Semblanzas homiléticas sobre Germán Doig [*]

Recoger la herencia espiritual de Germán[*]

 

P. Joaquín Alliende Luco,
de los Padres de Schönstatt

Mis queridos hermanos:

A la familia espiritual de Germán le agradezco muchísimo que me haya invitado a presidir esta Eucaristía, junto con mi hermano sacerdote[5].

Son muchas las resonancias que esta palabra proclamada en el Evangelio nos despierta en esta ocasión. Son muchas las resonancias que esta noticia de la pascua de Germán despertó en cuantos estábamos allá en Roma en la víspera de la creación de los Cardenales. Yo tuve que darle al Cardenal Francisco Javier[6] la noticia de la partida de Germán. Fue de noche por teléfono. Se quedó largo rato en silencio, igual como nos sucedió a todos; un asombro por lo inesperado, y pronto esa recapitulación de tantos momentos vividos con él, y una especie de reconversión de la esperanza. Él impregnaba en nosotros una inmensa esperanza. [...]

Inmediatamente viene esa tristeza de la muerte, el no poder contar con esos encuentros que tanto nos ayudaron. Tengo que decirles que a mí la pena no se me pasa, pero naturalmente la esperanza se va fortaleciendo de forma muy concreta.

Primero el Evangelio de hoy nos da la clave. Las palabras que el Señor nos ha entregado a través de la Iglesia quieren explicar el sentido. Las conocemos de memoria, pero vienen a ser la respuesta precisa para entender este paso suyo que le pidió a Germán seguirlo a la gloria.

Es una muerte para más vida, y la esencia de nuestra existencia cristiana fundamental es que pasamos no a vivir solos, sino a vivir en Cristo por el Bautismo. Nuestra existencia es en Cristo; permanece toda nuestra pequeñez, nuestros límites, nuestro pecado, pero adquieren una dimensión absoluta y radicalmente distinta. Así que nos podemos apropiar, por ejemplo, de lo que el Padre del Cielo dice de su Hijo: «Lo he glorificado y volveré a glorificarlo». Palabra directa al Hijo Unigénito, pero palabras también verdaderas de Germán y a Germán.

En lo profundo del corazón de Germán estaba también este grito del Señor Jesús: «Padre, glorifica tu Nombre». La biografía de Germán la conocen muchos de ustedes bien. Lo transformó en un ser muy particular. Me tocó vivir con él momentos muy difíciles en la Conferencia del Episcopado Latinoamericano en Santo Domingo, muy agotadores físicamente hablando, de mucha intensidad de trabajo, de mucha responsabilidad. Y cuando se conoce a alguien en momentos de esta categoría, se le conoce bien. [...]

Tuve la alegría de estar con él en una conversación personal no hace mucho tiempo y quedé impresionado porque, como me lo dijo una de las personas que estaba en ese momento en mi casa, ¡se ve mayor Germán! Me fijé en la cara, en la barba, había algo físico que lo hacía verse mayor, pero yo diría que tenía una madurez interior, que era la razón de esa mayoría de edad. Lo vi muy padre, muy padre de su comunidad, lo vi muy responsable por la Iglesia, lo vi de una paternidad de límites muy anchos en que incluía a mucha gente. Hablamos de personas, jóvenes, con una gran penetración me pareció a mí.

Recuerdo que en una ocasión Pedro Morandé escribió que deseaba que se notara en nosotros los sacerdotes y en los obispos, que éramos los que escuchábamos la confesión de los pecadores en la Iglesia, y que teníamos un acceso al alma humana, que él quería que se notara en nuestro ministerio, en todo momento, en nuestra manera de pensar, de acercarnos a la realidad, a las personas. Yo diría que algo de eso percibí en Germán, un laico, que no escucha el sacramento de la confesión, pero que sí había escuchado muchas confidencias de la búsqueda, del camino de la gracia, de la fidelidad, de muchas luchas. Me pareció un hombre extremadamente sabio para su edad. Pienso que tenemos que estar inmensamente agradecidos de haberlo conocido y de haberlo querido y de quererlo.

En la parábola de los talentos la gente se imagina que éstos son ser muy inteligentes, ser simpáticos, agradables, y otras cualidades externas. En definitiva, la parábola de los talentos se refiere a esos grandes dones que nos hacen más hijos de Dios, y ésos son momentos, personas —diría sobre todo personas—, en las cuales el Señor se transparenta, se trasunta, se transfigura para nosotros, y nos transmite la experiencia del amor. Si a la tarde, como decía San Juan de la Cruz, se nos va a juzgar por el amor, quiere decir que aquellas veces en que el amor encontró nuestras vidas, no hubo algo transeúnte, pasajero, momentáneo, sino esa serenidad de que nos habla el Evangelio, entonces hemos tenido talentos. Los que hemos aprendido a querer a un Germán, hemos recibido muchos talentos, y lo primero que se me viene a la memoria, al sentimiento, a los labios, es decirles: ¡No pierdan nada de Germán, no perdamos nada de Germán! [...]

Pero una vida como la de Germán no puede sino ser atesorada, aquilatada en todo sentido. Ojalá muchos escriban las experiencias con él y sus memorias, ojalá que guarden sus cartas, sus objetos, su memoria, porque el paso de una persona tan plena como Germán es un regalo muy grande, y por algo se le dio a la Fundación, a la cual entregó su vida, por algo fue también llamado temprano. Detrás de esto hay un misterio muy misterioso. ¡Uno diría que se necesitaba tanto a Germán! Ustedes lo deben pensar muchas veces, pero si se nos quita algo por el Dios de bondad, de sabiduría y de todo poder es porque nos quiere dar más, nos quiere dar más Germán, más Germán por contacto del Espíritu Santo con él, más Germán porque la semilla que él sembró tiene que ser fecunda.

Había en Germán, junto a lo que ya he dicho, una bondad alegre, había una alegría por la posesión de Dios, había sentido del humor. Me acuerdo de su risa, también en situaciones difíciles. Había en él una gran claridad respecto a su misión personal. Él no perdió el tiempo, él no se dedicó a titubear, a vacilar; se entregó y entendió que el carisma que su comunidad había recibido para bien de toda la Iglesia era una responsabilidad suya. Tenía un gran sentido de la particular bendición que era el carisma que él había recibido, pero lo entendía también muy eclesialmente, lo entendía como una forma de compartir riquezas en beneficio de todo el Pueblo de Dios.

Creo que en esto su amor a la Virgen fue creciendo progresivamente y tenía mucho que ver. Había dentro de su virilidad una sensibilidad muy fina, había algo de la Iglesia Madre en él también, porque, en definitiva, el varón que llega a ser padre tiene que integrar lo mariano intrínsecamente. La virginidad de la Iglesia sin marianismo es algo frágil, o muy incompleto, y esa plenitud, ese equilibrio de personalidad en él, yo lo veo en relación con su fervoroso, su filial cariño. En un poema suyo titulado “Señora María” —que ya deben conocer ustedes—, dice algo de Ella, pero a mí me parece que estaba describiéndose a sí mismo. Ustedes saben que los pintores tienden a reproducir su rostro en su pintura; es muy común en la historia del arte y lo hemos observado muchas veces. Me pareció que algo de esto le pasaba a Germán cuando escribía sobre la Virgen en la Visitación estas palabras: «Saludas con sencillez y al hacerlo resplandece en tu humildad el rayo de luz divina». Creo que así como hay una fuerza asemejativa del amor, Germán se pareció a su Madre cada vez más.

Y quisiera agregar algo: su amor a Pedro en la Iglesia, al lugar de Pedro, de la Cátedra de Pedro, el amor por el Pedro de hoy, Juan Pablo II; su respeto por los obispos, su valorización del Episcopado de Pedro y de los Doce, de todos los Doce; su servicio al Cardenal de Lima, por ejemplo, su servicio a los obispos de América Latina, su voluntad de profundizar en las Conferencias del Episcopado Latinoamericano.

Y, por último, decir que él era un auténtico laico, un hombre que proyectaba todas estas riquezas interiores en el deber bautismal, el deber de la confirmación que tiene un laico de evangelizar. Él tenía un modo propio por su vocación, es claro, un modo propio por su consagración de vida, pero también tenía un sentido inmenso por lo secular, por la cultura, por la técnica —sus trabajos últimos en todo lo que se refiere a la computación—.

Él sabía ser un adelantado, como se le ha llamado con justa razón. Era un hombre pulsante, era un hombre palpitante, era un hombre en camino, en camino que no tenía tiempo para descansos, que no tenía tiempo para vacilaciones, que no tenía tiempo que perder, pero siempre con señorío, siempre con una distinción interior, con una elegancia de espíritu, con una bondad, con sentido de la misericordia.

Se nos ha regalado un gran don en Germán: el Padre lo glorificó. Sabemos que esta palabra en San Juan significa que se ha levantado en la Cruz; en Juan la gloria es la Cruz. Lo glorificó a Germán a través de la muerte y volverá a glorificarlo como ha glorificado al Hijo que murió y resucitó. También lo que hacemos nosotros es reconocer la gloria del Padre en Germán, la gloria de Jesús en Germán, la acción del Espíritu, la acción maternal y educadora de María.

Pienso que esta Eucaristía sobre todo tiene dos dimensiones: una de la gran virtud, de la Eucaristía, de la alabanza por la vida de Germán, pero también de un compromiso. Las herencias no se reciben para dilapidarlas; las herencias obligan, las herencias queman. Las herencias, por otro lado, también dan certeza. Si el carisma fue fecundo en él como lo fue, si la Iglesia fue fecunda en él como lo fue, puede serlo también en mi pequeñez. Lo que importa es que yo esté donde debo estar. Yo tengo que tomar lo que se llama el “testimonio” en esas carreras de posta donde se pasa ese trozo de madera que un corredor le da al siguiente. Yo tengo que recibir el “testimonio”, yo tengo que recibir el fuego para llevarlo adelante. ¡Agradezcamos, pero también comprometámonos!


[*] Diversos Pastores han pronunciado homilías en las que se han referido a la vida de Germán Doig Klinge, así como a sus obras. En ellas se pueden encontrar trazos testimoniales de miembros de la Jerarquía que lo conocieron e incluso trabajaron conjuntamente con él al servicio de la Iglesia. En estas páginas se publican partes de algunas de dichas homilías como una contribución a unas semblanzas sobre Germán. Al publicar estas semblanzas la revista «VE» desea dejar expresa constancia de que en modo alguno pretende adelantarse al juicio de la Autoridad eclesiástica.
[*] Homilía durante la Misa con ocasión del mes del tránsito de Germán Doig, Monasterio San José de las Madres Carmelitas Descalzas, Santiago de Chile, 13 de marzo de 2001.
[5] El p. Benito Rodríguez, O.S.B., Abad del Monasterio Benedictino de la Santísima Trinidad.
[6] Cardenal Francisco Javier Errázuriz Ossa, Arzobispo de Santiago de Chile.

 

 

VE enero-abril de 2002, año 18, No. 51

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