EDITORIAL

Camino al Sínodo de América

 

 

El Pueblo de Dios que peregrina en el continente americano se prepara para la realización de un nuevo encuentro episcopal: el Sínodo de América. Se trata de una iniciativa del Papa Juan Pablo II en el camino a la celebración del Gran Jubileo del año 2000. Los Pastores delegados de todos los países del continente se congregarán en Roma, en torno a la Cátedra de Pedro, del 17 de noviembre al 12 de diciembre, cerrando así con el auxilio de Nuestra Señora de Guadalupe, los trabajos sinodales. Será una expresión de la solidaridad de los obispos por todas las Iglesias particulares de un continente, al tiempo que una ayuda valiosa en el ministerio universal del Romano Pontífice.

Esta Asamblea sinodal ofrece una excelente oportunidad para promover la reflexión a nivel de las Iglesias particulares sobre la misión de la Iglesia. Es una ocasión privilegiada para «escrutar a fondo los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio» (1) en la realidad del continente americano. Todo esto teniendo en cuenta sobre todo el Tercer Milenio de nuestra fe y los nuevos desafíos de la sociedad adveniente.

El Santo Padre ha escogido y propuesto como tema aglutinador del Sínodo: Encuentro con Jesucristo vivo, camino para la conversión, la comunión y la solidaridad en América. Es ciertamente una temática muy oportuna que responde a la realidad del continente americano en sus diversas expresiones -sobre todo norte y sur-. Debe destacarse la explícita preocupación de presentar como lo central de la Nueva Evangelización el anuncio de la persona del Señor Jesús, el mismo ayer, hoy y siempre. Se descubre así no sólo una continuidad con el acento cristocéntrico del magisterio juanpaulino, sino una explícita sintonía con las conclusiones de la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano celebrada en Santo Domingo.

Como base para el diálogo y la preparación de la Asamblea la Secretaría General del Sínodo de los Obispos, presidida por el Cardenal Jan P. Schotte, ha presentado un texto de Lineamenta y unas preguntas orientadoras que ofrecen un valioso conjunto de elementos y que constituyen un buen punto de partida. Desde la centralidad del Señor Jesús se ofrece un rico marco de reflexión que ilumina muy bien la realidad del continente, como se expresa en uno de los párrafos finales y que bien puede ser considerado como una síntesis del documento: «El eco de la voz del Apóstol llega hoy en tierra americana para exhortar a la Iglesia diciendo: "Os suplicamos, reconciliaos con Dios" (2). Conversión y reconciliación con Dios, nuestro Padre y con los hombres, nuestros hermanos: ésta es la primera condición que Jesús pone al iniciar la nueva evangelización. "El Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva" (3). Para ser buenos evangelizadores, antes hay que dejarse evangelizar. Sólo preparando el camino con una auténtica conversión es posible dirigirse confiadamente hacia la meta, que es la comunión con Dios en Cristo, y poder dar frutos abundantes de amor y solidaridad en el Espíritu» (4). Se trata, en suma, de un excelente aporte que tiene muy en cuenta la realidad americana y los principales desafíos que se vienen presentando de cara al futuro.

Entre los muchos temas que deben ser abordados hay dos que aparecen como fundamentales para el continente americano de cara al Tercer Milenio y que como tales merecerían una atención especial por parte de los padres sinodales: el cambio de paradigmas culturales y los tiempos advenientes; y la reconciliación como una exigencia de la realidad americana.

El cambio de paradigmas culturales y los tiempos advenientes

La llegada del Tercer Milenio está sin duda marcada por hondas y aceleradas transformaciones en la sociedad. Se trata de un cambio de paradigmas culturales que está afectando profundamente a la humanidad. Para no pocos estamos ante el final de una era y el comienzo de otra de características nuevas y distintas. Se comprueba de esta manera cómo la humanidad está generando nuevos tipos de vínculos que van uniendo a los pueblos, interconectándolos en una activa y compleja red de comunicación. Se habla por ello de un proceso de globalización -que ha hecho famosa la imprecisa expresión de Marshall McLuhan de que el mundo camina a ser una «aldea global»-. Y se mira con enorme interés el desarrollo de la Internet y sus valiosos aportes de comunicación, al tiempo que se contempla expectante la aparición de esa nueva realidad que han llamado el ciberespacio.

Este proceso, como todo lo humano, trae ventajas y desafíos. La sociedad de la globalización es también en muchos sentidos la sociedad de la diversión y el espectáculo, la sociedad de la evasión y la pérdida de identidad. Los medios que han acercado a los pueblos son, pues, al mismo tiempo que avances llenos de promesas, portadores -en muchos casos- de muy serios problemas. Toda aproximación a la realidad debe tener en cuenta estos profundos cambios de paradigmas, la ambigüedad con la que se presentan y sus importantes consecuencias antropológicas y culturales.

Entre los muchos aspectos que merecen la pena ser tomados en cuenta se debe mencionar el crecimiento de la mentalidad secularista, que puede ser apreciada mejor si se enfoca desde lo que ya Pablo VI planteaba en su exhortación apostólica Evangelii nuntiandi (5) como el drama de nuestro tiempo: la ruptura entre el Evangelio y la cultura, entre la fe y la vida cotidiana; ruptura que ha llevado a que se hable de los bautizados alejados (6) y se impulsen programas de reiniciación cristiana.

La mentalidad secularista se ha plasmado en un grave problema que amenaza con afectar cada vez más los fundamentos de la vida cristiana en el mundo hodierno: el agnosticismo funcional (7). ¿En qué consiste este agnosticismo funcional? En primer lugar se trata de una modalidad del agnosticismo, con un fundamento teórico y unas consecuencias prácticas. Como todo agnosticismo, su base es la negación de toda posibilidad de conocer la realidad trascendente. El agnóstico afirma sobre todo el "no saber". Plantea un problema en primera instancia de tipo gnoseológico, pero que tiene consecuencias metafísicas, puesto que su postulado sobre la incapacidad de conocer otra realidad que la observable lo lleva a no poder acceder al ser. Dios mismo no es negado directamente; simplemente se pone entre paréntesis toda posibilidad e incluso interés en conocerlo. Lo que queda en relación a Dios es la simple indiferencia. Por esa razón se puede considerar también como una de las más graves formas de la ruptura con Dios.

Pero al agnosticismo tradicional se añade ahora una nueva característica que tiene que ver con el proceso de secularización que ha padecido la sociedad: el carácter de funcional. En esta perspectiva el ser humano es reducido a una mera función dentro de un subsistema que es en sí mismo autorreferente, es decir que no reconoce -ni le interesa hacerlo- ninguna verdad ni ética fuera del sistema mismo o del microuniverso que se configura y que no pocas veces se puede reducir a los propios límites de la persona que los vive. Como consecuencia directa de lo dicho se descubre también un claro y a veces agresivo rechazo de cualquier norma objetiva externa absoluta, proclamándose así un generalizado relativismo. A la vez que se privilegia lo cuantificable, se absolutiza la percepción de los "fenómenos", y en el caso de las personas, de éstos como son subjetivamente experimentados, reduciendo a ello lo real.

En el fondo hay una total desconfianza de la posibilidad de acceder al ser y de alcanzar alguna verdad; es más, muchos niegan explícitamente la existencia de dicha verdad. Por ello con razón se ha afirmado que estamos en una crisis en torno a la verdad (8). Como no es difícil descubrir, se trata de un retorno a los postulados del nominalismo, y a la historia del pensamiento que en él se expresa. Así, se reduce la realidad a meros juegos de palabras vacíos de toda referencia a lo real objetivo. Por esa razón se le puede considerar una suerte de neo-nominalismo. Y como se puede ver en los llamados pensadores post-modernos -que son una clara expresión de esta tendencia- su posición final es el nihilismo, ya sea teórico o, como afirman algunos, de tipo libertino.

En términos generales este agnosticismo funcional está relacionado con lo que se ha conocido como la "privatización de la fe". No pretende por cierto un enfrentamiento directo con la religión, ni rechaza totalmente la moral. Transforma sus ámbitos, y por cierto sus contenidos, quitándoles toda vinculación con una verdad absoluta o con valores permanentes y universales. Al mismo tiempo los margina de la conciencia humana desde que están fuera de toda posibilidad real de conocimiento. Con esto Dios y toda experiencia de fe quedan reducidos a meros datos psicológicos o sociológicos, puesto que no existiría para ellos ninguna trascendencia fuera del hombre mismo, y como tales son creencias que pertenecerían al fuero privado y subjetivo de las personas. De donde se sigue -siempre según estos planteamientos y praxis- que la Iglesia debería recluirse en el fuero privado de las personas y no puede pretender una presencia en el espacio público. En todo caso, si se ha de tolerar algo en relación a una experiencia de fe, se podría presentar como un espiritualismo sin trascendencia, flexible, sin expresarse en creencias dogmáticas, algo como lo que se pretende con la llamada "political correctness", el "pensamiento débil" o el llamado New Age. Pues, para quienes así razonan, al fin y al cabo se trataría tan sólo de una experiencia subjetiva, y por lo tanto no objetiva ni universalizable.

El agnosticismo funcional, y la crisis de la verdad que porta, se manifiestan de diferentes maneras. Son muchos los ámbitos en los que se puede descubrir su impacto negativo. No responden propiamente a un pensamiento organizado ni sistemático. Confluyen dentro de su marco diversas tendencias hodiernas. Se presentan tanto en Norteamérica como en Latinoamérica, y aunque en muchos aspectos tienen manifestaciones diferentes, en lo más esencial estamos ante un mismo fenómeno. Quizá se pueda afirmar que empezó en las sociedades funcionalizadas del norte y que está invadiendo -de la mano de los medios de comunicación y del proceso de globalización- las sociedades del sur latino, más centradas aún en los valores del Evangelio y con una raíz cultural y una identidad más claramente cristiana.

El Sínodo como signo y ocasión de reconciliación

El otro tema que aparece como central en el peregrinar del Pueblo de Dios en este tiempo y en esta región del mundo es el de la reconciliación. Así lo ha venido poniendo de manifiesto el magisterio del Papa Juan Pablo II -como se puede ver, por ejemplo, en su magisterio a las Iglesias particulares de América Latina (9)-. Y así también se ha visto en diversos documentos del magisterio episcopal regional, tanto en numerosos países individuales, como en textos generales -como por ejemplo el documento de Santo Domingo-.

El tema de la reconciliación viene encuadrado en una realidad que la ocasión del Sínodo de América ha sacado a la luz. Hay dos grandes tradiciones en el continente americano que histórica y culturalmente se han desarrollado por caminos diferentes. Se trata de dos realidades con profundas diferencias en características, recursos y posibilidades. Entre ambas no han faltado los conflictos y los desencuentros, produciéndose incluso heridas muy hondas. Se descubre entre ellas mucho de división, desinterés e indiferencia, y ciertamente no poco de mutua ignorancia, así como de simplificaciones que no reflejan bien la realidad. Todas estas características del inocultable "desencuentro" hacen que el tema de la reconciliación se convierta en fundamental para cualquier aproximación en conjunto a ambas tradiciones culturales.

De ahí que resulte muy apropiado plantear que la reconciliación puede ser como un gran telón de fondo para el desarrollo del Sínodo de América. Eso es precisamente lo que ha propuesto el Cardenal Carlos Oviedo, Arzobispo de Santiago de Chile: que el Sínodo de América sea presentado como signo de reconciliación para la Nueva Evangelización en el continente americano (10). El punto de encuentro será el reconocer al Señor Jesús como el Redentor y Reconciliador de la humanidad, en quien se revela la verdad sobre Dios y sobre el hombre, y en quien encuentra sentido la historia humana. Esta perspectiva hará audible el anuncio evangelizador y el desarrollo de una teología de la evangelización que responda a las características concretas de aquellos a quienes se dirige. Se trata ciertamente de un desafío de proporciones muy grandes.

Una primera aproximación nos sitúa ante el hecho de que la integración y la colaboración pastoral se presentan con indiscutibles dificultades. Es necesario por ello al menos un mínimo de realismo al plantear la construcción de los puentes entre ambas realidades; realismo que debe llevar a tener mucho cuidado ante el peligro de uniformar realidades que son y seguirán siendo diferentes. Todo lo que se plantee de programas y horizontes comunes debe partir del respeto a cada historia e identidad cultural y a sus consecuencias en las configuraciones de las tradiciones eclesiales.

Teniendo en cuenta lo dicho se debe señalar que el Sínodo puede ser una buena ocasión para que las comunidades eclesiales de las dos grandes tradiciones culturales -la latinoamericana y la norteamericana- dirijan la mirada "hacia afuera" de sí mismas, se abran hacia el encuentro. Puede ser una gran oportunidad de enriquecimiento y un paso más para las Iglesias particulares de las diversas regiones y culturas en su proceso de maduración eclesial en la fidelidad al designio divino para sus pueblos. Se abre así la posibilidad de aprender de las diversas historias y tradiciones, teniendo en cuenta también los problemas comunes que están apareciendo y que pueden ser mejor afrontados desde una perspectiva común que se enriquezca a partir del encuentro y el mutuo conocimiento. Y, hay que decirlo también, aprendiendo a no cometer los mismos errores.

Teniendo en cuenta la realidad americana en general, con sus múltiples fracturas y divisiones, bien podría pensarse que la reconciliación sea como el gran marco de fondo que permita leer toda nuestra realidad en clave reconciliativa. Ya se han señalado las graves fracturas entre el sur y el norte, pero también hay que mencionar las múltiples rupturas que se experimentan en nuestros países; fracturas que se muestran tan lacerantes cuando se trata de pueblos pobres con estructuras injustas en los que el conflicto social y la violencia -en sus diversas y trágicas expresiones- generan condiciones muy duras de vida. Por ello parece oportuno proponer que la reconciliación sea planteada como una clave hermenéutica de la realidad americana y del proyecto pastoral de la Nueva Evangelización para los tiempos advenientes.

La Iglesia, portadora del don de la reconciliación, debe ofrecerlo a los pueblos con cuya historia se entremezcla y cuya vida fecunda; debe ofrecer ese don, que no es otro que el mismo Señor Jesús, hecho Hijo de Mujer para la redención y reconciliación de los seres humanos. Pero debe hacerlo partiendo de su propia realidad, es decir dando testimonio de comunión al interior de sí misma, y mostrando así que la Iglesia es efectivamente sacramento de comunión y reconciliación de los hombres con Dios y de los seres humanos entre sí. Hoy, a las puertas del Sínodo de América, resuenan con fuerza las doloridas palabras del recordado Pablo VI lamentándose por el ofuscamiento de la sacramentalidad de la Iglesia y los gérmenes de disgregación que descubría ad intra. Llamaba entonces, con unas palabras que mantienen su plena vigencia, a vivir la reconciliación dentro de la Iglesia, para así llevar adelante el «ministerio de la reconciliación» (11) que le encomendó el Señor: «La Iglesia, pues, precisamente por ser "mundo reconciliado", es también realidad natural y permanentemente reconciliadora; y, en cuanto tal, es presencia y acción de Dios "en Cristo reconciliando al mundo consigo" (12) » (13).

El anuncio de la Palabra de la reconciliación encuentra en la Virgen María un apoyo especialmente cercano a los pueblos del continente. Esto que es tan abiertamente notorio en la América Latina -incluso en la cultura- es también visible en las comunidades católicas al norte del Río Grande. Hoy en día esto es aún más visible especialmente en los millones de hispano-latinos que se han venido integrando a dichas comunidades. Por ello la Santísima Virgen María puede ser el vínculo común que permita el encuentro entre las dos principales tradiciones históricas y culturales del continente. Así como se ha planteado que Santa María es la Madre común de todos los habitantes de Latinoamérica -tanto los aborígenes como los que llegaron después- y que bajo su manto se pudo forjar la síntesis mestiza que surgió al sur del Río Grande, de la misma manera parece posible fundar la reconciliación entre las dos grandes tradiciones americanas en la Madre del Redentor y Reconciliador, y Madre de la Iglesia.


1. Gaudium et spes, 4. [Regresar]

2. 2Cor 5,20. [Regresar]

3. Mc 1,15. [Regresar]

4. Sínodo de los Obispos, Asamblea especial para América, Encuentro con Jesucristo vivo, camino para la conversión, la comunión y la solidaridad en América (Lineamenta), Ciudad del Vaticano 1996, n. 66. [Regresar]

5. Ver Pablo VI, Evangelii nuntiandi, 20. [Regresar]

6. Ver Santo Domingo, 129ss. [Regresar]

7. Ver Luis Fernando Figari, Horizontes de Reconciliación, Vida y Espiritualidad, Lima 1996, pp. 168ss. [Regresar]

8. Ver Veritatis splendor, 32. [Regresar]

9. Ver Juan Pablo II, Reconciliación. Magisterio de Juan Pablo II para América Latina, Vida y Espiritualidad, Lima 1992. [Regresar]

10. Ver Cardenal Carlos Oviedo Cavada, El Sínodo de América como signo de reconciliación para la Nueva Evangelización, en V Congreso Internacional de la Reconciliación, Nueva Evangelización rumbo al Tercer Milenio, Vida y Espiritualidad, Lima 1996, pp. 281ss. [Regresar]

11. 2Cor 5,18. [Regresar]

12. 2Cor 5,19. [Regresar]

13. Pablo VI, La reconciliación dentro de la Iglesia, 8/12/1974, 13. [Regresar]

 

VE autoriza la reproducción total o parcial del presente documento sin modificación alguna y manteniendo la integridad de su sentido, pidiendo que se consigne la fuente: "VE enero-abril de 1997, año 13, No. 36 VIDA Y ESPIRITUALIDAD".
La versión electrónica de este documento ha sido realizada por VE Multimedios. Derechos reservados (©) VE Multimedios™".

VE enero-abril de 1997, año 13, No. 36
Vida y Espiritualidad
Página principal

Contenido