EDITORIAL

El Papa Pablo VI

A cien años de su nacimiento

 

 

Este 26 de setiembre se cumple el centenario del nacimiento de Juan Bautista Montini, elegido para suceder a San Pedro con el nombre de Pablo VI. Es una buena ocasión para hacer memoria de su conmovedor testimonio de fe en el Señor Jesús y de su profundo amor a la Iglesia. Y al hacerlo repasar, con la distancia que permiten estos años, el fecundo legado que ha dejado al Pueblo de Dios.

Quienes lo conocieron de cerca lo describen como de una gran sensibilidad e inteligencia, muy atento a las personas y profundamente preocupado por la Iglesia -con una mirada muy interesada por su presencia en medio del mundo actual-. Antes de ser elegido Sumo Pontífice dedicó una parte importante de su vida al directo servicio de la Sede Apostólica, llegando a ser colaborador cercano del Papa Pío XII. De una honda y, en cierto sentido, lúcida espiritualidad marcadamente cristocéntrica, es descrito como un auténtico Pastor, comprometido con el Pueblo de Dios. Es recordado también como un auténtico maestro de la fe. Como Romano Pontífice el Pueblo de Dios lo recuerda con cariño y gratitud por muchas cosas. Basten tres que quizás resuman su ministerio: su impulso a los trabajos del Concilio Vaticano II, y más tarde a su aplicación; su rico magisterio; y finalmente sus viajes como Pastor Universal a diversos países del planeta.

Le tocaron tiempos difíciles y contradictorios. Heredó del Papa Juan XXIII el impulso de la renovación conciliar y le correspondió llevar a buen puerto las energías desatadas por el soplo del Espíritu. No fue fácil. El entusiasmo primero por las enormes bendiciones que trajo el Concilio con su rico horizonte de aggiornamento, de retorno a las fuentes más prístinas de la vida cristiana, se topó no sin cierta brusquedad con la miseria humana y el desborde de muchos que no supieron acoger el auténtico espíritu conciliar. El Pueblo de Dios dio señales inequívocas de voluntad de renovación en el Espíritu, pero dio también muestras de lo frágil que puede ser el ser humano y lo hondo que puede calar el pecado. Le tocó en cierto sentido sortear el temporal que se suscitó después del Concilio -por supuesto no a causa del Concilio- y encauzar las nuevas corrientes de vitalidad evangélica que aparecían en el Pueblo peregrino. Hizo todo con suave firmeza, cuidando con celo de Pastor los brotes que anunciaban una primavera, consciente de que el trigo y la cizaña convivirían hasta el fin de los tiempos. Su enseñanza -plasmada en tantos y tan ricos documentos, en clara sintonía con la renovación conciliar, explicitándola e interpretándola desde su autoridad magisterial- es un verdadero don para la Iglesia que avanza al encuentro del tercer milenio de la fe.

Su programa: Ecclesiam suam

El programa que guió la acción pastoral de Pablo VI puede ser resumido en el título de su primera encíclica: Ecclesiam suam. Estas palabras con las que empieza esta encíclica programática nos sitúan inmediatamente frente al corazón de su servicio pastoral: la Iglesia es del Señor Jesús. Su acción y su enseñanza evidencian un claro cristocentrismo de inequívoco talante paulino -lo que posiblemente explica la elección del nombre Pablo para su ministerio petrino-. Esto se aprecia en los acentos principales de su fecundo magisterio, a través de documentos y discursos.

Se ve por ejemplo en la Ecclesiam suam al inicio de su ministerio, y se descubre en la memorable exhortación apostólica post-sinodal Evangelii nuntiandi que casi cierra su enseñanza. En la Ecclesiam suam invita a que la Iglesia se renueve en Cristo: «Podríamos, pues, invitar a todos a realizar un vivo, profundo y consciente acto de fe en Jesucristo, nuestro Señor. Deberíamos caracterizar este momento de nuestra vida religiosa con esta profesión de fe, firme y convencida, aunque siempre humilde y temblorosa, tal como aquella que leemos en el Evangelio en labios del ciego de nacimiento: ¡Creo Señor! (1), o también aquella de Marta, en el mismo Evangelio: Sí, Señor, yo he creído que tú eres el Mesías, Hijo de Dios vivo, que ha venido a este mundo (2), o aquella otra, para nosotros tan dulce, de Simón, que luego fue llamado Pedro: Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo (3)» (4). Y en la Evangelii nuntiandi nos recuerda que la misión del Pueblo de Dios brota y se sustenta en «Jesús, Evangelio de Dios» (5). Pablo VI invitaba entonces con vigor a dirigir al Señor Jesús la mirada, para nutrirse de Él, para aprender de Él. Todo su programa de evangelización, tan bellamente esbozado en la Evangelii nuntiandi, estaba centrado en el anuncio de la Buena Nueva, es decir en el anuncio de Jesucristo, según el sentido del pasaje paulino de Gál 1,16. Y ponía al mismo Señor Jesús como el modelo por excelencia, puesto que Él es el primer y más grande Evangelizador.

Pablo VI tiene páginas verdaderamente bellas sobre Jesucristo, páginas escritas con amor. Todo su magisterio está recorrido, como un fino hilo conductor, por su cristocentrismo. Su aliento a los trabajos conciliares estuvo marcado por este amor al Verbo Encarnado. Entre sus muchos textos se puede mencionar uno particularmente hermoso que el Papa Juan Pablo II -quien ha continuado y profundizado este acento cristocéntrico en su magisterio- propuso a la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano celebrada en Santo Domingo en 1992:

«¡Cristo!
Cristo, nuestro principio.
Cristo, nuestra vida y nuestro guía.
Cristo, nuestra esperanza y nuestro término...
Que no se cierna sobre esta asamblea otra luz
que no sea la de Cristo, luz del mundo.
Que ninguna otra verdad atraiga nuestra mente
fuera de las palabras del Señor, único Maestro.
Que no tengamos otra aspiración que la de serle absolutamente fieles.
Que ninguna otra esperanza nos sostenga, si no es aquella que,
mediante su palabra, conforta nuestra debilidad...» (6).

Este amor a Cristo se proyectaba además en un profundo amor a Su Iglesia y su misión. El programa del Papa Montini estaba claramente planteado en la Ecclesiam suam. Amor a Cristo en y desde Su Iglesia; amor a Su Iglesia. Desde su cristocentrismo proponía tres grandes objetivos a la Iglesia. Lo primero, la necesidad de profundizar en la conciencia de sí misma. Lo segundo, el compromiso por la renovación personal de cada uno de sus hijos en el camino hacia la perfección, para que así la Iglesia sea cada vez más pura, santa, fuerte, auténtica. Y, en tercer lugar, la invitación al compromiso apostólico planteado desde el concepto de diálogo; diálogo salvador de la Iglesia con el mundo. Es decir: conciencia, renovación y diálogo. Estos tres temas conforman los tres capítulos de su encíclica programática.

Aplicar y vivir el Concilio

Se ha dicho que Pablo VI fue el Papa del Concilio, lo cual es muy cierto. El Papa Montini vivió muy de cerca los trabajos conciliares. Antes incluso de ser elegido Romano Pontífice, cuando era Cardenal Arzobispo de Milán, tuvo una destacada actuación, contribuyendo decisivamente en las orientaciones conciliares de fondo. Elegido Sumo Pontífice -entre la primera y la segunda sesión conciliar-, una de sus primeras acciones fue la ratificación del Concilio. Son conocidos el interés y la atención con los que siguió los trabajos conciliares. Siempre, sin embargo, se mantuvo con un discreto y cuidadoso respeto ante las labores de los padres conciliares. Alentó con fineza y orientó con suavidad.

Una vez terminado el Concilio se dedicó a difundirlo y a velar por su recta aplicación. La norma que el Papa quería para la aplicación del Concilio era la fidelidad plena a la Iglesia y al depósito de fe que le ha sido confiado. En esta explícita profesión de fidelidad -tantas veces repetida a lo largo de su pontificado- se deja percibir una inmensa y misericordiosa preocupación por la persona humana, por sus desgarradores problemas y sus no menos cuestionadores desafíos. La enorme simpatía y compasión por ese ser humano tantas veces amenazado, que el Concilio había mostrado, debía hacerse ahora concreta. «Un amor inmenso a los hombres lo ha llenado totalmente -dirá en la clausura del Concilio-. Las necesidades humanas conocidas y meditadas de nuevo, que son tanto más penosas cuanto más crece el hijo de la tierra, absorbieron toda la atención de este Sínodo nuestro» (7).

Pero a pesar de los muchos problemas que ya se asomaban en el Pueblo de Dios y los que había en el mundo, Pablo VI lejos de presentar una visión pesimista lanzó entonces a la humanidad una voz de esperanza: «Hay que reconocer que este Concilio nuestro, al hacer su juicio sobre el hombre, se ha ocupado más de la contemplación de su aspecto dichoso que del desgraciado. Su juicio ha sido conscientemente optimista. El Concilio ha tributado mucho afecto y admiración a los hombres de nuestro tiempo. Ha rechazado ciertamente los errores como lo exigían la propia caridad y la verdad; pero los hombres, guardando siempre el precepto del respeto y el amor, son sólo advertidos del error. Y se ha hecho de modo que, en lugar del diagnóstico de las enfermedades que debilitan los ánimos, se han introducido remedios consoladores; el Concilio se ha dirigido a los hombres no con presagios funestos, sino con mensajes de esperanza y palabras de confianza» (8). Desde esta perspectiva se dedicó a promover su vivencia y aplicación en el Pueblo de Dios. La II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, por ejemplo, fue uno de los frutos, como se puede ver en su interpretación auténtica.

Lamentablemente el entusiasmo y optimismo que transmitían sus palabras se vieron pronto ensombrecidos por la crisis que se desató después del Concilio. Como ya se ha dicho, no fue una crisis producida por el Concilio. Es más, incluso se puede decir que fue una crisis a pesar del Concilio. Pero Pablo VI no se dejó desalentar. Él soportó con paciencia la situación, vivió intensamente la mortificación que tan dolorosa situación le producía y sacó de su fe fuerzas para exhortar a los hijos de la Iglesia y guiar la barca de Pedro hacia los nuevos horizontes según la misión encomendada por el Señor Jesús. Su semblante, al final de su ministerio pontificio, ya reflejaba el hondo sufrimiento de aquellos difíciles tiempos. Sus últimos años estuvieron marcados por un sufrimiento que brotaba de su amor a la Iglesia por la crisis que se desató después del Concilio Vaticano II; un sufrimiento que también tuvo su reflejo en su cuerpo y que él supo asociar a la Cruz del Señor y hacer fecundo en el servicio como Siervo de los siervos de Dios. De sus últimos años de su peregrinar terreno ha quedado grabada en la retina del mundo la imagen de su figura delicada y de su rostro dolorido pero lleno de bondad y compasión. En la experiencia de vivir una "pasión" por amor a la Iglesia y junto a ella, no puede menos que recordarse su tierno amor filial a María, expresado en tantas maneras en su vida, y de forma singular al proclamar como Sumo Pontífice a María, Madre de la Iglesia, al finalizar la tercera sesión conciliar (9), así como al escribir la bella encíclica Marialis cultus.

Pasados algunos años, y ya viviendo una segunda etapa en la aplicación del Concilio, se tiene que reconocer la gran importancia de la firmeza de su enseñanza y de su prudencia para manejar los serios problemas surgidos. Entre las muchas iniciativas que impulsó para difundir las enseñanzas conciliares quizás se pueden destacar sobre todo dos: la exhortación apostólica post-sinodal Evangelii nuntiandi (1975) y el Año Santo de la reconciliación (1975). Se trata de dos esfuerzos notables de comprensión y aplicación del Concilio. Allí se descubren unas claves hermenéuticas fundamentales para comprender y aplicar la renovación conciliar en plenitud. Incluso pueden ser tomados en cierto sentido como el testamento espiritual que el Papa Pablo VI legó a la Iglesia antes de morir.

El Año Santo de la reconciliación celebrado en 1975 (10) le ofreció al Papa Montini una excelente ocasión para promover la vivencia de la renovación conciliar. Propuso entonces como temas eje de dicho año la renovación y la reconciliación, situando a ambos claramente en el marco de la enseñanza conciliar y en la realidad de la aplicación del Concilio. «En el próximo Año Santo -precisará- se reproduce en forma vital lo que el reciente Concilio enunció en forma doctrinal; digamos, además, que el binomio plurivalente, renovación y reconciliación, trata de hacer accesible a la reflexión y a la acción el inmenso tesoro de las enseñanzas conciliares» (11). Este binomio sirve, para el Papa Montini, de mediación vital que hace accesible y concreto el inmenso caudal de vida cristiana que brota de la renovación conciliar. En otra ocasión dirá también: «Renovación y reconciliación: nos parece que tienen que ser éstas las consecuencias lógicas y generales, en la historia de la Iglesia y de la humanidad, que manan del Concilio, como río de salvación y de civilización que brota de su manantial generador» (12).

Un maestro de la fe

Uno de los aspectos que más llama la atención de su Pontificado es su fecundo magisterio. Pablo VI debe ser considerado como un auténtico maestro de la fe por su fidelidad, así como por la riqueza, amplitud y profundidad de sus enseñanzas. Además se debe destacar su enorme sintonía con el impulso evangelizador y los problemas del ser humano de su tiempo, de finales del segundo milenio.

Esta enseñanza se descubre en aspectos fundamentales de la fe de la Iglesia. En fidelidad a su Tradición viva supo profundizar en apertura a las exigencias de los nuevos tiempos. Fue una característica de su magisterio la preocupación por la renovación en continuidad con el depósito de la fe. Tuvo una especial atención a los problemas que se presentaron en materia de fe y moral en los años de crisis que siguieron a la culminación del Concilio. Años que él mismo describió como de crecimiento del disenso, en los que incluso había entrado el humo de Satanás en el Pueblo de Dios.

Cabe destacar, quizá como un símbolo de su enseñanza, su hermoso Credo del Pueblo de Dios, publicado el 30 de junio de 1968. El Papa Pablo VI quiso consagrar un año entero al tema de la fe teniendo como centro las figuras de los Apóstoles Pedro y Pablo en el XIX centenario de su martirio. Quería que el Pueblo de Dios volviese la mirada a quienes sembraron la fe teniendo en cuenta las falsas interpretaciones que se estaban haciendo del Concilio y que constituían graves desviaciones y peligros de desviación, por lo mismo inaceptables para la Iglesia. «Bien sabemos, al hacer esto -afirma el Papa Montini-, por qué perturbaciones están hoy agitados, en lo tocante a la fe, algunos grupos de hombres. Los cuales no escaparon al influjo de un mundo que se está transformando enteramente, en el que tantas verdades son o completamente negadas o puestas en discusión» (13). En el Credo del Pueblo de Dios se expresan las verdades de la fe con atención al tiempo actual. Así lo expresa el mismo Pablo VI: «Vamos a hacer una profesión de fe y a pronunciar una fórmula que comienza con la palabra creo, la cual, aunque no haya que llamarla verdadera y propiamente definición dogmática, sin embargo repite sustancialmente, con algunas explicaciones postuladas por las condiciones espirituales de esta nuestra época, la fórmula nicena: es decir, la fórmula de la tradición inmortal de la santa Iglesia de Dios» (14).

Como se ha dicho, su magisterio fue muy amplio y tocó aspectos fundamentales de la vida de la Iglesia. Otro de los campos en los que Pablo VI se mostró profético y muy firme fue en la defensa de la dignidad y derechos del ser humano. Para empezar, en el tema de la vida tuvo una posición muy clara y, por cierto, muy valiente. Se debe destacar sobre todo su encíclica sobre la regulación de la natalidad Humanae vitae (1968), auténtico manifiesto en favor de la vida que reafirma la enseñanza moral de la Iglesia en estas materias. Además se deben mencionar sus dos documentos sobre enseñanza social de la Iglesia: la encíclica Populorum progressio (1967), sobre el desarrollo de los pueblos, y la exhortación apostólica Octogesima adveniens (1971), con motivo del 80 aniversario de la Rerum novarum.

La Populorum progressio es uno de sus documentos más importantes, y sin lugar a dudas uno de los más significativos del magisterio pontificio en el campo social. Es conocido que el Papa Montini manifestó al poco tiempo de ser elegido a la Cátedra de Pedro su intención de dedicar una encíclica al desarrollo de los pueblos. Para ello puso en marcha una comisión que trabajó durante varios años. El texto causó una honda impresión no sólo en el Pueblo de Dios, sino en el mundo entero. Con un lenguaje claro y directo hizo allí un llamado enérgico a poner los medios para impulsar el desarrollo integral de los pueblos. Propuso para ello un programa de liberación-reconciliadora que desde un auténtico humanismo resume lo que es una promoción humana integral, que consiste en «el paso, para cada uno y para todos, de condiciones de vida menos humanas a condiciones más humanas» (15). Hace allí una hermosa explicación de lo que eso significa: «Menos humanas: las carencias materiales de los que están privados del mínimo vital y las carencias morales de los que están mutilados por el egoísmo. Menos humanas: las estructuras opresoras, que provienen del abuso del tener o del abuso del poder, de la explotación de los trabajadores o de la injusticia de las transacciones. Más humanas: el remontarse de la miseria a la posesión de lo necesario, la victoria sobre las calamidades sociales, la ampliación de los conocimientos, la adquisición de la cultura. Más humanas también: el aumento en la consideración de la dignidad de los demás, la orientación hacia el espíritu de pobreza, la cooperación en el bien común, la voluntad de paz. Más humanas todavía: el reconocimiento, por parte del hombre, de los valores supremos, y de Dios, que de ellos es la fuente y el fin. Más humanas, por fin y especialmente: la fe, don de Dios acogido por la buena voluntad de los hombres, y la unidad en la caridad de Cristo, que nos llama a todos a participar, como hijos, en la vida del Dios vivo, Padre de todos los hombres» (16). Como en todo su magisterio, el Papa Pablo VI anuncia la visión integral de la fe y de sus iluminaciones sobre la vida personal y social del ser humano, y con ello denuncia todo reduccionismo, desviación y horizontalismo que algunos erróneamente enarbolan.

Un lugar especial merece también la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi (1975), que recogió los trabajos del Sínodo sobre la evangelización celebrado en 1974. Fue la primera ocasión en la que el Romano Pontífice, por pedido de los padres sinodales, se ocupó de redactar él mismo un documento post-sinodal. El Papa Montini coloca su exhortación apostólica en relación a tres acontecimientos que de alguna manera enmarcan su enseñanza sobre la evangelización: el Año Santo de la reconciliación, el décimo aniversario de la clausura del Concilio Vaticano II, y la III Asamblea General del Sínodo de los Obispos de 1974. Quizá sea su documento con mayor trascendencia pastoral. El influjo de este documento ha sido -y sigue siendo aún hoy- muy grande en el Pueblo de Dios. Por ejemplo, la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano celebrada en Puebla de los Ángeles en 1979 tuvo a este documento como su marco y en muchos sentidos como su brújula.

En este valioso documento Pablo VI ofrece todo un programa de lo que debe ser la evangelización en el mundo actual, abordando aspectos cruciales e iluminando asuntos que habían sido motivo de grave distorsión, como el tema de la liberación cristiana y de la promoción humana. Como ya se ha dicho, se trata de un documento fundamental para comprender el Concilio Vaticano II. Para muchos es una de las principales claves de lectura de las enseñanzas conciliares. Será en dicha exhortación en la que proponga la necesidad de impulsar una evangelización que llegue hasta las raíces de la cultura y las culturas del ser humano. En línea de explícita continuidad con la Gaudium et spes profundiza en lo que es la misión de la Iglesia en medio del mundo actual. Es más, en cierto sentido se puede decir que en dicho documento se encuentra expresado ya lo que después el Papa Juan Pablo II planteará como programa para la Iglesia de cara al tercer milenio: la Nueva Evangelización. En efecto, el Papa Montini señala que los padres sinodales habían puesto en sus manos el fruto de su trabajo y esperaban de él «un impulso nuevo, capaz de crear tiempos nuevos de evangelización en una Iglesia todavía más arraigada en la fuerza y poder perennes de Pentecostés» (17).

Un documento de enorme trascendencia y fuerza profética fue el que consagró a la reconciliación dentro de la Iglesia, publicado el 8 de diciembre de 1974, a las puertas ya del Año Santo de la reconciliación. Se trata de un documento valiente y en muchos sentidos conmovedor que plantea una rica eclesiología de comunión y reconciliación. Pablo VI muestra allí sus sentimientos y preocupaciones en relación a las tensiones al interior de la Iglesia surgidas a partir de las distorsiones de la enseñanza de la Iglesia, particularmente el Concilio Vaticano II. Llega a hablar de un clima de disidencia y de contestación, de disensión doctrinal y relativismo dogmático que oscurecía la sacramentalidad de la Iglesia. Denuncia allí a quienes se dejan arrastrar por estas tendencias y se convierten en muchos sentidos en propagadores de los «gérmenes de la disgregación» (18). Haciendo un hermoso desarrollo de la reconciliación que ha traído el Señor Jesús invita a que la Iglesia sea cada vez más plenamente un «mundo reconciliado» -expresión que toma de San Agustín-. Pero esta reconciliación se debe proyectar como un don hacia todo el mundo. «La Iglesia, pues, precisamente por ser "mundo reconciliado", es también realidad natural y permanentemente reconciliadora; y, en cuanto tal, es presencia y acción de Dios "en Cristo reconciliando al mundo consigo" (19) » (20). A la Iglesia le corresponde la misión de anunciar al mundo «la palabra de reconciliación» (21).

Se deberían mencionar muchos otros documentos del valioso magisterio de Pablo VI, como sus encíclica Mysterium fidei (1965), sobre la Eucaristía; la ya referida Marialis cultus (1974), sobre el culto a la Virgen María; y la Sacerdotalis caelibatus (1967), sobre el celibato sacerdotal. También se deben mencionar documentos como la exhortación apostólica con ocasión del Año Santo Gaudete in Domino (1975), sobre la alegría cristiana, escrita ante el desaliento y el pesimismo que cundían en no pocos ambientes. A lo que habría que sumar el cuantioso magisterio de sus diversas intervenciones, como la que hizo en la memorable visita a la ONU en 1965, o en sus visitas a diversos países del globo; o en sus catequesis y mensajes cotidianos como los relativos al Año Santo de la reconciliación de 1975 a través de los cuales ofreció todo un importante desarrollo del tema de la reconciliación. En todos ellos se percibe la fina y ágil pluma atenta a los desafíos del hombre actual, expresando la hondura de sus convicciones y sentimientos. Pero sobre todo se percibe al Pastor, al hombre de Dios, a un muy destacado maestro de la fe.

El centenario del nacimiento del Papa Pablo VI es, pues, una buena ocasión para valorar la riqueza de su legado al Pueblo de Dios y recordar su rico magisterio eclesial, que forma parte del legado vivo que la Iglesia peregrina ha ido atesorando a través de los siglos. Eso ayudará a comprender mejor la enseñanza del Papa Juan Pablo II y ofrecerá un hermoso horizonte de compromiso de cara a los desafíos del tercer milenio de la fe.


1. Jn 9,38. [Regresar]

2. Jn 11,27. [Regresar]

3. Mt 16,16. [Regresar]

4. Pablo VI, Ecclesiam suam, 9. [Regresar]

5. Pablo VI, Evangelii nuntiandi, 7. [Regresar]

6. Pablo VI, Discurso en la apertura de la segunda sesión del Concilio Vaticano II, 29/9/1963, citado en Juan Pablo II, Discurso inaugural, Santo Domingo, 12/10/1992, 1. [Regresar]

7. Pablo VI, Discurso durante la sesión pública con que se clausuró el Concilio Vaticano II, 7/12/1965. [Regresar]

8. Lug. cit. [Regresar]

9. Ver Pablo VI, Discurso en la sesión de clausura de la tercera etapa conciliar, 21/11/1964. [Regresar]

10. Este Año Santo de la reconciliación fue convocado el 9 de mayo de 1973. Empezó en la vigilia de la Navidad de 1974 y concluyó en la Navidad de 1975. [Regresar]

11. Pablo VI, Reconciliación con Dios, 31/10/1973. [Regresar]

12. Pablo VI, Renovación y reconciliación bajo la guía del Espíritu Santo, 6/6/1973. [Regresar]

13. Pablo VI, Credo del Pueblo de Dios, 4. [Regresar]

14. Allí mismo, 3. [Regresar]

15. Pablo VI, Populorum progressio, 20. [Regresar]

16. Allí mismo, 21. [Regresar]

17. Pablo VI, Evangelii nuntiandi, 2. [Regresar]

18. Pablo VI, La reconciliación dentro de la Iglesia, 33. [Regresar]

19. 2Cor 5,19. [Regresar]

20. Pablo VI, La reconciliación dentro de la Iglesia, 13. [Regresar]

21. Allí mismo, 38. [Regresar]

 

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VE mayo-agosto de 1997, año 13, No. 37
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