EDITORIAL

Treinta Años de la
Humanae vitae

 

 

 

        Se cumple este año el trigésimo aniversario de la publicación por el Papa Pablo VI de la encíclica Humanae vitae «sobre la regulación de la natalidad». En 1968 —año que se ha convertido en un símbolo del anhelo de libertad de nuestro tiempo, pero también del extravío y desconcierto de la cultura de muerte—, el Sucesor de Pedro escogió el 25 de julio, fiesta del Apóstol Santiago, para publicar su alegato valiente y esperanzado en favor de la vida humana, de la verdadera dignidad del amor y de la persona, dando a conocer su juicio pastoral de discernimiento con respecto a la regulación de la natalidad, cuestión moral que venía causando no poca perplejidad.

               No es necesario recordar el impacto que causó el pronunciamiento pontificio: de acogida generosa y exigente por parte de la gran mayoría de fieles cristianos, pero también de rechazo por parte de quienes esperaban que la enseñanza del Papa se acomodara a sus propias expectativas subjetivas. Sin embargo, la Humanae vitae no es un acontecimiento sumergido en un pasado ya remoto, sino que retiene una profunda y profética actualidad. Volver sobre sus enseñanzas a treinta años de su publicación, en un contexto social, político y cultural que ha cambiado de muchas maneras, significa tomar conciencia de la fecundidad y universalidad de la verdad del Evangelio, porque las luces que proporcionara el lúcido magisterio del Papa Pablo VI continúan siendo profundamente esclarecedoras el día de hoy. En una carta pastoral de reciente publicación, Mons. Charles Chaput, Arzobispo de Denver, Colorado, dice con respecto a la Humanae vitae que «con el paso del tiempo, ha resultado profética»[1], e invita a estudiarla y a hacer un esfuerzo sincero por difundirla y aplicarla. Para comprobar la actualidad de la encíclica, el Pastor de Denver exhorta a considerar la situación actual a la luz de «las consecuencias de los métodos de la regulación artificial de la natalidad»[2] sobre las cuales advertía el Papa.

             En primer lugar, Pablo VI señaló que no seguir las orientaciones de la Iglesia sobre el uso de los anticonceptivos llevaría a «la infidelidad conyugal y a la degradación general de la moralidad». Los crecientes índices de abortos, divorcios, hijos fuera del matrimonio, familias rotas, abuso de esposas e hijos, que hoy se presencian, así lo demuestran. En segundo lugar, advirtió que la difusión de las prácticas anticonceptivas haría que el hombre pierda el respeto por la mujer, al punto de considerarla «como simple instrumento de goce egoístico y no como a compañera, respetada y amada». Con no menor lucidez indicó en tercer lugar que la anticoncepción podría poner un «arma peligrosa... en las manos de autoridades públicas despreocupadas de las exigencias morales». Es bien sabido que hoy la exportación masiva de anticonceptivos, el aborto y la esterilización son frecuentemente algunos de los requisitos que condicionan la ayuda económica a los países más necesitados. Y en cuarto lugar, Pablo VI advirtió que la anticoncepción llevaría a que los seres humanos pensaran que tienen un dominio ilimitado «sobre su propio cuerpo y sus funciones»[3], convirtiendo inexorablemente a la persona humana en el objeto de su poder invasivo.

             La lucidez del diagnóstico del Santo Padre —que ciertamente hay que calificar de profético— es una invitación a ahondar en la doctrina de la encíclica para descubrir cuáles fueron los fundamentos que le permitieron aproximarse a la situación social y cultural con un realismo tan patente. Al hacerlo redescubriremos algo en realidad evidente: a la actualidad vibrante de la encíclica en su análisis de la realidad corresponde la actualidad perenne de la enseñanza de la Iglesia acerca de la persona humana, que el Papa Pablo VI supo recoger y aplicar al problema concreto de la regulación de la natalidad. Por ello las enseñanzas de la Humanae vitae nos permiten esclarecer no sólo la cuestión moral que fue la materia directa de la enseñanza de la encíclica, sino también muchos de los interrogantes y problemas fundamentales de la cultura de nuestro tiempo.

 Preocupación por el ser humano

             El discernimiento moral de la encíclica parte de una consideración evangélica de la naturaleza y el fin de la existencia humana. El Papa formuló esta aproximación con un principio sumamente claro: «El problema de la natalidad, como cualquier otro referente a la vida humana, hay que considerarlo, por encima de las perspectivas parciales de orden biológico o psicológico, demográfico o sociológico, a la luz de una visión integral del hombre y de su vocación, no sólo natural y terrena sino también sobrenatural y eterna»[4]. La aproximación a todos los problemas humanos, pues, ha de hacerse a partir de una visión integral del hombre y de su vocación, considerando no solamente las urgencias de la vida temporal, sino integrándolas en una visión de su fin último trascendente.

             Este fin del ser humano viene dado por el Plan de Dios. El amor conyugal, como toda realidad creada, se comprende a la luz del misterio de la creación y del designio divino inscrito en la naturaleza humana: «La verdadera naturaleza y nobleza del amor conyugal se revelan cuando éste es considerado en su fuente suprema, Dios, que es Amor, “el Padre de quien procede toda paternidad en el cielo y en la tierra”». Esto significa que el matrimonio no es «efecto de la casualidad o producto de la evolución de fuerzas naturales inconscientes», sino que proviene de la sabiduría de Dios, «es una sabia institución del Creador para realizar en la humanidad su designio de amor». Por eso, como toda la vida humana, el amor esponsal del hombre y de la mujer, «mediante su recíproca donación personal», tiende «a la comunión», que está en la raíz y es la meta del amor conyugal, y en cuyo marco los esposos son invitados a «colaborar con Dios en la generación y en la educación de nuevas vidas»[5]. Fundado en esta consideración profundamente teológica de la naturaleza del matrimonio en el marco de la vocación del ser humano a vivir la comunión, el Santo Padre plantea las características esenciales del amor conyugal: éste es, según Pablo VI, «un amor plenamente humano, es decir, sensible y espiritual al mismo tiempo», «un amor total», «un amor fiel y exclusivo hasta la muerte» y también «un amor fecundo que no se agota en la comunión entre los esposos sino que está destinado a prolongarse suscitando nuevas vidas»[6].

            De esta aproximación a la naturaleza del amor conyugal, a «su íntima estructura», que se manifiesta en «las leyes inscritas en el ser mismo del hombre y de la mujer», el Papa deduce la unidad indisoluble entre «los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador». Ésta es, como es conocido, la enseñanza fundamental de la encíclica. El Papa insiste reiteradas veces en que de lo que se trata es de proteger el sentido auténtico del amor, y así garantizar la posibilidad de la persona de realizar plenamente su vocación humana. Sólo «salvaguardando ambos aspectos esenciales, unitivo y procreador, el acto conyugal conserva íntegro el sentido de amor mutuo y verdadero y su ordenación a la altísima vocación del hombre a la paternidad»[7]. Por eso, «usar este don divino destruyendo su significado y su finalidad, aun sólo parcialmente, es contradecir la naturaleza del hombre y de la mujer y sus más íntimas relaciones, y por lo mismo es contradecir también el plan de Dios y su voluntad»[8].

            Al referirse a las exigencias de la «naturaleza del hombre y de la mujer», el Papa Pablo VI considera al ser humano integralmente. Si se toman en serio los aspectos biológicos de la unión de los esposos y de la procreación, es porque el cuerpo forma parte integral de la unidad de la persona humana. Las exigencias de la dignidad del ser humano se manifiestan también en el plano corporal, que participa de la “altísima vocación del hombre”. El Papa Juan Pablo II recogía esta enseñanza en la Veritatis splendor, recordando que el cuerpo humano debe entenderse a la luz de la naturaleza del hombre: «Las inclinaciones naturales tienen una importancia moral sólo cuando se refieren a la persona humana y a su realización auténtica, la cual se verifica siempre y solamente en la naturaleza humana. La Iglesia, al rechazar las manipulaciones de la corporeidad que alteran su significado humano, sirve al hombre y le indica el camino del amor verdadero, único medio para poder encontrar al verdadero Dios»[9].

            El carácter “profético” de la encíclica se puede ver asimismo en el hecho de que el principio de la unidad entre los dos fines del acto conyugal ha servido también para el esclarecimiento de una situación que la Humanae vitae no previó: la difusión de la fecundación in vitro junto con otras formas de fecundación artificial. La instrucción Donum vitae de la Congregación para la Doctrina de la Fe señala precisamente cómo la aplicación de la enseñanza de la encíclica de Pablo VI es el principio que permite clarificar la inadmisibilidad de esta práctica: «La misma doctrina relativa a la unión existente entre los significados del acto conyugal y entre los bienes del matrimonio aclara el problema moral de la fecundación artificial homóloga... La contracepción priva intencionalmente al acto conyugal de su apertura a la procreación y realiza de ese modo una disociación voluntaria de las finalidades del matrimonio. La fecundación artificial homóloga, intentando una procreación que no es fruto de la unión específicamente conyugal, realiza objetivamente una separación análoga entre los bienes y los significados del matrimonio»[10].

            El problema de la fecundación in vitro es uno de los aspectos del desarrollo científico y tecnológico en torno a la transmisión de la vida que ha dado pasos enormes en los últimos treinta años, planteando nuevos problemas éticos y también riesgos de atentados contra la dignidad humana que requieren con urgencia de un esclarecimiento. Si bien no pudo prever los caminos que tomaría el desarrollo científico y tecnológico, la Humanae vitae aporta también luces para esclarecer una aproximación adecuada al desarrollo en general, y también a su aplicación a la generación humana.

            La aproximación del Papa Pablo VI a la investigación científica es positiva. Expresa explícitamente su convicción de que los hombres de ciencia, según la frase del Concilio, «pueden contribuir notablemente al bien del matrimonio y de la familia y a la paz de las conciencias si, uniendo sus estudios, se proponen aclarar más profundamente las diversas condiciones favorables a una honesta regulación de la procreación humana»[11]. Pero el Papa Pablo es también consciente de los riesgos de cierta mentalidad tecnologista. El ser humano, enseña, «ha llevado a cabo progresos estupendos en el dominio y en la organización racional de las fuerzas de la naturaleza», pero ese dominio corre el riesgo de desvirtuarse cuando busca «extender ese dominio a su mismo ser global: al cuerpo, a la vida psíquica, a la vida social y hasta las leyes que regulan la transmisión de la vida»[12]. Esta mentalidad que idealiza el dominio tecnológico, puede conducir a olvidar que «al igual que el hombre no tiene un dominio ilimitado sobre su cuerpo en general, del mismo modo tampoco lo tiene, con más razón, sobre las facultades generadoras en cuanto tales, en virtud de su ordenación intrínseca a originar la vida, de la que Dios es principio»[13].

            La mentalidad tecnologista tiene pues consecuencias sobre la comprensión del acto conyugal, cuando no se quiere «reconocer... unos límites infranqueables a la posibilidad de dominio del hombre sobre su propio cuerpo y sus funciones; límites que a ningún hombre, privado o revestido de autoridad, es lícito quebrantar»[14]. No se trata, sin embargo, de límites arbitrariamente impuestos, sino que «tales límites no pueden ser determinados sino por el respeto debido a la integridad del organismo humano y de sus funciones»[15]. Lo que está en juego es lo que Juan Pablo II ha llamado «el vínculo indisoluble entre libertad y verdad»[16], por el cual cuando el ejercicio de la libertad se aparta de la verdad, ella misma resulta disminuida y aleja al ser humano de su verdadera realización. En palabras de Pablo VI, «el hombre no puede hallar la verdadera felicidad, a la que aspira con todo su ser, más que en el respeto de las leyes grabadas por Dios en su naturaleza y que debe observar con inteligencia y amor»[17].

            Esto significa que el obrar humano siempre debe regirse por la verdad del hombre, por el sentido que Dios ha impreso en su existencia. En el ámbito de la generación esto supone reconocer la condición creatural del ser humano y regirse por el Plan de Dios: «En la misión de transmitir la vida, los esposos no quedan por tanto libres para proceder arbitrariamente, como si ellos pudiesen determinar de manera completamente autónoma los caminos lícitos a seguir, sino que deben conformar su conducta a la intención creadora de Dios, manifestada en la misma naturaleza del matrimonio y de sus actos y constantemente enseñada por la Iglesia»[18]. Viviendo de esta manera los esposos se reconocen «no árbitros de las fuentes de la vida humana, sino más bien administradores del plan establecido por el Creador»[19]. En ello radica la verdadera libertad y dignidad del matrimonio y del obrar humano.

            El Papa Pablo VI era consciente de que regir el propio obrar según las exigencias de la dignidad humana no siempre es fácil, y que particularmente en el ámbito de la moral conyugal el esfuerzo requerido puede ser arduo. Pero ello no lo lleva a claudicar de la dignidad humana, porque —afirma— «a todo aquel que reflexione seriamente, no puede menos de aparecer que tales esfuerzos ennoblecen al hombre y benefician la comunidad humana»[20]. La ascética y el dominio de sí mismo que exige una regulación de la natalidad conforme con la naturaleza humana conducen a incrementar la libertad poseída de los esposos, y así a hacer más humano y más pleno su amor. La «disciplina, propia de la pureza de los esposos, lejos de perjudicar el amor conyugal, le confiere un valor humano más sublime. Exige un esfuerzo continuo, pero, en virtud de su influjo beneficioso, los cónyuges desarrollan íntegramente su personalidad, enriqueciéndose de valores espirituales: aportando a la vida familiar frutos de serenidad y de paz y facilitando la solución de otros problemas; favoreciendo la atención hacia el otro cónyuge; ayudando a superar el egoísmo, enemigo del verdadero amor, y enraizando más su sentido de responsabilidad»[21].

            Así los esposos se hacen capaces de vivir plenamente su vocación específica, sellada por los sacramentos del bautismo y del matrimonio: «Los esposos cristianos, pues, dóciles a su voz, deben recordar que su vocación cristiana, iniciada en el bautismo, se ha especificado y fortalecido ulteriormente con el Sacramento del Matrimonio. Por lo mismo los cónyuges son corroborados y como consagrados para cumplir fielmente los propios deberes, para realizar su vocación hasta la perfección y para dar un testimonio, propio de ellos, delante del mundo. A ellos ha confiado el Señor la misión de hacer visible ante los hombres la santidad y la suavidad de la ley que une el amor mutuo de los esposos con su cooperación al amor de Dios, autor de la vida humana»[22].

Servicio de la verdad

            El Papa Montini percibió de antemano las contradicciones que se suscitarían en torno a su encíclica. Con dolor señaló que «se puede prever que estas enseñanzas no serán quizá fácilmente aceptadas por todos: son demasiadas las voces —ampliadas por los modernos medios de propaganda— que están en contraste con la Iglesia»[23]. Y añadía con sabiduría eclesial que la Iglesia «no se maravilla de ser, a semejanza de su divino Fundador, “signo de contradicción”»[24]. Sabemos bien cómo esta situación no ha cambiado, y que la incomodidad con el testimonio de la Iglesia encuentra siempre nuevos modos de manifestarse.

            Pero el Papa, consciente de su deber de fidelidad al «mandato que Cristo Nos confió»[25], no podía dejar de servir a la verdad, no podía dejar de «proclamar con humilde firmeza toda la ley moral, natural y evangélica. La Iglesia no ha sido la autora de éstas, ni puede por tanto ser su árbitro, sino solamente su depositaria e intérprete, sin poder jamás declarar lícito lo que no lo es por su íntima e inmutable oposición al verdadero bien del hombre»[26]. Si en la verdad está en juego el destino de los seres humanos, entonces «no menoscabar en nada la saludable doctrina de Cristo es una forma de caridad eminente»[27].

            Nacida de la caridad pastoral, la enseñanza de la verdad no excluye la compasión, pues la Iglesia «no puede tener otra actitud para con los hombres que la del Redentor: conoce su debilidad, tiene compasión de las muchedumbres, acoge a los pecadores, pero no puede renunciar a enseñar la ley que en realidad es la propia de una vida humana llevada a su verdad originaria y conducida por el Espíritu de Dios»[28]. La publicación de la Humanae vitae fue, pues, un acto valiente y firme de caridad para con el Pueblo de Dios puesto al cuidado del Pastor universal.

            Hoy, como hace treinta años, si la fe cristiana ha de vivificar la existencia de la humanidad, es necesario enseñar, como lo hizo valientemente Pablo VI, «sin ambigüedades la doctrina de la Iglesia»[29]. En un tiempo en el cual la “crisis de la verdad”, que caracteriza las últimas décadas de nuestro siglo, hace que muchos se sientan tentados de arrancar las “páginas incómodas del Evangelio”, cediendo al espíritu del mundo y buscando acomodaciones facilistas, el verdadero servicio a la humanidad exige predicar con integridad la verdad de la fe de la Iglesia, tal cual la ha recibido y la transmite el Pueblo de Dios, e iluminar todas las realidades humanas con ella. Esta verdad, que no es otra que la que brilla en el Señor Jesús, es la que manifiesta la verdadera y más profunda naturaleza del ser humano, el sentido de su existencia, su dignidad y su vocación.


NOTAS

[1] Mons. Charles Chaput, El mensaje de la Humanae vitae. Carta pastoral en el 30° aniversario de la encíclica, 22/7/1998, publicada en «L’Osservatore Romano», edición en lengua española, 21/8/1998, pp. 6-7.

[2] Humanae vitae (HV), 17.

[3] Lug. cit.

[4] HV, 7.

[5] HV, 8.

[6] HV, 9.

[7] HV, 12.

[8] HV, 13.

[9] Veritatis splendor, 50.

[10] Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción Donum vitae sobre el respeto de la vida humana naciente y la dignidad de la procreación, 22/2/1987, II,B,4a.

[11] Gaudium et spes, 52, en HV, 24.

[12] HV, 2.

[13] HV, 13.

[14] HV, 17.

[15] Lug. cit.

[16] Veritatis splendor, 87.

[17] HV, 31.

[18] HV, 10.

[19] HV, 13.

[20] HV, 20.

[21] HV, 21.

[22] HV, 25.

[23] HV, 18.

[24] Lug. cit.

[25] HV, 6.

[26] HV, 18.

[27] HV, 29.

[28] HV, 19.

[29] HV, 28.

 

VE autoriza la reproducción total o parcial del presente documento sin modificación alguna y manteniendo la integridad de su sentido, pidiendo que se consigne la fuente: "VE mayo-agosto de 1998, año 14, No. 40 VIDA Y ESPIRITUALIDAD".
La versión electrónica de este documento ha sido realizada por VE Multimedios. Derechos reservados (©) VE Multimedios™.
VE mayo-agosto de 1998, año 14, No. 40
Vida y Espiritualidad
Página principal

Contenido