| Semblanzas
homiléticas sobre Germán Doig [*]
Si queremos honrar a Germán,
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Voy a enumerar rápidamente sólo los principales datos de Germán. Coincide que hoy día, 22 de mayo, nació, el año 1957, en Lima, Germán. Cuando fue bautizado se le llamó Luis Germán, y cuando se confirmó, por devoción pidió añadir el nombre de José. Lo conocí muy pronto, más o menos el año ’75. A mí me hicieron obispo de Huaraz el ’71. Creo que indudablemente fue providencial nuestro encuentro. [...] Presidí su consagración temporal y su profesión definitiva. Y después de todos los cargos que ha tenido —fue nombrado Vicario General del Sodalitium, ¡qué responsabilidad tan grande!— Su Santidad el Papa Juan Pablo II, invitó para el Sínodo de América a tres laicos de América: Germán, por el Perú; otro gran amigo, por Chile; y otro de México. Y esos tres representaron a los laicos de América. Tres en medio de todos los demás delegados. Pues, muy bien, yo simplemente quiero decir qué cosa he notado en Germán. ¡Germán infundía paz! Yo siempre gozaba de verlo, de conversar con él. Sus palabras tenían a veces su gracejo, sus bromas, pero siempre tenían esa visión de eternidad; viendo su rostro, viendo sus maneras de actuar... eso ciertamente tenían. Es cómo actuaba, no según los hombres, sino según Dios. No buscaba para sí nada, buscaba solamente la alegría de dar a los demás, de convivir con los demás, de entregarles siempre su tiempo para poder conversar y charlar. Incluso aquellos que no tenían cercanía de amistad con el Sodalitium, también tendrán ese recuerdo. Estoy seguro de que dirán a Dios, como decía yo al principio de la Misa: ¡Gracias, Señor, porque nos diste a Germán! Pasó como una buena sombra en la vida, porque así es la vida humana, fugaz; es así, pues estamos en un peregrinar. Este peregrinar no es estable, porque vamos a la Patria, a esa Patria a la cual estamos llamados todos, a esa Patria en la cual nos juntaremos, en donde, como enseña el Apocalipsis, no habrá llanto, ni dolor, se enjugarán las lágrimas, y solamente será alegría y gozo. Como diría San Agustín, «cantad, alabad y amad», y esto sin fin de los siglos, como escribe en el último capítulo de La Ciudad de Dios. Realmente para nosotros, pues, es eso, aspirar a ir con Él. Ha tomado las palabras de San Pablo. «Para mí todo es basura», diría con el Apóstol, y «mi vida es Cristo». «Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí». Ése era Germán. Se identificó tanto con Cristo que realmente verlo era ver el rostro del Señor, el rostro del Señor en su bondad, en su apertura de corazón, en su sencillez, en su paz. ¡Cómo colaboró conmigo cuando yo era encargado de la Comisión de Laicos! Estuvo en el equipo los dos períodos. Siempre con el consejo acertado, siempre dando la palabra oportuna, siempre salvando dificultades, que al principio las tuvimos muy serias, cuando recién asumí la Comisión. Y, sin embargo, Germán me tranquilizaba. Me decía: «Tranquilo, tenga tranquilidad y paz, que todo se ha de solucionar». A veces con la violencia mía quería arreglarlo todo. Él no, él tenía la paz y la tranquilidad. ¿Por qué? ¡Dios estaba con él! ¡Cristo vivía en él! Otro rasgo importante de Germán: su amor a María Santísima, su amor a la Virgen, a la Madre de todos. Y él tenía esa profunda devoción a la Virgen, esa ternura —ésa es la palabra, ternura— con María, porque se hacía niño al lado de María. Y si no nos hacemos niños, no entenderemos no sólo el Reino de los Cielos, sino lo que es el Corazón, el fondo más profundo del Corazón de María. Y en ese Corazón de María es donde realmente encontró su paz para reforzar sus fuerzas en el caminar. Yo comprendo que a veces estaría cansado, que a veces se sentiría agotado, pero sin embargo ahí seguía. Seguía siempre con esa naturalidad, con ese gozo. Y siempre estaba oportunamente para las llamadas [...]. Realmente daba luz y alegría poder, aunque sea a través del teléfono, conversar con él. Por eso, queridos hermanos, ¿qué debemos hacer? ¿Solamente recordar? ¡No, imitar! Él nos ha marcado un camino y ese camino es el camino de Dios. Ese camino es el camino que todos debemos seguir. Si queremos honrar a Germán, sigamos su ejemplo, sigamos lo que él ha dicho a los demás. Sigamos su actuar, para que ese actuar sea la mejor manera de celebrar su paso por la tierra, de recordarlo en el corazón y recordar siempre su nombre. Que el Señor Jesús nos conceda esta gracia y que María Santísima lo tenga bajo su manto sagrado. Así sea. |
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Diversos Pastores han
pronunciado homilías en las que se han referido a la vida
de Germán Doig Klinge, así como a sus obras. En ellas
se pueden encontrar trazos testimoniales de miembros de la Jerarquía
que lo conocieron e incluso trabajaron conjuntamente con él
al servicio de la Iglesia. En estas páginas se publican partes
de algunas de dichas homilías como una contribución
a unas semblanzas sobre Germán. Al publicar estas
semblanzas la revista «VE» desea dejar expresa constancia
de que en modo alguno pretende adelantarse al juicio de la Autoridad
eclesiástica. |