EDITORIAL

El Sínodo de América

Un acontecimiento
evangelizador y reconciliador

 

 

Caminando juntos

El 12 de diciembre pasado, fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, el Papa Juan Pablo II daba por concluida la Asamblea especial para América del Sínodo de los Obispos. Se llegaba así al final del "caminar juntos" (syn-odos) que se había iniciado el 16 de noviembre también con una solemne celebración eucarística en la basílica de San Pedro. Fueron días de un rico intercambio entre los 235 Obispos y los demás participantes -auditores, asistentes y delegados de otras confesiones cristianas- de todo el Continente americano, realizado en un marco de fraternidad.

Quizás lo primero que haya que resaltar es que fue una excelente ocasión de encuentro. Partiendo del hecho de que ante todo se trató de una asamblea de fe, reunida en torno a la Eucaristía, es natural que los sucesores de los Apóstoles, presididos por el sucesor de Pedro, salieran al encuentro del Señor Jesús. Y eso marcó la tónica de todo el Sínodo. Tal como lo propuso el Papa al escoger la temática, el gran marco fue el «encuentro con Jesucristo vivo». Todo esto se tradujo en un encuentro fraterno entre hermanos en la fe que fueron a buscar y a tratar de comprender la realidad de los demás. Esto se realizó además, como bien lo destacó el Papa, en un caminar juntos en vistas a la misión, que en estos tiempos y lugares es la invitación a una vigorosa Nueva Evangelización. Este caminar juntos tendió puentes para superar las distancias, permitió conocerse mejor, ofreció cauces por los cuales caminar en el fortalecimiento de la comunión. El encuentro con Jesucristo vivo que se experimentó durante las jornadas sinodales llevó a caminar juntos por la senda de la conversión, la comunión y la solidaridad.

Se debe decir que se trató de un encuentro que ha abierto un nuevo tiempo para la evangelización en el Continente. Como bien señaló el Romano Pontífice, «se trata, ciertamente, de un punto de llegada; pero, más aún, de un nuevo punto de partida: la comunidad cristiana, a ejemplo de María, se vuelve a poner en camino, impulsada por el amor a Cristo, para llevar a cabo la Nueva Evangelización del Continente americano» (1). Ha culminado una etapa de la historia del Pueblo de Dios en América y se ha dado comienzo a un nuevo tiempo, «el inicio de una renovada misión» (2). En ese sentido debe subrayarse sobre todo que se trata de un nuevo punto de partida en vistas a los desafíos de los tiempos advenientes que ya aparecen en el horizonte y cuyo umbral ponen muchos en la fecha simbólica del año 2000. Es un punto de partida para emprender desde una fortalecida comunión en la fe en el Continente el camino de la Nueva Evangelización.

Un evento evangelizador

El Sínodo no sólo ha señalado un derrotero, sino que también ha sido en sí mismo un evento evangelizador. El nuevo tiempo de evangelización empieza con un gesto evangelizador. Y es que no podía ser de otra manera. Esto es algo que podría no atraer una atención especial, pero sería un error no valorar la dimensión evangelizadora de un encuentro de esta naturaleza.

Fue un evento evangelizador en primer lugar porque los participantes encontraron una hermosa ocasión de renovar la propia vida cristiana. La llamada al encuentro con Jesucristo vivo no podía ser un mero enunciado. El Sínodo fue así una oportunidad de vivir lo que con tanta verdad y realismo pastoral propuso Pablo VI en la Evangelii nuntiandi: la Iglesia tiene necesidad de ser permanente evangelizada si quiere conservar su frescor, su impulso y su fuerza para anunciar el Evangelio y ser así fiel a su misión (3). El clima de fe y comunión que se vivió, así como las interesantes intervenciones, tan ricas y tan variadas, conducían naturalmente a una revisión de la propia respuesta a la llamada del Señor.

Fue un evento evangelizador también para el Pueblo de Dios, particularmente para la porción que peregrina por tierras americanas. A pesar de una cierta indiferencia en los tiempos previos, se debe destacar el dinamismo evangelizador que porta en sí misma la preparación de un acontecimiento de esta naturaleza. Las consultas llevaron la temática planteada por el Santo Padre a importantes sectores del Pueblo de Dios. Pero sobre todo la realización misma del Sínodo se constituyó en un valioso instrumento de evangelización. Fueron muchos los que siguieron de cerca el desarrollo del intercambio sinodal gracias a la enorme cobertura de prensa y a la puesta en Internet de las grandes líneas de reflexión así como de los resúmenes de las intervenciones, pudiendo de esta manera renovarse en su adhesión al Señor y en la fidelidad a las tareas de la Nueva Evangelización. Fueron muchos también quienes ofrecieron su sufrimiento y quienes oraron por el buen desarrollo de las jornadas, sumándose al ofrecimiento que hicieron tantos Obispos y sacerdotes en la Eucaristía.

El Sínodo de América fue, pues, en sí mismo una oportunidad privilegiada de renovar el ardor evangelizador para todos los participantes y para todos aquellos que siguieron los trabajos sinodales. Pero lo fue en la lógica de una Iglesia que se reconoce en sus hijos necesitada siempre de renovación, es decir una Iglesia que no separa nunca el ser evangelizada y el evangelizar.

Signo y ocasión de reconciliación y comunión

El Sínodo fue también un signo y una ocasión de reconciliación y de fortalecimiento de la comunión en la Iglesia en el Continente americano. ¿Por qué hablar de la necesidad de reconciliación? Por dos motivos. En primer lugar porque la Asamblea sinodal ha sido la primera oportunidad en la que se han reunido Obispos de todo el Continente, desde Alaska hasta la Tierra del Fuego, para tratar juntos los desafíos que se avecinan para la evangelización en los tiempos venideros. Esta reunión juntó por primera vez a los Obispos de las dos grandes impostaciones eclesiales del Continente. En cierto sentido se puede decir que la frontera la marca el río Grande, aunque hoy se cuentan por millones los fieles de la Iglesia de origen latinoamericano que viven al norte. Las porciones del Pueblo de Dios al norte de este río se encuentran signadas por tradiciones predominantes de origen anglo y francés -cuya mayoría es sobre todo de origen angloeuropeo-. Al sur se encuentran fundamentalmente porciones de la Iglesia de origen ibérico, en lo que llamamos América Latina.

Se trata de dos grandes impostaciones que tienen orígenes y desarrollos históricos muy distintos, y que han caminado por senderos que no se han encontrado mucho. Son comunidades eclesiales, además, que se han desarrollado en entornos culturales muy diferentes, con los cuales han tenido un contacto del todo diverso. Los pueblos del norte no son en su mayoría católicos, y la Iglesia no ha tenido un rol importante en la configuración de su identidad cultural. Más bien ha sido una Iglesia de minorías, y por cierto tiempo arrinconada por prejuicios, excluida de lo que llaman "public square". Mientras que la Iglesia al sur del río Grande ha tenido un enorme influjo, ciertamente benéfico y muy fecundo, en la configuración de la síntesis cultural mestiza que constituye el sustrato de América Latina. Ha jugado también un papel rector y orientador de primer orden, teniendo un lugar central en el espacio público.

A lo dicho hay que añadir que las relaciones entre los pueblos del Norte rico y el Sur pobre no han sido siempre armoniosas. Son conocidos los intentos de corte imperialista que han ensayado los Estados Unidos en relación a diversos pueblos latinoamericanos. De ahí las suspicacias que todavía subsisten cuando se habla de proyectos "panamericanistas", pues traen el recuerdo del colonialismo norteamericano. De parte de los latinoamericanos tampoco han faltado las distancias y los prejuicios que han llevado a actitudes conflictuales. Así, pues, no han sido pocos los conflictos, las rupturas y los desencuentros entre ambas realidades. Y esto se ha visto de alguna manera reflejado en las comunidades cristianas.

Pero además hay una segunda razón para hablar de la necesidad de la reconciliación. Las mismas realidades de las Iglesias particulares de cada impostación deben fortalecer la comunión en su propio seno. Diversos conflictos han atravesado y atraviesan ambas realidades eclesiales. Como lo decía Santo Domingo refiriéndose a Latinoamérica, hace falta vivir la reconciliación en la misma Iglesia, recorrer todavía el camino de unidad y comunión (4). De esta manera no quedará oscurecida la sacramentalidad de la Iglesia (5).

Todo lo dicho llevó a que se propusiera la necesidad de que el Sínodo de América fuera un signo y una ocasión de reconciliación y comunión. Y así sucedió. La fraternidad que se vivió durante las jornadas sinodales generó un clima de encuentro que no se había experimentado antes en la historia de las dos impostaciones eclesiales. El Sínodo fue, pues, un signo porque pudo dar ante el mundo testimonio de la unidad de la Iglesia. Y fue también una ocasión, puesto que ofreció la oportunidad para que se diera este encuentro que ayudó a superar distancias, curar heridas y tender nuevos puentes de solidaridad, concordia y cooperación. Fue una hermosa ocasión de superar las rupturas, los prejuicios, las indiferencias y los desencuentros. Esto, además, fue especialmente significativo por haber sido un momento para fortalecer la unidad en torno a la persona del sucesor de Pedro.

Este encuentro que fortalece la comunión es muy importante para las tareas de la Nueva Evangelización, puesto que ésta tiene un soporte fundamental en el testimonio de unidad que se dé desde el interior de la Iglesia. Pero tiene además un valor muy grande para la comunión de los pueblos en el Continente americano, tan afectados por rupturas de toda índole, puesto que la Iglesia está llamada a ser fermento eficaz de cohesión fraterna entre los pueblos. Así se unen en el impulso de anuncio de la Buena Nueva ante los tiempos advenientes el dinamismo reconciliador y el evangelizador. Como señaló en una ocasión el Papa Juan Pablo II a Obispos de este Continente: «La gran tarea en el momento actual es la de favorecer la renovada evangelización y reconciliación de vuestras Iglesias locales, para que así evangelizadas y reconciliadas sean a su vez evangelizadoras y reconciliadoras de todos cuantos lo necesitan» (6).

Del Sínodo por Cuba al Tepeyac

Como ya se ha señalado, el Sínodo abre un nuevo tiempo para el Pueblo de Dios que peregrina en el Continente americano. Es el inicio de una renovada misión en vistas al Tercer Milenio, cuyo umbral estamos próximos a cruzar. El Papa Juan Pablo II ha tenido ciertamente una intuición profética al convocarlo; una intuición que se proyecta hacia el milenio adveniente. En medio de profundas transformaciones culturales, con un proceso muy acelerado de globalización, cuando crece la indiferencia frente a Dios y la fe, y se levantan nuevos ídolos, el Santo Padre invita a fijar la mirada en Jesús el Señor y a descubrir en Él la única respuesta que sacia los anhelos más hondos del ser humano. Y llama a hacer una nueva lectura de los signos de los tiempos que no se deje atrapar por la lógica económica reductivista de la globalización y de las tensiones Norte-Sur. Es una invitación a integrar las principales interrogantes económico-sociales en el gran marco que nos ofrece la adhesión afectiva y efectiva al Señor Jesús. Es desde esa adhesión que propone una globalización de la solidaridad. Todo esto se descubre detrás de la convocatoria a celebrar el Sínodo de América.

La Asamblea sinodal ha permitido un interesante y muy fecundo intercambio, que el Santo Padre ha seguido muy de cerca. El horizonte que ha planteado para el caminar del Pueblo de Dios en el Continente ha sido muy preciso: la evangelización y la reconciliación. Esto se puede ver claramente sobre todo en su discurso de clausura y en la hermosa homilía de la Misa final del Sínodo, que bien puede ser considerada como la gran síntesis de las principales preocupaciones de los trabajos sinodales y de las expectativas del Vicario de Cristo. Se trata de fortalecer la comunión para así dar el testimonio de la unidad que la Nueva Evangelización requiere. De esta manera la comunión se extenderá cada vez más por el mundo entero.

Pero como se decía, se trata del inicio de un tiempo nuevo. Es un tiempo de asumir los desafíos y problemas comunes -que están empezando a aparecer y que en muchos sentidos son los problemas de este nuevo tiempo de globalización-, pero de asumirlos en común, con perspectiva de fraternidad y solidaridad. Es un tiempo de edificar nuevos vínculos, que fundados en el Señor Jesús, la única fuente definitiva y segura, permitan establecer nuevas formas de solidaridad y justicia. Y eso es ciertamente una novedad para el Continente americano.

El Santo Padre sigue desbrozando el camino para el nuevo tiempo de la Iglesia en América. El Sínodo en cierto sentido concluirá con la redacción y entrega de la exhortación apostólica post-sinodal a los pies de Nuestra Señora de Guadalupe en el Tepeyac. Así lo pidieron los padres sinodales y así lo ha asumido el Santo Padre, quien ha expresado su deseo de hacerlo. Queda de esta manera de manifiesto el talante mariano que ha tenido la gesta de la evangelización constituyente y que debe tener la Nueva Evangelización en el Continente.

Pero en el camino el Papa debe colocar un último hito: la tan ansiada visita pastoral a Cuba. Como dijo uno de los auditores, el Sínodo y la visita a Cuba tienen una directa y misteriosa vinculación en vistas a las tareas de la Nueva Evangelización en el Continente. El programa que el Santo Padre está preparando para la Iglesia en América tendrá en la sufrida isla del Caribe una ocasión de desarrollo y afinamiento. El gran marco de evangelización y reconciliación debe ser profundizado en Cuba, puesto que ambos temas son centrales en dichas tierras hambrientas de Dios. Pero quedará también claro que el Santo Padre no pretende proponer un programa de corte político. El Papa irá a anunciar al Señor Jesús y de esa manera procurará ayudar a que la Iglesia recupere su lugar tan central en la historia e identidad del pueblo cubano y su cultura. Va a ofrecer la libertad que viene de Jesucristo, no otra cosa. Va a ofrecer la verdad que nos ha revelado sobre el ser humano el Señor Jesús, nada más y nada menos. Va a ofrecer el respeto y la comunión fraterna que vincula a quienes son hijos en el Hijo. Y en todo esto el Papa seguirá perfeccionando el programa que le quiere dejar a la Iglesia en América como una pista para cruzar el umbral del Tercer Milenio y que el Sínodo ha contribuido a desarrollar de manera tan importante.

Por Cuba pasa pues el camino de la Iglesia en América en estos tiempos de finales de milenio. En Cuba se dará el siguiente paso del tiempo iniciado en el Sínodo de América. A través de Cuba y su devoción a Nuestra Señora de la Caridad del Cobre seguirá tejiendo el tapiz con rostro mariano que el Papa quiere ofrecer a todos los hijos de la Iglesia en este vasto, complejo y esperanzador Continente. Por Cuba pasa el camino del Papa hacia el Tepeyac, a los pies de la Virgen morenita, que cerrará sin duda una etapa singularmente intensa y fecunda y nos pondrá definitivamente a las puertas del nuevo tiempo cuyo umbral cruzaremos con esperanza el año 2000.


1. Juan Pablo II, Homilía durante la misa de clausura de la Asamblea especial para América del Sínodo de los Obispos, 12/12/1997, 1. [Regresar]

2. Lug. cit. [Regresar]

3. Ver Pablo VI, Evangelii nuntiandi, 15. [Regresar]

4. Ver Santo Domingo, 68. [Regresar]

5. Ver Pablo VI, La reconciliación dentro de la Iglesia, 8/12/1974, III. [Regresar]

6. Juan Pablo II, Alocución a los Obispos peruanos en visita "ad limina", 29/9/1989, 3. [Regresar]

 

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VE setiembre-diciembre de 1997, año 13, No. 38
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