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| EDITORIAL
¡América,
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Dos celebraciones Un poco más de un año después de la celebración de la Asamblea especial para América del Sínodo de los Obispos, en una emotiva ceremonia realizada en la Basílica de Guadalupe, el Papa Juan Pablo II ha puesto a los pies de la Virgen del Tepeyac la exhortación apostólica Ecclesia in America, ofreciendo a la Iglesia que peregrina por el continente americano los aportes y sugerencias pastorales de los trabajos sinodales. Clausuraba así el Sínodo de América, y respondía al mismo tiempo a la invitación que numerosos Obispos le habían presentado para que colocara los frutos del encuentro episcopal bajo la imagen de la Virgen impresa en la tilma del beato Juan Diego, como expresión de la profunda devoción mariana que desde la primera evangelización marca el corazón de América. Llegaban así también a su fin las intensas labores del Sínodo, «auténtico cenáculo de la comunión eclesial y de afecto colegial entre los pastores del norte, del centro y del sur del continente»[1], al tiempo que se iniciaba una nueva etapa en las tareas evangelizadoras de estas tierras. Esta nueva época se abre hacia los nuevos desafíos que se avecinan en el tercer milenio, cuyo umbral estamos por cruzar. Y no cabe duda de que dichos desafíos serán grandes y complejos. La realización de este importante acontecimiento ha coincidido con la próxima conmemoración del centenario del Concilio Plenario de la América Latina, llevado a cabo en 1899 en la ciudad de Roma bajo el pontificado de León XIII, y que constituyó un punto de llegada y un punto de partida para nuevos rumbos en la vida de la Iglesia en el despliegue de su misión evangelizadora, así como un momento importante en la maduración de la autoconciencia de la identidad común de Latinoamérica. Esta expresión de colegialidad episcopal, inscrita en una historia que hunde sus raíces hasta las primeras juntas en el Caribe y los Concilios Provinciales de México y Lima, tuvo además un gran influjo en el peregrinar del Pueblo de Dios a lo largo de todo este siglo que culmina. De alguna manera las cuatro Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano —realizadas en Río de Janeiro, Medellín, Puebla y Santo Domingo— y el reciente Sínodo de América pueden considerarse como una prolongación de ese mismo espíritu de comunión en la fe, y se ubican en una línea de continuidad con dicha importante iniciativa. Ambas celebraciones nos invitan a realizar una mirada sobre los últimos cien años de la gesta evangelizadora de América Latina, en un esfuerzo por discernir el Plan de Dios, con los ojos y el corazón atentos a los signos de los tiempos. No se trata de un afán de contemplar las glorias de ayer o lamentar las limitaciones del pasado, sino más bien de «una mirada de fe sobre la historia»[2] que procura proyectar la luz del Evangelio sobre los nuevos desafíos que se presentan en este umbral del tercer milenio. Se trata pues de una pregunta por la fidelidad de la Iglesia a su identidad y misión en vistas a su renovación de cara a los nuevos tiempos. Lo primero que debe brotar del corazón de los hijos de las tierras al sur del río Grande al repasar su historia es el «gozo por la fe recibida» y una acción de «gracias a Cristo por este inmenso don»[3]. América Latina ha nacido forjada al calor del Evangelio, y la fe es un elemento constitutivo de su identidad. Como muy apropiadamente señalaron los Obispos en Puebla, la primera evangelización de estas tierras bien puede ser considerada una «evangelización constituyente»[4]. En lo más íntimo de su corazón aparece inscrita la fe católica. América Latina no puede entenderse a sí misma sino a la luz del Señor Jesús y de quien el Señor quiso señalar como Madre de todos, la Virgen María. El Santo Padre, con esa sensibilidad tan expresiva ante las manifestaciones de Dios en la historia de los pueblos, en el impresionante “encuentro de las generaciones” realizado en el estadio Azteca de la Ciudad de México, pudo exclamar: «¡América, tierra de Cristo y de María!»[5], apuntando así a la identidad más profunda de nuestras naciones. En efecto, América es la tierra de Cristo y de María porque ha sabido acoger la Buena Nueva del Evangelio. Es la tierra de Cristo, porque sus hijos y sus pueblos han renacido a una nueva vida en las aguas del Bautismo. Y es la tierra de María, porque desde la evangelización fundante la Virgen ha sabido conducir a sus habitantes al encuentro de su Hijo, el Señor Jesús. Ella, que con su intercesión maternal ha sido la Estrella de la primera evangelización, debe ser también la luz fulgurante que guíe las tareas de la Nueva Evangelización. Ahora el Papa Juan Pablo II invita a mirar la historia de todo el continente americano —ya no sólo la de América Latina— con los ojos de la fe que la Iglesia nos ha transmitido desde ese lejano día en que llegara la Cruz en la expedición del Almirante Cristóbal Colón. Se sembró entonces la semilla de la vida cristiana y se implantó la Iglesia en las tierras que después se conocerían como América. Como todo don, la fe recibida es fuente también de grandes responsabilidades. En respuesta a las innumerables gracias con que ha sido bendecida, la Iglesia en América está llamada a impulsar hoy, con renovado ardor, una nueva gesta evangelizadora que haga partícipes de las riquezas de la fe a todos los hombres y mujeres de este continente. Los urgentes y apremiantes desafíos que el nuevo milenio trae consigo reclaman del Pueblo de Dios un generoso esfuerzo evangelizador y reconciliador. Ello constituye una exigencia de coherencia para los pueblos latinoamericanos, puesto que no puede haber verdadero desarrollo de espaldas a la propia identidad. Por ello es necesaria una recuperación de la memoria histórica que lleve a tener muy claro que las raíces de los pueblos latinoamericanos se remontan más allá de la crisis de la independencia de comienzos del siglo XIX, hasta la primera evangelización. Éste es un elemento particularmente urgente a ser tomado en cuenta en estos tiempos de globalización, tiempos que amenazan con diluir las identidades en un peligroso proceso de homogeneización. Pero a la vez es un claro llamado a los pueblos del norte del continente, donde también ha sido sembrada la fe y ha dado frutos importantes, a que descubran la fecundidad de esa semilla de vida y se abran a la plenitud de la verdad que nos transmite la Iglesia. El Santo Padre está convocando de esta manera a las comunidades eclesiales a renovar su ardor para lanzarse con parresía a la gesta de la Nueva Evangelización. Y, al mismo tiempo, es también una invitación a que las dos expresiones culturales del continente, desde sus diversas historias, con sus desencuentros y distancias, descubran que sólo en el Señor Jesús podrán encontrar los fundamentos de la reconciliación. Se trata de un llamado a las comunidades eclesiales del Norte y del Sur a que tiendan nuevos y fuertes lazos de comunión y solidaridad, desde las riquezas y peculiaridades de cada cual, de cara a los desafíos de los tiempos advenientes. La Ecclesia in America Convocado en la perspectiva de los preparativos para el Gran Jubileo del año 2000, el Sínodo de América tuvo como marco de sus reflexiones precisamente las labores de la Nueva Evangelización, y su propósito consistió en examinar los medios que permitan a la Iglesia ser más fiel a su propia identidad y misión en este tiempo de grandes desafíos. Objetivo central de la Asamblea sinodal fue conducir a todos los hijos de este continente a un «encuentro con Jesucristo vivo», encuentro que por lo demás constituye el único «camino para la conversión, la comunión y la solidaridad en América». Como fruto de los trabajos sinodales, el Santo Padre ofrece ahora al Pueblo de Dios la exhortación apostólica Ecclesia in America. Es muy significativo que visitara México y el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe. También lo es que tras esa simbólica visita realizara otra a los Estados Unidos, a San Luis. «Estos tres siglos han sido la historia del amor de Dios derramado en esta parte de Estados Unidos, y la historia de una respuesta generosa a ese amor»[6], destacó el Papa en esa visita en que traía el mensaje de la Ecclesia in America. «Nuestra fe no es simplemente el resultado de nuestra búsqueda de Dios. En Jesucristo, Dios viene personalmente a hablarnos y a mostrarnos el camino para llegar a él»[7], afirmó. La trascendente visita a San Luis y la recuperación de una historia misional y evangelizadora de franceses y españoles que usualmente yace olvidada, constituyen, sin duda, una clave para interpretar mejor el sentido por el que se debe avanzar al encuentro de los nuevos tiempos. La Ecclesia in America recoge un rico elenco de orientaciones sobre diversos aspectos de la vida cristiana, teniendo como horizonte el tercer milenio de la fe. Se trata de un documento que, por la importancia y variedad de los temas tratados, exige una lectura reflexiva y una ponderada aplicación. Quizá el tema principal que recorre la exhortación apostólica de principio a fin es el de la urgencia de la Nueva Evangelización, convirtiéndose en una invitación concreta a vivir el encuentro con el Señor Jesús en la coherencia de la vida cristiana y en el anuncio de la Buena Nueva. «Como Pastor supremo de la Iglesia —señala el Santo Padre— deseo fervientemente invitar a todos los miembros del Pueblo de Dios, y particularmente a los que viven en el continente americano —donde por primera vez hice un llamado a un compromiso nuevo “en su ardor, en sus métodos, en su expresión”— a asumir este proyecto y a colaborar en él»[8]. De lo que se trata es de «suscitar una nueva primavera de santidad en el continente»[9]. Por ello la preocupación central del documento, como lo fue también del Sínodo, es propiciar un encuentro con Jesucristo vivo en la Iglesia, quien «es el camino a seguir para llegar a la plena realización personal, que culmina en el encuentro definitivo y eterno con Dios»[10]. Y es que, como señala el Papa Juan Pablo II recogiendo una de las proposiciones de los Obispos del Sínodo de América, «el Verbo de Dios, asumiendo en todo la naturaleza humana menos en el pecado (cf. Hb 4,11), manifiesta el plan del Padre, de revelar a la persona humana el modo de llegar a la plenitud de su propia vocación... Así, Jesús no sólo reconcilia al hombre con Dios, sino que lo reconcilia también consigo mismo, revelándole su propia naturaleza»[11]. De ese encuentro personal con el Señor Jesús brotarán el impulso apostólico y el dinamismo de renovación eclesial, de modo que «las Iglesias particulares del continente, como Iglesias hermanas y cercanas entre sí, acrecentarán los vínculos de cooperación y solidaridad para prolongar y hacer más viva la obra salvadora de Cristo en la historia de América»[12]. Fundadas en ese encuentro podrán proyectar un compromiso en vistas a intensificar la vivencia de la solidaridad en todos los niveles de la vida social, sobre todo con los más necesitados. Ése será también el sustento para edificar una cultura verdaderamente humana, la anhelada Civilización del Amor. Y será también el fundamento para poder ofrecer criterios de discernimiento y orientación ante los desafíos que está planteando el proceso de globalización. Se trata, pues, de un verdadero programa evangelizador que el Papa Juan Pablo II ha querido presentar al Pueblo de Dios que peregrina por el continente, programa que es tanto más urgente cuanto cada vez se descubren más los dramáticos síntomas de secularización que generan en nuestros pueblos un grave divorcio entre la fe y la vida. Se ha de lamentar que en muchos sectores vaya creciendo una suerte de prescindencia de Dios, que lleva a que se viva como si Dios no existiera. Este agnosticismo funcional viene ganando terreno con los nuevos modelos culturales que se difunden a través del proceso de globalización. La difusión de una selectividad arbitraria de los contenidos de la fe entre muchos es también un deplorable signo de falta de coherencia que debe responderse. La situación no es fácil, pues, para la vivencia de la fe en América. De ahí lo oportuna y necesaria de esta llamada a emprender una Nueva Evangelización que recoge con urgencia la Ecclesia in America. La exhortación apostólica recuerda también los principales desafíos y alienta al compromiso activo en el anuncio del Señor Jesús. Toca ahora que todos los hijos de la Iglesia —obispos, sacerdotes, consagrados y todos los laicos— pongan los medios a su alcance para aplicar sus propuestas en cada una de las distintas realidades. La recuperación de la identidad y la conciencia de que la coherencia entre fe y vida diaria es insoslayable, constituyen elementos fundamentales para que cada quien cumpla con su parte en el despliegue de la misión de la Iglesia de cara al siglo que está por empezar. |
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NOTAS
[1] Juan Pablo II, Homilía en la misa conclusiva del Sínodo para América, en la basílica de Guadalupe, Ciudad de México, 23/1/1999, 4. [2] Juan Pablo II, Homilía en la celebración eucarística de inauguración de la Asamblea especial para América del Sínodo de los Obispos, 16/11/1997, 1. [3] Ecclesia in America, 1. [4] Puebla, 6. [5] Juan Pablo II, Discurso durante el encuentro con todas las generaciones del siglo en el estadio Azteca, Ciudad de México, 23/1/1999, 5. [6] Juan Pablo II, Homilía durante la misa celebrada en el “Trans World Dome”, San Luis, 27/1/1999, 4. [7] Allí mismo, 1. [8] Ecclesia in America, 66. [9] Juan Pablo II, Homilía en la misa conclusiva del Sínodo para América, en la basílica de Guadalupe, Ciudad de México, 23/1/1999, 8. [10] Ecclesia in America, 10. [11] Lug. cit. [12] Ecclesia in America, 7.
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