| Preocupación social solidaria
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Encuentro
y comunión Germán no fue una persona que pasó desapercibida. Todo lo contrario, su presencia, siempre discreta, fue muy significativa, y creo que el testimonio de su vida nos va a inquietar y nos seguirá inquietando, más aún desde su tránsito. Pude conocer a través suyo y de sus escritos cómo en la Iglesia en el Perú se habían recuperado las Semanas Sociales, tan cercanas al esfuerzo desplegado por nuestra institución; cómo se preocupaban él y quienes participan del Movimiento de Vida Cristiana por lograr una profunda transformación en la sociedad. Fue notable en Germán su honda preocupación social, y ésta entendida como una atención integral a la persona humana toda. Para él, no sólo bastaba con algún aspecto que diese solución parcial o inmediata a algún problema. Quería más bien lograr una transformación de la sociedad desde el Evangelio del Señor. Y ese mismo Evangelio lo impulsaba a vivir en permanente desvelo por los más desvalidos, por los pobres, por los trabajadores, por las injusticias que, de diversas maneras, pudo percibir en la realidad que le tocó vivir. Su mirada abarcaba más allá de lo inmediato, deteniéndose con frecuencia en buscar con sus interlocutores los caminos para edificar una nueva sociedad, más justa, más llena de Dios, sin miseria, sin pobreza extrema, sin injusticias. En el diálogo que sostuvimos el viernes 9 de febrero antes de su partida, pude ver cómo Germán vibraba de deseos por buscar nuevos caminos, nuevos modos, nuevas pistas de evangelización y santificación del empresario, del trabajador, de los miembros de la Familia Sodálite, nuevas formas de hacer concreto el amor preferencial por el pobre del Señor. Debo reconocer que esta profunda comunión de ideales ha sido una fuente de renovación personal y del caminar de la Escuela Social Juan XXIII. La primera preocupación, la santidad Germán fue un convencido de que es necesario, en primer lugar y por sobre todo, conformarse con Cristo. Él quería alcanzar ese modelo. Lo oí hablar varias veces, de manera particular durante esa semana tan especial que tuve la gracia de compartir con el Sodalicio, de la radicalidad de la vida evangélica. Y él no se economizó en ese esfuerzo. Frente al mundo actual, tan lleno de ocasiones de distracción, bulla, comodidades o hedonismo, él fue un testigo privilegiado de cómo responder a esos problemas. Mostró un profundo respeto y silencio ante la palabra de Dios, que supo escuchar, acoger y hacer vida. Y así como la Santísima Virgen que escuchaba y ponía por obra, él nos mostró que no hay nada más extraordinario, mayor reto, aventura más hermosa que buscar la perfección en la santidad de vida, en la conformación con Cristo. Le oímos decir que nadie puede afirmar que es santo, ¡pero sí que está luchando por serlo! Germán insistía también, de acuerdo a la savia evangélica que lo animaba, en que para alcanzar la santidad hay que hacerse violencia (ver Mt 11,12), porque el ser santos debe convertirse para nosotros en la razón de nuestro existir. Y eso no es fácil. Pienso que si recorremos su pensamiento, su experiencia de vida, su testimonio, ésa es la primera herencia que Germán nos ha legado. Su plasmarse en Cristo, su esfuerzo por alcanzar ese modelo, fue para Germán una santa obsesión. Nos podríamos preguntar por qué comenzar hablando de este punto cuando el tema es la preocupación social. La respuesta salta a la vista cuando leemos un párrafo de uno de sus primeros libros, El silencio, una pedagogía de la voluntad: «Allí en nuestro interior está la clave del seguimiento personal de Cristo. Pues no podremos irradiar socialmente a Cristo, ni aprender a vivir, y hacerlo, si Él no vive en nuestro interior, si no nos hemos encontrado con Él»[1]. Sólo quien empieza un proceso de conversión personal, podrá trabajar socialmente. Y la mayor fuerza irradiativa no la tendrá necesariamente el que hace muchas obras, o el que está atento a la realidad social y procura cambiarla a través de su acción. Ese trabajo es eficaz y necesario, pero si no va acompañado del esfuerzo interior de santidad, quedará falto de lo central. Así pues, el primer testimonio que puedo ofrecer acerca de la aproximación social de Germán es el de su preocupación por la santidad como primer y necesario camino para emprender todos los demás. Comunión eclesial En segundo lugar, me parece que se debe destacar su atenta escucha a la voz de la Iglesia, «Madre y Maestra». ¿Quién mejor que ella, depositaria de la revelación, para recordarle al hombre quién es el hombre a la luz de Jesucristo? Quienes hayan escuchado a Germán recordarán que solía recurrir con insistencia al pasaje de la Gaudium et spes, tan apreciado también por el Papa Juan Pablo II: «En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo Encarnado. Porque Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir, Cristo nuestro Señor. Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación»[2]. Únicamente Jesucristo, el Verbo Eterno Encarnado, es capaz de iluminar toda nuestra realidad humana y, por lo tanto, toda nuestra realidad social. Así pues, «la Iglesia anuncia gozosa que la plenitud de la humanidad sólo se descubre y alcanza cabalmente en el Señor Jesús»[3]. Germán nos ha ido mostrando no sólo la respuesta que es Cristo Jesús, sino también la necesidad de vivirla en la Iglesia y con la Iglesia. Para descubrir el auténtico rostro del Señor debemos tener una intensa vida eclesial, en los diversos órdenes que esto implica: los sacramentos, el magisterio, el compartir fraterno de las diversas asociaciones eclesiales, el trabajo solidario, el esfuerzo cotidiano, todos unidos en el mismo Cuerpo Místico. De esa manera, la Iglesia muestra a la humanidad la profunda comunión que se logra en una sociedad iluminada y sostenida por Jesucristo. Pude ver, pues, que Germán era un apasionado de la Iglesia. Lo he visto desvivirse por ella. He conocido también a personas que se han dejado llevar por su testimonio, trabajando con ese mismo empeño eclesial. El apóstol de la doctrina social En la Iglesia, y como tercer punto que se desprende del anterior, se nos abre el panorama de la doctrina social, a la que Germán veía como «un insustituible aporte capaz de ayudar a encontrar caminos efectivos de salida a la situación, luces orientadoras que iluminasen la senda que conduce... a la construcción de una sociedad según los planes de Dios, o sea, una sociedad más humana, donde impere la justicia y el respeto a la vida, donde la reconciliación, el amor y la paz no sean sólo palabras bonitas sino realidades buscando encarnarse en la vida cotidiana»[4]. En este aspecto Germán también realizó un gran esfuerzo, y fue un convencido de la necesidad y utilidad de difundirla. He podido ver algunas de sus publicaciones, así como tuve ocasión de conversar con él al respecto. He mencionado ya su trabajo por recuperar las Semanas Sociales en el Perú. Desde este horizonte es desde donde leo su notable impulso por estudiar y difundir las orientaciones de la Iglesia en materia social. Pude ver en él a una persona que había estudiado con acuciosidad la enseñanza social de la Iglesia, y vi también a un convencido de la necesidad de ponerla por obra, no sólo para paliar, sino con el fin de sanar, reconstruir, o mejor dicho edificar una sociedad más de acuerdo con los proyectos de Dios. Ya Santiago lo hacía notar en su epístola: «¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien diga: “Tengo fe”, si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarle la fe?» (Stgo 2,14). Por ello acogió con entusiasmo el magisterio social del Papa Juan Pablo II —sus tres encíclicas y sus innumerables pronunciamientos al respecto—, el cual constituyó para Germán no sólo una iluminación, sino también un punto de apoyo para sus posteriores reflexiones y acciones. En su hermosa encíclica Sollicitudo rei socialis el Santo Padre señala, entre otros asuntos principales, que la Iglesia tiene una doctrina fundamentalmente ética, orientada al cambio de la persona. «El ámbito de la enseñanza social —escribía Germán comentando estas ideas— es radicalmente distinto al de las ideologías y sistemas porque tiene una “categoría propia” cuya formulación es el resultado de la reflexión sobre el hombre y la sociedad a la luz de la fe y de la tradición de la Iglesia. No ofrece recetas ni programas técnicos de tipo socio-económico porque no corresponden a su misión»[5]. ¿Cuál será, entonces, el programa social al que la Iglesia apunta? La humanización del hombre, siguiendo las pautas que hunde sus raíces en la revelación y fueron recordadas por Pablo VI: el paso de condiciones menos humanas a condiciones más humanas[6]. Ése es el verdadero designio de Dios para nosotros, los hombres. A diferencia de los programas ideológicos que permanecen cerrados a todo lo humano, y en su afán partidista tienden a perder de vista el interés que debe tener la persona por encima de todo lo demás; y también a diferencia de una visión pragmatista o utilitarista, Germán era consciente de que en la enseñanza social eclesial se encuentra el modelo para construir una sociedad humana y humanizadora. La enseñanza
social de la Iglesia hunde sus raíces en el mandato apostólico
de “ir y predicar” (ver Mt 28,20), forma parte
de la misión religiosa de la Iglesia. Nos decía Germán
al respecto: «Quienes aman a la Iglesia y lo que representa,
y aspiran a ser fieles a sus enseñanzas, saben bien que hay
profundos lazos entre evangelización y promoción humana.
Con la Iglesia hacen suyo el reclamo por la inviolabilidad y respeto
de la vida, desde la concepción hasta la muerte y sea cual
sea la condición del hombre. Su defensa de la dignidad y los
derechos humanos forma parte del compromiso evangélico con
el Señor Jesús. La Iglesia ha hecho suya la opción
radical por el hombre, especialmente por los más necesitados
y ve en los niños abandonados o huérfanos, en los encarcelados,
en los hambrientos, en los enfermos, en los marginados, en los ancianos,
los nuevos rostros del Cristo sufriente que reclaman un buen samaritano»[7].
Se ve en esta breve cita su interés por llegar a todos los
ámbitos de la vida civil y, al mismo tiempo, su imbatible convicción
de la necesidad de fundar la preocupación social en el fermento
evangélico. Se percibe asimismo la fuente de donde brotaba
la convencida y decidida acción social solidaria que animaba
a Germán: su amor a la Iglesia y su deseo por vivir siguiendo
las huellas de Nuestro Señor, el Buen Samaritano. Necesidad de reconciliación social entre familia y cultura Finalmente, hay un último punto que creo debe llamar nuestra atención, de forma especial en este tiempo de crisis: la realidad familiar como el núcleo social fundamental. Escribo esto teniendo presente aún el recuerdo de la exposición de Germán en la Primera Semana Social de Costa Rica, en mayo del año 2000, cuyo tema central fue precisamente Familia y justicia social para el tercer milenio. La elección de esta temática como telón de fondo de la Semana Social estuvo guiada por el convencimiento de la necesidad de ahondar en la familia como ámbito clave para tener una escuela de humanidad, donde se viva la comunión entre las personas, donde el amor sea su sustento más sólido y duradero, haciendo que los lazos sociales que de ella se desprenden sean igualmente fuertes y solidarios en el amor. En aquella oportunidad, con lúcidos trazos, Germán nos habló sobre los desafíos que el desarrollo tecnológico actual supone para la persona y la familia. A lo largo de su ponencia fue describiendo el origen de la mentalidad tecnologista, y cómo su influencia callada ha transformado muchos paradigmas culturales. De esa primera aproximación, nos condujo a considerar los aspectos negativos que esta forma mental implica para la familia, a la que él mismo calificaba como «célula original de la vida social»[9]. Definitivamente estuvimos de acuerdo con él cuando señaló que los males y problemas que afectan a la familia terminan constituyendo una amenaza grave para el ser humano y para la sociedad en su conjunto. La decadencia o el progreso de un pueblo está muy ligado a la suerte de las familias que lo conforman. Así como la persona necesita de la familia, del mismo modo la sociedad también necesita de familias bien constituidas, que descubran continuamente en sus vidas la vivencia del amor. La mejor herencia Éstas son, a grandes trazos, algunas de las resonancias que produce en mí el recuerdo de la preocupación social solidaria de Germán Doig, que tantas expresiones y plasmaciones encontró en su propia vida y en la de toda la comunidad del Sodalicio. San Mateo, en el capítulo 16 de su Evangelio, nos enseña: «Entonces dijo Jesús a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mt 16,24). Permítanme terminar este breve testimonio acerca de Germán, compañero en el caminar hacia la santidad, recordando esta frase evangélica. El apostolado de Germán, hecho sin descanso, las 24 horas al día, nos dice con toda claridad cómo se puede hacer vida ese texto bíblico. El afán evangelizador que animó toda su vida nos llama, no sólo a los sacerdotes y a los consagrados, sino a todo hombre que está en medio del mundo, a responder con generosidad y creatividad a la fascinante tarea de la Nueva Evangelización. Es necesario tomar la cruz y posponer aquellos valores que tal vez creemos que son muy importantes, pero que en realidad han de estar subordinados a bienes superiores. Es necesario asumir el valor de nuestra santidad, y caminar “fijos los ojos en Jesús” (ver Heb 12,2), poniendo la mano en el arado, sin mirar atrás (ver Lc 9,62). Sólo así podremos transformar con eficacia evangélica nuestra sociedad. Sólo así tendremos una auténtica preocupación y acción social, como la tuvo Germán. |
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[1]
Germán Doig K., El silencio, una pedagogía de la
voluntad, Lima 21987, p. 21.
[2] Gaudium et spes, 22. [3] Germán Doig K., Los derechos humanos y la enseñanza social de la Iglesia, Vida y Espiritualidad, Lima 1991, p. 20. [4] Germán Doig K., Crisis actual y enseñanza social de la Iglesia, en «Revista Teológica Limense», Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima, vol. XXIII, n. 1-2, enero-agosto 1989, p. 127. [5] Germán Doig K., Sollicitudo rei socialis: oportunidad y alcances, en II Semana Social del Callao, Preocupación social. Análisis y proyección de la Sollicitudo rei socialis, Vida y Espiritualidad, Lima 1989, p. 40. [6] Ver Pablo VI, Populorum progressio, 21. [7] Germán Doig K., Ideologías, crisis y enseñanza social, en revista católica internacional «Communio» de lengua hispana para América Latina, Santiago de Chile, año 7, n. 21, 1990, pp. 74-75. [8] Germán Doig K., Sollicitudo rei socialis: oportunidad y alcances, ob. cit., p. 12. [9] Germán Doig K., Desafíos de la tecnología para la persona y la familia, en P. Claudio María Solano Cerdas, Memoria histórica de la Primera Semana Social en Costa Rica. «Familia y justicia social para el tercer milenio», Escuela Social Juan XXIII, San José de Costa Rica 2001, p. 383. |