EDITORIAL

Volver a las fuentes

 

 

Qué duda cabe de que vivimos tiempos de profundas transformaciones y desafíos. La cercanía del Tercer Milenio ha suscitado una enorme corriente de reflexión sobre la situación de la humanidad y el proceso de cambio de paradigmas culturales que se está experimentando. Para no pocos estaríamos enfrentando las transformaciones más profundas en varios siglos. Algunos incluso afirman que el cambio es la principal característica de nuestro tiempo. Y no falta quien añade que no se trata de cualquier cambio —cambios ha habido siempre— sino de un cambio que tiene como elemento principal su aceleración. Este fenómeno del cambio acelerado y permanente no tendría parangón en la historia de la humanidad.

Sea como fuere, lo cierto es que el fenómeno del cambio crece en los más diversos ámbitos de la vida de los seres humanos. Muchos —quizá la gran mayoría— no tienen mucha conciencia de lo que está ocurriendo. Pero algunos comienzan a experimentar —aunque a menudo sin atinar a ensayar una explicación global de lo que ocurre— una sensación de inestabilidad y desarraigo. En diversos aspectos de la vida cotidiana se presentan síntomas de inseguridad y tensión ante la novedad permanente que lo invade todo, eliminando lo "antiguo" por "obsoleto" —tanto a nivel de ideas como de productos—; o ante el exceso de opciones que lleva a una diversidad sin límites aparentes, saturando la capacidad de elección libre. Son síntomas de problemas que en sí mismos son pequeños, pero que son reveladores de corrientes subterráneas que van creciendo lentamente. Así, ante la vorágine del cambio que afecta a la persona, se da una resonancia negativa en que los compromisos se tornan inestables, los valores relativos, la verdad inalcanzable —como no sea la "verdad de cada día y cada persona"—, en fin un sinnúmero de graves problemas para el ser humano y su convivencia, producto del fenómeno del cambio.

¿Cómo situarnos como Iglesia ante esta realidad?

DEL MITO DEL PROGRESO AL CAMBIO HODIERNO

Uno de los mitos que se difundió a partir de la Ilustración es que la humanidad progresaba inevitablemente de estados menos buenos o malos hacia estados cada vez mejores. En el siglo XIX se llegó a la exacerbación de este tipo de pensamiento con planteamientos como los del evolucionismo. Carlos Roberto Darwin difundió la creencia de que existía una ley inscrita en la naturaleza que empujaba hacia adelante en un proceso de selección natural dando paso a los mejor adaptados o más fuertes. Del mundo animal se pasó al mundo humano, y de ahí al mundo de las ideas.

Así ha sido como se incubó, desarrolló y difundió el mito del progreso que, en pocas palabras, se fundamentaba en la cándida premisa de que "todo cambio era siempre para mejor". En todo ello se encontraba subyacente la idea de que el mundo progresaba necesaria e inevitablemente.

A las puertas del Tercer Milenio resulta cada vez más claro que el progreso necesario e indefinido es una maligna fábula, una quimera. Y, más aún, es a todas luces evidente que no todo cambio ocurrido ha sido para bien. Saludable conclusión que hace que pensadores de distintas tendencias coincidan en que la llamada modernidad debe enterrarse con ese funesto mito.

Pero la evidencia de que no hay progreso indefinido y de que no todo cambio es para bien no resuelve nuestro problema. Es también un hecho que hay cambio, y además que siempre lo ha habido. También es verificable que tal cambio pareciera acelerarse por momentos, como por ejemplo en nuestra época. Pero también consta que no todo cambia, ni cambiará. El pretender que todo cambia es una falaz perspectiva si no una perversa mentira. Así pues, resumiendo: en primer lugar no todo cambio es para bien, y en segundo lugar, no todo cambia, hay mucho que permanece porque es esencial.

No pocos pensadores han denunciado el mito del progreso. En pleno reinado del liberalismo, a comienzos de este siglo, el notable escritor inglés G.K. Chesterton criticando este mito ironizaba: «La pura doctrina del progreso es la mejor de las razones para no ser un progresista»(1). Y llegaba incluso a preguntarse si acaso no cabría hablar de un cambio para mal: «Observamos que una razón que se ofrecía para ser progresista es que las cosas naturalmente tienden a mejorar. Pero la única verdadera razón que hay para ser progresista, es que las cosas naturalmente tienden a empeorarse»(2). Hoy por hoy ya no está muy de moda ser progresista. Quizá porque desde que el polémico Chesterton escribiera esto muchas cosas han empeorado gravemente. En todo caso son cada vez menos los que aceptan ingenuamente eso de que se progresa necesariamente hacia condiciones mejores. Aunque, obviamente, aún quedan algunos.

Una mirada a la historia de la humanidad —desde los tiempos antiguos hasta nuestros días— muestra que si bien el cambio ha sido una constante, el ser humano ha sabido valorar lo permanente, aquello que es inmutable. Es más, muchas veces el mismo cambio ha sido planteado como una búsqueda de aquello que es esencial, de aquello que permanece por debajo del cambio y le da sentido y dirección, en suma de aquello que no cambia. El cambio es un fenómeno ambivalente: así, puede haber cambios buenos y cambios malos. Por ello no se ha de aceptar el cambio meramente por el cambio, sino evaluarlo según su fruto. Precisamente, a partir de esta perspectiva que busca ir al fondo mismo de las cosas, descubrimos en la historia muchos ejemplos de quienes han buscado aquello que no está sujeto al flujo permanente y cuyo encuentro permite responder sobre el ser y la verdad de las cosas.

Hoy, si bien ya cada vez se cree menos en el mito del progreso, está muy difundida una suerte de adherencia pragmática al proceso mismo de cambio —cuya inevitabilidad se suele dar por supuesta, sin ninguna crítica—. Para los que así proceden, se plantea como único problema la adaptación a este cambio. Es decir, no importa si el cambio es bueno o malo, si responde a la naturaleza del ser humano y al sentido de su existencia. Esos temas fundamentales se pasan por alto, y sólo parece interesar cambiar para adaptarse al proceso mismo de cambio. Se cree —equivocadamente, por cierto— que de esa manera el cambio se aprovechará para beneficio del ser humano y dejará de ser desestructurante. Pero eso es invertir el orden de las cosas. Resulta evidente que el cambio será en beneficio del ser humano sólo cuando se oriente al bien y se fundamente en la verdad; es entonces cuando dejará de ser desestructurante. Vistas las cosas como se debe, la adaptación resulta ser un problema secundario.

Es de lamentar que en muchos analistas del proceso de cambio hodierno las preguntas por lo esencial y por el sentido del cambio queden marginadas. La aceptación del cambio por el cambio, que exige aceptarlo por inevitable, lleva a una pérdida de sentido de la propia existencia. La ausencia de estas preguntas —no hablamos de las respuestas a las mismas— pone en evidencia que no pareciera existir interés real por una escala de valores, como tampoco por la verdad. No se descubre una pregunta por lo que es bueno o malo, por lo que es verdadero o falso. ¿Es algo premeditado o es simplemente inconsciencia? En el primer caso estaríamos ante una opción ideológica que no tiene interés en la verdad o en el bien. Pero si fuera lo segundo, acaso cabría pensar que se pierde lo esencial, el bien y la verdad, sin ni siquiera darse cuenta de que se han perdido. Sea como fuere, esta ausencia es muy grave.

VOLVER A LAS FUENTES Y MIRAR LO ESENCIAL

Llegados a este punto volvemos a nuestra interrogante: ¿Cómo situarnos como Iglesia ante la realidad del cambio? La respuesta no puede ser otra que dándole un sentido a ese cambio a partir de la explicitación de la referencia a la escala de valores fundada en la fe. Por ello hay que hacerse las preguntas esenciales sobre el sentido del cambio. Hay que volver a las fuentes y desde allí mirar el hoy y elevar la vista hacia el horizonte del mañana. Pero, ¿a qué nos referimos cuando hablamos de las fuentes? Volver a las fuentes significa volver la mirada a lo esencial, a aquello que no cambia y en lo que encuentran las cosas su razón de ser. Es volver hacia aquello que es principio, fundamento y origen de las cosas. Las fuentes también evocan el manantial de agua fresca que brota de la tierra y que es origen de ríos que fecundan la tierra. Y, en una hermosa acepción que asocia ambos sentidos, se refiere a la pila bautismal(3) de donde brota la vida de la fe.

Fue en esta perspectiva que la Iglesia impulsó la renovación del Concilio Vaticano II. El horizonte era renovar la vida de la Iglesia, en continuidad y fidelidad a los dos mil años de peregrinaje, pero en apertura a los nuevos desafíos. Aggiornamento fue el nombre que le dio el Papa Juan XXIII. Esto se ve claramente en los textos conciliares, como por ejemplo en el decreto Perfectae caritatis: «La adecuada renovación de la vida religiosa comprende, al mismo tiempo, un retorno incesante a las fuentes de toda vida cristiana y a la inspiración originaria de los institutos, y una adaptación de éstos a las condiciones de los tiempos, que han cambiado»(4). Es decir, un volver a lo esencial, a aquello que no cambia, que es sustento y principio. Pero a la vez un darle sentido, orientación, al cambio en relación a las circunstancias del tiempo hodierno, adaptándose —en aquello que es adaptable— a los nuevos desafíos que se presentan. El entonces Cardenal Karol Wojtyla resumió el desafío del Concilio en el título de una obra sobre su aplicación: Renovación en sus fuentes(5).

Este volver a las fuentes debe llevar a considerar sobre todo el acontecimiento central de nuestra fe, que es el acontecimiento decisivo de la historia de la humanidad: la encarnación del Verbo Eterno para la redención y reconciliación de los seres humanos. Es decir, debe llevarnos ante una persona: el Señor Jesús. He allí el centro de todo y, como tal, el corazón de toda reflexión sobre el ser humano y el sentido último de su historia.

Es a la luz de este misterio de reconciliación que debemos aproximarnos al fenómeno del cambio de paradigmas del mundo hodierno. Desde el Señor Jesús, que es el Camino, la Verdad y la Vida del ser humano, se debe tratar de comprender las grandes tendencias contemporáneas para ensayar caminos de respuestas al "sin sentido" de muchos cambios que parece estar primando actualmente. Desde esa perspectiva se pueden comprender mejor las características de la ruptura con Dios —y desde allí las rupturas con los demás órdenes de la vida del ser humano— que sufre la sociedad hodierna.

Mirar la realidad desde la fe en el Señor Jesús nos permite evitar dos extremos perniciosos y equivocados. Se descarta el optimismo ingenuo que proponen algunos, y se excluye un pesimismo destructivo y desesperanzado, que se desprende del análisis de otros. Optamos por el realismo objetivo de la cruz, dramático en un sentido y exultante y esperanzador en otro —optimismo dramático se le ha llamado alguna vez—, que en medio de la dinámica de alegría-dolor sabe mirar el triunfo de la Vida sobre la muerte.

Pero a la vez que mira y sale al encuentro de las tendencias del mundo actual, la Iglesia debe mirarse también a sí misma, puesto que ella, inserta en medio del mundo, se ve afectada por los cambios que se producen en la sociedad. Y al mirarse debe ser consciente de que ella misma, llamada a renovarse siempre en su fidelidad al Señor Jesús, ha impulsado un proceso de cambio profundo en su mismo seno —lo ha hecho otras muchas veces en su ya bimilenaria historia—. Este proceso de cambio fue iniciado por el Concilio Vaticano II con una intencionalidad y un sentido claros. Lamentablemente algunos —quizás contagiados de las inclinaciones del mundo— no se ajustaron a dicho sentido y dirección, y se lanzaron por senderos que condujeron a la confusión y al debilitamiento de la vida cristiana. El mito del progreso también fue, pues, asumido como válido por algunos —de ahí quizá el nombre de progresismo con el que se conoce a quienes se han aventurado por estos sinuosos senderos—.

Mientras éstos hacían del cambio un nuevo ídolo, otros, como reacción, rechazaron irracionalmente todo cambio —sin importar si era bueno o necesario—. Han sido especialmente los primeros, los del cambio desbocado, los que más daño han hecho al Pueblo de Dios, afectando en muchos aspectos el mismo dinamismo de renovación que el Concilio había impulsado y en no pocos casos desnaturalizándolo. Los estragos se dejan sentir hasta ahora en diversos campos como en la teología, la vida consagrada, la vida litúrgica, la exégesis de la Sagrada Escritura —donde el daño que está haciendo el racionalismo es muy grave—, por mencionar sólo algunos de los ámbitos importantes donde se ha manifestado el problema.

Frente al proceso de cambio de paradigmas y de transformación cultural que está viviendo la humanidad en proceso ya de cruzar el umbral del Tercer Milenio, viene muy al caso la llamada del Papa Juan Pablo II a volver los ojos hacia el misterio de la encarnación del Verbo Eterno(6). A partir de la contemplación de dicho acontecimiento el ser humano podrá acceder a la verdad que lo hará verdaderamente libre. De esa forma la oportunidad de un nuevo cambio, como la que se vive hoy, podría orientarse en favor de la realización del ser humano, según el designio divino. Esta posibilidad podrá darse si el cambio encuentra un sentido y una dirección fundados en la luz que viene de Dios. Volver a las fuentes y volver a mirar lo esencial se convierte en clave de aproximación al drama del ser humano de hoy y al sentido de su historia en estos difíciles y contradictorios tiempos de transformaciones. El camino apunta con toda claridad al impulso de volver a las fuentes para que desde el principio y fundamento de todo se pueda propulsar una Nueva Evangelización que haga presente al Señor Jesús en medio de la nueva cultura adveniente y pueda así la humanidad caminar hacia su realización en fidelidad al divino Plan.


1. G.K. Chesterton, Ortodoxia, Excelsa, Buenos Aires 1943, p. 212. [Regresar]

2. Allí mismo, p. 221. [Regresar]

3. Ver Diccionario de la Real Academia Española, vigésima edición, t. I, Madrid 1984, p. 664. [Regresar]

4. Perfectae caritatis, 2. El subrayado es nuestro. [Regresar]

5. Ver Karol Wojtyla, Renovación en sus fuentes. Sobre la aplicación del Concilio Vaticano II, BAC, Madrid 1982. EL libro fue publicado originalmente en polaco en 1972. [Regresar]

6. Ver Tertio millennio adveniente, cap. I. [Regresar]

 

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