EDITORIAL

A propósito de la
Vita consecrata

 

 

La aparición de la exhortación apostólica post-sinodal Vita consecrata constituye un hito de gran importancia en el proceso de aplicación y maduración de la renovación que el Espíritu Santo ha impulsado en las orientaciones del Concilio Vaticano II. Ésta parece ser la característica más destacada del significado y valor de dicho documento: hacer una presentación de las notas esenciales del ser y misión de la vida consagrada en la Iglesia en el cauce de la mencionada renovación conciliar, teniendo en cuenta las fortalezas y debilidades que la caracterizan en este tiempo.

Antes de explicar lo dicho, vale la pena realizar una precisión acerca del término "vida consagrada". ¿A quiénes comprende? En sentido estricto se refiere a aquellos cristianos que, ya consagrados a Dios por el bautismo y la confirmación, profundizan en dicha consagración por medio de una nueva y, movidos por el amor, se entregan del todo al servicio del Señor y de los hermanos. Es respondiendo a un llamado de lo alto a «seguir más de cerca al Señor Jesús» que realizan los votos religiosos de celibato, pobreza y obediencia, y buscan, por la vivencia de los consejos evangélicos, ser, en la Iglesia, testimonio adelantado del reino de Dios entre los seres humanos. En los religiosos, pues, esta nota testimonial de los bienes futuros, de manifestación y vivencia de la caridad perfecta, es una exigencia primordial que tiñe toda su participación en la tarea misionera del Pueblo de Dios (1).

Junto a la vida consagrada propiamente existen otras experiencias de seguimiento de Jesucristo a partir de la entrega total de la propia vida. Ellas presentan ciertas analogías con la vida consagrada. Así tenemos a las sociedades de vida apostólica y a otras formas asociativas suscitadas por el Espíritu que aún no han plasmado una figura canónica apropiada, en las que la entrega particular que realizan se expresa en compromisos -y a veces incluso en una peculiar "profesión" de consejos evangélicos- a los que se dota de un carácter y una finalidad eminentemente apostólicos. Estos compromisos muchas veces son asumidos por laicos para ser vividos en la evangelización de su ambiente propio.

La exhortación Vita consecrata reconoce el valioso aporte que estas instituciones y experiencias brindan a la comunión eclesial y, salvaguardando sus particularidades, las hace también destinatarias de sus orientaciones (2). En las líneas que siguen, para simplificar, se hace uso del término "vida consagrada" teniendo presente el carácter "ampliado" y análogo con el que lo dota el discurso del texto pontificio.

La exhortación en el contexto del magisterio contemporáneo

Ayuda mucho a comprender mejor la significación de la exhortación Vita consecrata el situarla en el marco del desarrollo del magisterio eclesial de los últimos tiempos.

La renovación de la vida consagrada era un tema obligado en la agenda del Concilio. Lo fue indirectamente porque varios de los planteamientos del mismo se perfilaron en parte al calor de la reflexión y experiencia de vida de personas y comunidades consagradas; piénsese por ejemplo en el llamado "movimiento litúrgico" alentado por el aporte del monasterio benedictino de María Laach; o en los esfuerzos por profundizar en los estudios escriturísticos y por poner la Palabra de Dios más cerca del Pueblo Fiel, gracias a los trabajos de dominicos y jesuitas en Jerusalén, Roma y otros lugares.

Y lo fue también, de modo evidente, porque el tema central del Concilio fue la misma Iglesia y su misión en el mundo, lo que suponía una nueva mirada eclesiológica que ineludiblemente abarcaba la vida consagrada. Además, la aplicación de la renovación supuso -y lo sigue haciendo en nuestro tiempo- la involucración de todo el Pueblo de Dios en ese proceso, lo que ciertamente incluye a la vida consagrada. No en vano la historia de la Iglesia nos presenta el papel muchas veces protagónico que diversas instituciones de ese talante han desempeñado en distintas épocas de renovación y reforma: piénsese en el aporte del monacato cluniacense en la llamada reforma gregoriana en los siglos X y XI; en el de los mendicantes a la renovación eclesial en el siglo XIII; en el de los jesuitas en relación a la reforma católica en el siglo XVI y la aplicación de las orientaciones del Concilio de Trento, entre otros.

Los textos conciliares más relevantes sobre el tema son el capítulo VI de la constitución Lumen gentium, que habla específicamente sobre los religiosos, y el decreto Perfectae caritatis, precisamente sobre la renovación de los institutos de vida religiosa y de las otras formas de seguimiento "más cercano" del Señor Jesús (3). Este último decreto, de carácter más bien general y práctico, propone unas consideraciones que habrían de guiar la renovación propuesta. A partir de entonces se suceden una serie de documentos pontificios: el motu proprio de nombre Ecclesiae sanctae (1966) y la exhortación apostólica Evangelica testificatio (1971), ambos de Pablo VI sobre la aplicación de las indicaciones del Concilio en lo referido a nuestro tema; y la exhortación apostólica de Juan Pablo II Redemptionis donum (1984), sobre la consagración de los religiosos. A todas éstas se suma ahora la reciente exhortación apostólica post-sinodal Vita consecrata. A lo dicho debe añadirse el ciclo de catequesis que sobre la vida consagrada, comprendida en sentido amplio, realizara el Santo Padre en el tiempo coincidente a la realización del IX Sínodo de los Obispos (1994) y, entre los varios discursos y mensajes recientes, la homilía en la Misa inaugural del mismo.

Además es importante mencionar el Código de Derecho Canónico (1983), el Catecismo de la Iglesia Católica (1992), así como el conjunto de numerosas orientaciones emanadas del dicasterio correspondiente, antes llamado de Religiosos e Institutos Seculares, y hoy Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica. Los temas de las mismas abordan la formación, la clausura, las relaciones con los obispos, la promoción humana, la dimensión contemplativa, la identidad religiosa en los institutos dedicados al apostolado, entre otros. Merece la pena destacar: Mutuae relationes (1978), Orientaciones sobre la formación en los institutos religiosos (1990), La vida fraterna en comunidad (1994).

La Vita consecrata, aparecida el 25 de marzo de este año, constituye el hito más reciente de este itinerario. En ella el Papa Juan Pablo II aborda el tema de la vida consagrada recogiendo los aportes del mencionado Sínodo de 1994, cuyo tema de reflexión fue «La vida consagrada y su misión en la Iglesia y en el mundo». Basta una mirada al esquema del texto para comprobar que se trata de una profundización en el ser y en el quehacer de la vida consagrada, tocándose -a diferencia de la mayor parte de los documentos precedentes- todos los aspectos de importancia de ambos enfoques complementarios. Otro elemento que salta a la vista es que se trata de un documento que aborda no sólo diversos aspectos teológicos de la naturaleza y dinámica de la vida consagrada, sino que desde ellos profundiza temas muy prácticos y no por ello menos importantes. Igualmente destacable es el hecho de que se trate de un texto que recoge la reflexión de un órgano episcopal que reúne las experiencias y reflexiones de las diferentes Iglesias particulares del orbe. Finalmente, el planteamiento de la exhortación apostólica se hace eco del proceso de maduración en la comprensión de la propuesta del Concilio que se manifiesta, por ejemplo, en la Relación final del II Sínodo extraordinario de los Obispos, de 1985 -reunido con ocasión de los 20 años de la clausura del Vaticano II-, lo que se ve en sus líneas conductoras y acentos.

Aplicando la renovación conciliar

La propuesta de renovación conciliar sobre la vida consagrada encontró en el decreto Perfectae caritatis unos principios rectores (4). Es en relación a éstos que se podría intentar esbozar un paralelo con la exhortación Vita consecrata para comprender mejor las coordenadas que se vienen perfilando hoy para una más plena recepción del Concilio en lo que hace a la vida consagrada. Aunque no es lugar para mostrar completo el resultado de tal trabajo, resulta evidente a primera vista que la reciente exhortación no desentona con dichas propuestas orientadoras, sino todo lo contrario. Y un análisis más detallado mostraría cómo cada una de ellas hace un especial hincapié en el tema de la vuelta a la identidad propia de los institutos, considerando su peculiar vocación a la vida consagrada como la fisonomía de su carisma particular.

Así pues, el tema de la identidad propia aparece como fundamental. Y esto hoy tanto como lo fue en el duro y difícil contexto del inmediato post-Concilio para la vida consagrada, principalmente, en este caso, de aquellos que son tales en sentido propio. La falta de una formación adecuada y la poca claridad para comprender la naturaleza del propio llamado se unieron entonces a una dificultad para ver qué era renovación en lo permanente y adaptación en lo mudable. Y aunque los años han pasado y hay signos de esperanza, la renovación de la vida consagrada aguarda todavía una mayor realización concreta.

Una cierta tendencia a plantear la recepción del Concilio, y la "puesta al día" de la vida consagrada, en simples términos de una inquieta búsqueda de eficacia en el quehacer, aún permanece. Ello, alimentado por las todavía insuficientes vocaciones y por la conciencia del decrecimiento de muchos institutos o por el elevado promedio de edad de sus miembros, da lugar a pérdidas de horizonte. Todavía se puede encontrar, citando una descripción de Pablo VI de 1971, «la audacia de algunas transformaciones arbitrarias, una exagerada desconfianza en el pasado, aún cuando ofrece un testimonio de la sabiduría y el vigor de las tradiciones eclesiales, una mentalidad demasiado preocupada por conformarse precipitadamente a las profundas transformaciones que agitan nuestro tiempo», situaciones que «han podido inducir a algunos a considerar caducas las formas específicas de la vida religiosa. ¿No se ha llegado incluso a hacer abusivamente apelación al Concilio para ponerla en discusión, hasta en sus mismos principios?» (5). La crisis fue grave en muchas comunidades históricas y aún no se termina de superar.

La mirada debe detenerse, ante todo, en la primacía del ser sobre el quehacer, en la comprensión vital y profunda de los aspectos constitutivos de la vida consagrada y, desde allí, de la naturaleza de su servicio apostólico. A partir de la conciencia de que es del mismo cuidado por las propias notas esenciales y del carisma que el Espíritu les ha dado, de donde brota el dinamismo de la proyección en el servicio, de que no hay oposición entre el permanecer en la condición consagrada y en el carisma particular y el despliegue de sus potencialidades en la Iglesia y en el mundo, se podrá construir poco a poco una situación distinta. La experiencia personal de vida interior que se va realizando en la línea de testimoniar al Señor Jesús casto, pobre y obediente es el ámbito desde el que nace una proyección auténticamente "religiosa".

El discernimiento del éxito o fracaso del servicio testimonial y apostólico en el mundo se ha de realizar, por lo mismo, no principalmente desde categorías sociológicas o administrativas, sino desde la luz de la fe. La exhortación apostólica Vita consecrata explicita que la respuesta a los signos de los tiempos se ha de promover desde la perseverancia en el camino de la santidad, al tiempo que se invita a cultivar una fidelidad dinámica a la propia misión -una "renovación en continuidad"-, adaptando sus formas, cuando es necesario, a las nuevas situaciones y a las diversas necesidades, en plena docilidad a la inspiración divina y al discernimiento eclesial. En concreto se afirma que «una creciente atención a la Regla ofrecerá a las personas consagradas un criterio seguro para buscar las formas adecuadas de testimonio capaces de responder a las exigencias del momento sin alejarse de la inspiración inicial» (6).

A ello se ha de añadir, desde una interiorizada eclesiología de comunión, la firme convicción de que el mejor aporte que las comunidades de vida consagrada pueden dar a la evangelización es ser ellas mismas y realizarse como tales en el despliegue de su servicio en la misión del Pueblo de Dios. «La comunión en la Iglesia no es pues uniformidad, sino don del Espíritu que pasa también a través de la variedad de los carismas y de los estados de vida. Éstos serán tanto más útiles a la Iglesia y a su misión, cuanto mayor sea el respeto de su identidad» (7). Así se puede comprender mejor las graves consecuencias para la vida y la tarea de la Iglesia que acarrean ciertas tendencias que procuran una "uniformización" de los carismas, o aquellas que propenden a una "laicización" o, por el contrario, a una "clericalización" de la vida religiosa.

Las perspectivas son sin duda arduas, pero la gracia que el Espíritu derrama en quienes llama sobreabunda. Y la recepción de la renovación conciliar en cualquier ámbito ha de suscitar la solidaridad y el compromiso de los hijos de la Iglesia. Pero la renovación conciliar, en lo que toca a la vida consagrada, tiene todavía que profundizarse para que dé todos los frutos que el Pueblo de Dios necesita en estos tiempos de transformaciones culturales. El importante rol que han jugado comunidades consagradas o afines en épocas de crisis y renovación en la historia de la Iglesia hace que se espere mucho de ellas en este tiempo a las puertas del Tercer Milenio. La Vita consecrata es un importante impulso a la vez que una iluminadora orientación para este noble propósito de aplicar y vivir plenamente la renovación conciliar en la vida consagrada y en las formas afines.


1. Ver Lumen gentium, 44; Perfectae caritatis, 1; C.I.C., c. 573; Catecismo de la Iglesia Católica, 915-916, 931-933. [Regresar]

2. Ver Vita consecrata, 11-12. [Regresar]

3. En este documento se afirma que, además de los institutos de vida religiosa, también son sus destinatarios, «salvado su propio carácter», lo que entonces se llamaba sociedades de vida común sin votos -que hoy son las sociedades de vida apostólica- y los institutos seculares (ver Perfectae caritatis, 1). [Regresar]

4. Ver allí mismo, 2. [Regresar]

5. Pablo VI, Evangelica testificatio, 2. [Regresar]

6. Vita consecrata, 37. [Regresar]

7. Allí mismo, 4. [Regresar]

 

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VE mayo-agosto 1996, año 12, No. 34
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