su profunda oración y reflexión lo comunicara y compartiera como riqueza para todos los que lo rodeaban, escuchaban y leían.

Con la convicción del horizonte que tenía por delante, buscó vivir este silencio interior orientando toda su persona hacia el cumplimiento del Plan de Dios. Su aproximación existencial y humana lo hacía ver su propia vida como un “todo”, con el ideal de que su vida entera —desde lo más pequeño hasta lo más grande— se orientase hacia el cumplimiento del designio divino. En su correspondencia escribe: «Estoy contento de verdad y con muchas expectativas de que todo, todo, todo en vida sea un acto de amor a Dios y de fidelidad a su Plan, y que no haya nada por pequeño que sea que me aleje de ese Plan. He entendido que ésa es mi auténtica felicidad»[16].

Con la conciencia de ser peregrino y viator, se esforzó por ir encaminando todo su ser a dar gloria a Dios día a día, viviendo la vida de manera intensa en el Señor. El inicio de su jornada en la oración, que se desplegará por todos los momentos, el día lleno de trabajo, encuentros, reuniones y conferencias, las comidas fraternas en comunidad, el encuentro con quienes buscaban consejo o luz en el caminar, el apostolado con los jóvenes y las familias, los espacios de reflexión, estudio y producción intelectual, el tiempo dedicado al deporte; su intenso amor a la Eucaristía, sus continuas visitas al Santísimo o los rosarios que solía recitar caminando... Quienes lo veíamos trabajar, rezar, enseñar, departir, percibíamos una realidad que corría como un río subterráneo: un silencio que le permitía escuchar la voz de Dios, su voz interior y la llamada de los demás; un silencio que cultivó y que le hizo ensanchar su corazón permitiéndole acoger con fe la Palabra de Dios fructificando en una vivencia intensa de la caridad y proyectando una llamativa irradiación de paz.

Se comprende por qué una de las citas del Antiguo Testamento que quería de manera especial y a la que recurría constantemente era la del profeta Isaías: «Como descienden la lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven allá, sino que empapan la tierra, la fecundan y la hacen germinar, para que dé simiente al sembrador y pan para comer, así será mi palabra, la que salga de mi boca, que no tornará a mí de vacío, sin que haya realizado lo que me plugo y haya cumplido aquello a que la envíe» (Is 55,10-11). Era un “místico de la acción”.

Su perspectiva del silencio como camino de conformación con el Señor tuvo una fuerte impronta apostólica. No sólo la aplicó en su camino espiritual, sino que alentó a todos los que se le acercaban a orientar las propias capacidades, fuerzas y potencialidades hacia el cumplimiento de la misión según el Plan divino. Su horizonte positivo y lleno de esperanza lo hacía creer con una sinceridad impresionante en el ser humano y mirar a la persona con los ojos de Dios. Su trato personal manifestaba una caridad que se percibía en multitud de detalles. Su convicción y optimismo evangélico lo hacían vibrar con intensidad por el horizonte evangelizador y no ahorrar esfuerzo alguno ni energías en canalizar toda iniciativa buena y creativa que ayudara a la construcción del Reino de Dios.

Sabía escuchar atentamente a todos los que venían con diversos proyectos e ideas —muchas veces uno tras otro, y con los más variados temas—. Él, con mucha paciencia, escuchaba serenamente, preguntaba a su interlocutor con el fin de comprender mejor, y respondía con profundidad y agudeza, manteniendo un humilde silencio cuando la ocasión lo ameritaba.

Ante las bendiciones que Dios derramaba en las personas, expresiones como «¡qué alegría!», «¡adelante!», «ánimo», «sursum corda», acompañadas de un gozo profundo y una sonrisa contagiante, entusiasmaban a quien tenía delante a seguir avanzando por las sendas del divino Plan. Germán ponía como fundamento de todo este camino espiritual una profunda humildad y sencillez de quien reconoce su pobreza delante de Dios y se abre con mayor intensidad a la acción transformante de la gracia. Por ello, ante las dificultades u obstáculos que se presentaban, su esperanza no desmayaba, y con ella ayudaba a los demás a tener una mirada de eternidad. Había comprendido bien que en este peregrinar humano se debe vivir la dimensión cruciforme del cristianismo. En diciembre de 1999 escribe: «Debo dejarme crucificar con el Señor Jesús, y eso es bueno»[17].

Fue un hermano en la fe que decidió con firmeza poner los medios para encarnar el silencio del Señor Jesús. Germán se esforzó por vivir con coherencia la máxima: «Habla cuando quieras, pero quiere cuando debas». Su hablar sereno en búsqueda de la edificación del hermano, su callar cuando la ocasión lo exigía, su palabra firme y clara ante la duda y el error, su consejo prudente, su risa y alegría en los momentos adecuados, caracterizaban sus relaciones con los demás. Su capacidad de escucha lo llevaba a siempre aprender del otro y a confrontarse con toda libertad en búsqueda de la verdad.

Su mirada límpida, transparente, luminosa, hacía que quienes se le acercaban se sintiesen acogidos por una persona que remitía a Dios. Su porte sano y su amor por el deporte fueron los de un hombre que no descuidó la salud y consideró al propio cuerpo como eficaz instrumento en el camino de conformación con Cristo[18]. El silencio de cuerpo fue también una constante en él.

Me impresionó siempre su amor por la Verdad que lo llevó sin miedos —en una época de afirmaciones débiles y titubeantes— a desenmascarar las trampas del subjetivismo y la mentira y a responder con la verdad y la sencillez evangélicas. Con el pasar de los años, esta sencillez creció al compás de una profunda agudeza en el análisis de la realidad y la cultura. Su esfuerzo continuo en la búsqueda de la verdad desde Dios lo acompañó en su deseo por responder a los acuciantes interrogantes del ser humano de hoy. Hombre de voluntad firme y decidida, concentró sus fuerzas en la misión apostólica, considerando que ésta sólo podía vivirse con una obediencia total, pronta y alegre, al divino Plan.

Germán meditaba frecuentemente en el silencio de María, como modelo paradigmático de silencio[19]. Se sentía atraído en especial por el pasaje de la Visita de María a su prima Isabel. Le conmovía profundamente pensar en el encuentro silente entre ambas mujeres en estado de buena esperanza. Le llamaba la atención particularmente el saludo sencillo de María, ocasión que hizo a Juan saltar de gozo en el vientre de Isabel. Él mismo trata de ahondar en este diálogo hermoso. María, escribe, «expresa con toda su persona la presencia de la que es portadora... Por eso, en la palabra pronunciada por ella se irradia la presencia de quien está en su seno. Su palabra se nutre de la Palabra viva y se expresa en un gesto litúrgico que es, como toda acción litúrgica, una acción de culto que santifica a quien la realiza»[20].

Refiriéndose al mismo pasaje, añade: «María debió ser todo equilibrio y armonía. Sus gestos debieron señalar el misterio que portaba. Desde su serena profundidad hasta su reverente elocuencia muestran a una persona que no pone obstáculo a la acción de la gracia que a través de su ser se transparenta. Recogida a la vez que atenta; comunicativa a la vez que acogedora; sobria y ponderada en su entrega. Un movimiento, en pocas palabras, rebosante de silencio. Un movimiento que se hace liturgia»[21].

Al leer este texto después del tránsito de nuestro hermano Germán, sus palabras cobran un peso y un valor inestimables. Comprendemos mejor esa decisión suya como sodálite de hacer propia la espiritualidad de María y aprender de Ella las lecciones de silencio, reverencia, amor y entrega.

El silencio activo alcanza en la vida de Germán una dimensión existencial de profundización práctica, así como una reflexión teórica que fue compartiendo en su caminar y que hoy queda como un legado para cuantos quieran acercarse a él.


[1] «Nullus potest de aliquo testificari, nisi eo modo quo illud participat» (Santo Tomás de Aquino, Super Evangelium S. Ioannis lectura [ed. Raphaelis Cai, O.P.], Taurini 51952, lectio IV,I, 117).
[2] Existen dos ediciones de esta obra, la primera de 1983 y la segunda, igual a la anterior, de 1987.
[3] Germán Doig K., El silencio y la liturgia, Paulinas, Bogotá 1992, p. 6.
[4] Allí mismo, p. 8.
[5] Germán Doig K., El silencio, una pedagogía de la voluntad, Lima 21987, p. 49.
[6] Allí mismo, p. 26.
[7] Germán Doig K., El silencio y la liturgia, ob. cit., p. 13.
[8] Allí mismo, p. 12.
[9] Allí mismo, p. 9.
[10] Germán Doig conoce al Sodalicio en 1973. Ocupará en él diversas responsabilidades. Desde 1992 fue su primer Vicario General, hasta el momento en que Dios lo llamó a su presencia.
[11] Germán Doig K., El silencio, una pedagogía de la voluntad, ob. cit., p. 9.
[12] Germán Doig K., El silencio y la liturgia, ob. cit., p. 13.
[13] Ver Gaudium et spes, 22; Juan Pablo II, Ecclesia in America, 10.
[14] Ver Germán Doig K., El silencio y la liturgia, ob. cit., p. 14.
[15] Germán Doig K., El silencio, una pedagogía de la voluntad, ob. cit., p. 39.
[16] Correo electrónico a Rocío Figueroa, enero de 1999.
[17] Correo electrónico a Rocío Figueroa, 31/12/1999.
[18] Ver Germán Doig K., El silencio, una pedagogía de la voluntad, ob. cit., pp. 82-83.
[19] Así lo testimonia, por ejemplo, su artículo María, la mujer del silencio, en revista «VE», setiembre-diciembre 1987, año 3, n. 8, pp. 49-67.
[20] Germán Doig K., El silencio y la liturgia, ob. cit., p. 81.
[21] Allí mismo, pp. 94-95.

 

Rocío Figueroa Alvear, doctoranda en Teología, es integrante de la Fraternidad Mariana de la Reconciliación, de la que fue Coordinadora General.
 

VE enero-abril de 2002, año 18, No. 51

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