Germán Doig Klinge,
un hombre de Dios
en el Sínodo de América

 

Card. Norberto Rivera Carrera
Arzobispo Primado de México

Con mucho gusto he recibido la invitación a participar en el homenaje a un gran hombre de la Iglesia, que vivió de una manera ejemplar su compromiso de laico en un momento especialmente importante en la historia de nuestra Iglesia en América.

Germán Doig Klinge, miembro del grupo fundacional del Sodalicio de Vida Cristiana, del cual fue Vicario General, Coordinador General del Movimiento de Vida Cristiana, destacado cristiano miembro del Pontificio Consejo para los Laicos, fundador y primer director de la revista «Vida y Espiritualidad», participó como auditor en la Asamblea especial para América del Sínodo de los Obispos.

La Providencia Divina permitió que, en diversas ocasiones y en particular en esta Asamblea especial para América, conociera y apreciara el amor que Germán tenía a la Iglesia, su incondicional adhesión al Romano Pontífice y su filial amor a la Santísima Virgen María de Guadalupe.

Desde la perspectiva del Sodalicio de Vida Cristiana, obra de la Iglesia a la que consagró su vida, percibió la problemática de la Iglesia, de manera especial de nuestra Iglesia en América.

Quiero recordar algunos de los muchos matices y agudas reflexiones que nos ofreció Germán en su participación como “auditor” en este acontecimiento eclesial[1].

La capacidad de enmarcar su reflexión en el contexto de la historia permite una mayor comprensión de los acontecimientos que nos ha tocado vivir.

Antecedentes

La Asamblea especial para América del Sínodo de los Obispos formó parte de las iniciativas del Santo Padre con el fin de preparar al Pueblo de Dios para el Gran Jubileo de la Encarnación. La realización de este gran evento fue sugerida en Santo Domingo en la IV reunión de la Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (CELAM) en 1992[2], y ratificada en la carta apostólica Tertio millennio adveniente[3].

El Santo Padre estuvo presente en todas las intervenciones de los padres sinodales, y por primera vez en la historia de la Iglesia, fueron invitados a intervenir los “auditores”, entre los cuales había algunos laicos, uno de ellos era Germán[4]. Esto fue un signo del valor que da la Iglesia a la vocación laical.

La presencia activa del Santo Padre en las jornadas sinodales, a pesar de su mermada salud, fue un testimonio profético y evangelizador que nos iluminó a los asistentes y nos alentó para enfrentar con esperanza los grandes interrogantes sobre el futuro de la Iglesia en América.

El magisterio pontificio en esta ocasión tuvo una singularidad. En general los Sínodos ordinarios se han convocado en torno a temas que tienen una larga historia de reflexión, y que, llegado un momento, se ha visto la conveniencia de recoger las experiencias de temas ya maduros, y de esta manera revisar y profundizar lo vivido en vistas de un mejor fruto. Se trata, pues, de momentos de madurez y por ello sobre todo de puntos de llegada. El Sínodo de América, en cambio, fue una realidad inédita. Su convocatoria, realización y proyecciones abrieron un nuevo caminar en la reconciliación y el encuentro de las Iglesias en nuestro continente. Fue un comenzar algo nuevo que debe dar sus frutos en este tercer milenio de la era cristiana.

En este Sínodo de América el mismo Santo Padre, recogiendo la solicitud de los asistentes, entre ellos Germán[5], nos ofreció en la Basílica de Santa María de Guadalupe, en México, el texto fruto de los trabajos sinodales, tomando en cuenta los aportes y proposiciones de los participantes.

En la dinámica del Sínodo pudimos experimentar el caminar al lado del Señor de la Historia en la persona de su Vicario en la tierra. El Santo Padre nos llegó a decir que «verdaderamente hemos caminado juntos», hemos tenido una «comunión de caminos»[6], pues la Iglesia «ha sido enviada y existe para caminar en el tiempo y en el espacio»[7]. Si bien el gran horizonte del Sínodo fue el tercer milenio, el núcleo de la propuesta del Papa está en el anuncio del Señor Jesús vivo y en la invitación al encuentro con Él. Por eso el tema del Sínodo fue «Encuentro con Jesucristo vivo, camino para la conversión, la comunión y la solidaridad en América».

A este encuentro con Jesucristo vivo, el Santo Padre quiso darle un marco espiritual especialmente querido por él: la presencia evangelizadora de Santa María de Guadalupe en nuestro continente: «la comunidad cristiana, a ejemplo de María, se vuelve a poner en camino, impulsada por el amor a Cristo, para llevar a cabo la Nueva Evangelización del continente americano»[8]. Es una afirmación que enmarcó el sentido del Sínodo y lo ubicó en un dinamismo que, partiendo de las raíces cristianas del continente, lo proyecta hacia el tercer milenio de nuestra fe.

Perspectiva histórica de nuestro continente

La historia de fe de nuestro continente tiene cinco siglos de fecundo crecimiento desde aquel providencial encuentro de dos mundos el 12 de octubre de 1492. La empresa evangelizadora de los primeros misioneros ha dejado la huella indeleble de Cristo y de María en la vida de nuestros pueblos. La historia de América es planteada por el Papa en clave de fecundidad evangélica: es decir, de santidad. Nos pide que volvamos la mirada a los grandes santos que anunciaron al Señor con su palabra y su testimonio. Nos recuerda que la santidad de los fieles debe encarnarse en la cultura y en instituciones que dignifiquen y estimulen lo mejor y más noble que hay en el corazón de cada hombre y de cada mujer.

El Santo Padre Juan Pablo II, en el documento post-sinodal Ecclesia in America, ha reconocido este hecho histórico y ha manifestado que María de Guadalupe es la Madre de toda América, y que extiende su maternal protección a todos los moradores de estas tierras. Es la Reina de América[9]. Ya no podemos hablar de muchas “Américas”. Desde que Ella nos trajo a Jesús, verdadero Hombre y verdadero Dios, América es de Cristo, América es una, América es mariana.

América Latina está hondamente sellada por la fe en Jesús. Un vigoroso impulso misionero surgió de la Reforma española, seguido por la Reforma universal, en la que tiene un lugar central el Concilio de Trento. Los pueblos que se gestaron a partir del encuentro entre los europeos y los nativos americanos tuvieron en la fe y en la Iglesia una matriz a partir de la cual se forjó una nueva síntesis cultural mestiza, una síntesis vital. Estos pueblos eran mayoritariamente bautizados.

En cambio, la implantación de la Iglesia en las tierras del norte de América es muy diferente. En general se trata de comunidades de inmigrantes de la Europa del norte, en muchos casos huyendo de persecuciones y, también en muchos casos, en contacto con tradiciones calvinistas y puritanas. La Iglesia no tuvo un influjo tan importante en la configuración de la cultura que se iba desarrollando. De hecho fue una Iglesia de minorías y sin gran influjo social.
Esta diferencia en el origen de las comunidades eclesiales del norte y del sur del continente tiene sus consecuencias en el modo de entender la vida y su relación de los unos con los otros. Históricamente lo que ha caracterizado la relación han sido la indiferencia, los prejuicios y los desencuentros, cuando no otras situaciones gravosas y ofensivas para los pueblos del sur. Hay una huella de injusticia y sufrimiento que cada día es mayor.

La Iglesia en Canadá y en los Estados Unidos ha procurado en el paso del tiempo generosas ayudas de tipo económico, pero desgraciadamente esto no ha generado vínculos estables e intensos que permitan una comunión más profunda con las Iglesias del sur.

Algunos frutos del Sínodo

Ante estas circunstancias vemos ya un primer fruto visible del Sínodo: el encuentro fraternal, en la persona de los Pastores, entre las dos impostaciones eclesiales del continente americano. El clima de comunión, el “descubrimiento” de las riquezas y de las necesidades de los demás, ha sido el comienzo de la superación de las distancias, indiferencias y resentimientos entre los fieles del norte y del sur.

El fortalecimiento de vínculos más afectivos que se vean concretados en la cooperación efectiva entre las Iglesias, debe fundamentarse en la superación de rupturas y desencuentros, es decir, en la vivencia de la reconciliación en todos sus niveles.

Por eso el Sínodo fue asumido como un signo y una ocasión de reconciliación y comunión en el continente. En las cuatro semanas se tendieron puentes y se pusieron las bases para el fortalecimiento efectivo de la comunión. Al hacerlo, se dio al mundo, sobre todo a los pueblos de América, un testimonio de unidad muy importante para las tareas de la Nueva Evangelización. Las Iglesias particulares en América, en las personas de sus Pastores, pudieron acercarse un poco más al mandato del Señor Jesús de ofrecer el testimonio de la unidad en el amor.

La fe común en Jesucristo vivo: fundamento de unidad

La reconciliación y la comunión son la base de cualquier cooperación en el continente. Es un testimonio de que a pesar de las muchas diferencias hay un vínculo que puede fundar realmente la unidad: la misma fe en el Señor Jesús. Esa fe nos muestra que la unidad de los pueblos y entre los pueblos es un don de la Santísima Trinidad, y no una obra humana. El regalo de la comunión está en Jesucristo, Él es la fuente definitiva de la auténtica comunión y solidaridad entre los hombres y los pueblos.

La búsqueda y reconocimiento de las raíces comunes a nuestros pueblos de América permite una lectura profunda de nuestra realidad y una luz sobre nuestra historia y vocación como comunidades eclesiales. La raíz principal en nuestra identidad es la fe en Jesucristo vivo. Tenemos en común este don del Padre. Por eso es que la comunión en la fe será semilla de una comunión entre los pueblos a otros niveles.

Las diferencias culturales, sociales, incluso económicas, pueden descubrir un camino de encuentro a partir de la fe en el Señor Jesús. No hay que buscar los vínculos en lo accidental o circunstancial, sino en algo más profundo. Hay que buscar en la fe común las respuestas para construir nuevos y sólidos vínculos de concordia, justicia y solidaridad. Por ello la gran urgencia de predicar la reconciliación.

La globalización necesita un alma: la Nueva Evangelización

A finales del siglo XX fuimos testigos del derrumbamiento del muro de Berlín, poniendo fin al esquema bipolar Este-Oeste, que mantuvo en constante tensión ideológica, política y militar a la humanidad desde la Segunda Guerra Mundial y los Acuerdos de Yalta. Ahora aparece otra nueva bipolaridad, la tensión Norte-Sur. A diferencia de la antigua polaridad que era marcadamente ideológica, ésta es fundamentalmente de signo económico. El Norte representa el desarrollo y la riqueza, mientras que el Sur simboliza el subdesarrollo y la pobreza. Se trata de una tensión muy desigual donde los temas de la ética y la justicia están en primera línea.

El llamado proceso globalizador, en una misma lógica económica, ha ido desarrollándose conforme al avance de los sistemas de comunicación; nuevos vínculos económicos y comerciales están acercando a los pueblos. Sin embargo, este proceso es ambiguo, tiene sus luces y sus sombras. Es ineludible el discernimiento para valorar y orientar la llamada globalización a favor del desarrollo integral del ser humano y de los pueblos.

El Santo Padre invita a considerar las relaciones Norte-Sur en un marco más amplio: la Nueva Evangelización, una atrevida mirada desde la fe. Propone así superar una perspectiva meramente económica para abrir una aproximación desde la fe. Las categorías en que debe plantearse la relación de los pueblos deben estar por encima de condicionamientos ideológicos, de reduccionismos antropológicos y de medidas simplemente económicas o materiales.

El atrevimiento de la fe permite contemplar al hombre y al mundo a la luz del misterio de la Encarnación, pues es aquí donde se nos revela la identidad del ser humano y nos abre hacia una genuina comprensión de sus anhelos más profundos de acuerdo al designio amoroso de Dios. En esta perspectiva es evidente que los vínculos y puentes que se deben tender entre los pueblos del continente no están solamente en el orden económico, ni en los intercambios materiales sin más.

La comunión y solidaridad de nuestros pueblos sólo se puede propiciar si se comprende que estos vínculos están fundados en el Señor Jesús, y que, como tales, suponen un proceso de conversión. No es un asunto que se resuelva con crear organismos civiles o eclesiales de nivel internacional, que mucho pueden ayudar. La solución está en última instancia en Dios Comunión de Amor, que nos invita a formar una sola familia, con una misma fe, que anuncia al mismo Señor Jesús y que nos invita a vivir en fraternidad, en justicia y en solidaridad. Con estos antecedentes podemos comprender la audaz invitación del Santo Padre poco antes de finalizar el Sínodo: globalizar la solidaridad[10].

Debemos propiciar una globalización en este sentido. Globalizar la solidaridad tiene su fundamento último en Dios Comunión de Amor, y se extiende como un don vivificando las relaciones económicas desde la caridad y promoviendo las concreciones en la justicia y la fraternidad.

Todo el orden económico encuentra su sentido definitivo en la promoción de la dignidad de la persona humana, con todos sus derechos y aspiraciones de justicia y fraternidad, con su insaciable hambre de trascendencia. Ante la enorme cantidad de problemas planteados por los padres sinodales, más de uno se pudo sentir un tanto desorientado. Era necesario centrar los posibles temas principales para poder articular mejor una propuesta de cara al futuro y en la perspectiva del anuncio evangelizador y la coherencia de la vida cristiana. El Santo Padre planteó las siete preocupaciones que han llevado a los padres sinodales a detectar los actuales caminos de evangelización y reconciliación, para responder a los desafíos del continente: «La fidelidad a la enseñanza auténtica de la Iglesia, el redescubrimiento de las diversas vocaciones y ministerios y el compromiso en favor de su interacción, la defensa de la vida humana desde su concepción hasta su término natural, el papel primordial de la familia en la sociedad, el esfuerzo por hacer que la sociedad sea más acorde con las enseñanzas de Cristo, el valor del trabajo humano y el anuncio del Evangelio en el mundo de la cultura, se señalaron como los itinerarios fundamentales para una renovada misión eclesial en todo el continente»[11].

Por María al encuentro con Jesucristo vivo

El Santo Padre se aproximó a la historia del continente a través de María. La presencia de la Madre del Señor, de nuestra Madre, es evidente desde hace más de cinco siglos. La geografía de nuestro continente está regada de santuarios marianos que hablan del amor de la Señora a nuestros pueblos y también del amor de cada uno de nosotros a nuestra Madre Celestial. Especialmente significativa es la presencia de María Santísima de Guadalupe que aparece como la Estrella de la Evangelización de nuestro continente americano. El hecho de la clausura del Sínodo el 12 de diciembre de 1997, fecha de su Solemnidad, la entrega de la exhortación apostólica post-sinodal a los pies de la Virgen Morenita en su Santuario del Tepeyac y la distinción litúrgica de la celebración de la Fiesta en todo el continente americano como Madre de América[12] son signos de su presencia activa en nuestros pueblos. Ella es la Madre común que permitió encontrar una historia común y un destino común a pueblos que yacían en tinieblas y en sombras de muerte hace cinco siglos. En María Santísima encontramos el aliento y la confianza para seguir trabajando por la reconciliación de nuestros pueblos, para que se cumpla el deseo de Dios: todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo de Dios (ver 1Cor 3,22-23).

Estas reflexiones que hemos seguido sobre el Sínodo de América, sus antecedentes y consecuencias son fruto hecho vida en el corazón de un laico que amó a la Iglesia y que dio su vida en su servicio. En este justo homenaje que rendimos a este hombre de Iglesia, a este hombre de Dios, queremos testimoniar la fecundidad del encuentro personal de Germán con Jesucristo vivo, camino para la conversión, la comunión y la solidaridad.

Que el Señor, Padre Rico en Misericordia, y María de Guadalupe, Estrella de la Nueva Evangelización, multipliquen los frutos de este laico que esperamos ya goce en el Reino de los Cielos.


[1] Para el siguiente desarrollo tomaremos en cuenta fundamentalmente el resumen de su intervención en el aula sinodal, publicado en «L’Osservatore Romano», edición semanal en lengua española, 12/12/1997, p. 19; su artículo Juan Pablo II y el Sínodo de América, en revista «VE», setiembre-diciembre 1997, año 13, n. 38, pp. 13-36; y su artículo El Sínodo de América. Mirando hacia el tercer milenio, en revista «Humanitas», Pontificia Universidad Católica de Chile, Santiago, año III, n. 10, pp. 256-265.
[2] Ver Juan Pablo II, Discurso inaugural, Santo Domingo, 12/10/1992, 17.
[3] Ver Juan Pablo II, Tertio millennio adveniente, 38.
[4] Su intervención se realizó el día martes 25 de noviembre de 1997 en la tarde, en la XIV Congregación General. Puede verse el resumen de la misma en: «L’Osservatore Romano», edición semanal en lengua española, 12/12/1997, p. 19.
[5] «La exigencia de reconciliación y comunión encuentra en la Virgen María un apoyo especialmente cercano a los pueblos del continente. En la Madre del Redentor y Reconciliador se anuda la reconciliación y la comunión entre el norte y el sur. Por ello me sumo al pedido de que la exhortación apostólica que sea fruto de esta Asamblea, sea puesta a los pies de Nuestra Señora de Guadalupe» (lug. cit.).
[6] Juan Pablo II, Homilía durante la Misa de clausura de la Asamblea especial para América del Sínodo de los Obispos, 12/12/1997, 2.
[7] Allí mismo, 1.
[8] Lug. cit.
[9] Ver Juan Pablo II, Ecclesia in America, 11.
[10] Ver Juan Pablo II, Mensaje para la XXXI Jornada Mundial de la Paz, 8/12/1997, 3.
[11] Juan Pablo II, Discurso a la Familia pontificia, la Curia y la Prelatura romana, con ocasión de la Navidad, 22/12/1997, 7.
[12] Ver Juan Pablo II, Ecclesia in America, 11.

 

El Cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México, es miembro de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, de la Congregación para el Clero y del Comité de Presidencia del Pontificio Consejo para la Familia. Participó en la Asamblea especial para América del Sínodo de los Obispos, celebrada en Roma en 1997.
 

VE enero-abril de 2002, año 18, No. 51

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