EDITORIAL

La dignidad humana
en el umbral del tercer milenio

 

 

 

Cruzar el umbral de un nuevo siglo, y más aún de un nuevo milenio, es motivo y ocasión de reflexión. Son muchas las preguntas que se podrían hacer al terminar el siglo XX, pero hay una que aparece como ineludible: ¿Ha sido un tiempo bueno para la humanidad? No pocos se han planteado esta interrogante, aunque no siempre desde una óptica adecuada. Hacer un balance del siglo que termina implica preguntarse por aquello que hace de la existencia del ser humano algo pleno y auténtico, según el sentido profundo de su naturaleza. Se trata de una interrogante tan vieja como el mismo hombre, pero siempre actual. Y cuando la humanidad cruza el umbral de este nuevo milenio hay muchas razones que la exigen.

El siglo XX ha sido un siglo de contradicciones, de manera muy particular con respecto a la dignidad humana. Por un lado, se han dado desarrollos indudablemente alentadores para el hombre. La Declaración Universal de Derechos Humanos, por ejemplo, constituye una «piedra miliar»(1) en la historia de la humanidad —aunque no exenta de ambigüedades, en su formulación y sobre todo en su aplicación—. De alguna manera ha crecido la conciencia de la necesidad de tutelar y defender la dignidad humana contra discriminaciones o abusos. Ha habido logros importantes en ámbitos como la defensa de la mujer, la niñez, los pobres, los enfermos, y han surgido organizaciones que hacen un trabajo meritorio en algunos de estos campos de protección de la dignidad humana. A ello se suman los indudables beneficios que, en su aspecto positivo, el desarrollo tecnológico ha significado para la humanidad, y que han abierto tantas esperanzas.

Sin embargo, el siglo XX también ha sido testigo de verdaderas barbaries y atropellos contra la dignidad del ser humano. Podrían mencionarse las guerras —entre las que han destacado las dos Guerras Mundiales—, con su cruel sacrificio de vidas humanas y su secuela en destrucción. Otro capítulo lo constituyen las persecuciones por diversos motivos que llevaron a la organización de esas verdaderas "fábricas de muerte" llamadas campos de concentración, como fueron Auschwitz o el Gulag. Las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki son otra estremecedora muestra de la sofisticación de la cultura de muerte. Pero quizá lo más dramático de este tiempo sea el sistemático genocidio que se está llevando a cabo contra los no-nacidos a través del aborto. Situaciones como éstas han llevado a que este siglo haya sido considerado como el "siglo del horror". En ningún otro siglo ha habido un número semejante de muertes y de atropellos a la dignidad y a los derechos humanos, planificados muchas veces con frío cálculo técnico.

El Papa Juan Pablo II, atento observador de la situación del hombre y firme defensor del ser humano y de su dignidad inalienable, hizo un agudo diagnóstico, que conserva plena vigencia, en su primer viaje apostólico a América Latina, en 1979: «La nuestra es, sin duda, la época en que más se ha escrito y hablado sobre el hombre, la época de los humanismos y del antropocentrismo. Sin embargo, paradójicamente, es también la época de las más hondas angustias del hombre respecto de su identidad y destino, del rebajamiento del hombre a niveles antes insospechados, época de valores humanos conculcados como jamás lo fueron antes»(2).

El siglo que se abre corre el riesgo de continuar por el mismo sendero paradojal. Recientemente, por ejemplo, los derechos humanos, en lugar de salvaguardar la dignidad del hombre, se quieren utilizar para justificar el crimen del aborto(3). Si los derechos humanos, que para muchos constituyen la esperanza concreta de encontrar alguna salvaguarda jurídica de su dignidad, son susceptibles de tal deformación, ¿dónde encontrará la sociedad los recursos para detener las amenazas para la humanidad que significan proyectos como la clonación y la manipulación genética? ¿Todo estará sujeto al consenso? Precisamente, al despojar de valor a la persona no sólo no ha desaparecido sino que se acrecienta el peligro de lo que el Santo Padre ha llamado «la posibilidad de una subyugación "pacífica" de los individuos, de los ambientes de vida, de sociedades enteras y de naciones, que por cualquier motivo pueden resultar incómodos a quienes disponen de medios suficientes y están dispuestos a servirse de ellos sin escrúpulos»(4).

Si las esperanzas de la humanidad no se han hecho reales, si la proliferación de humanismos, de escritos y proclamas no ha sido capaz de garantizar la defensa y el respeto efectivo del ser humano, habría que interrogarse sobre cuáles son los motivos que explican esta situación contradictoria. ¿Cómo se explica que el ser humano siga estando desprotegido, oprimido y amenazado a pesar de tantas palabras que parecen enaltecerlo?

La razón fundamental hay que buscarla en la pérdida de la verdad sobre el ser humano. Las preguntas esenciales que se refieren a la existencia del hombre han perdido el lugar protagónico que deberían tener en la cultura. A ellas debería abrirse toda realidad humana: «¿quién soy? ¿de dónde vengo y a dónde voy? ¿por qué existe el mal? ¿qué hay después de esta vida?» (5).

La pregunta del hombre por su identidad y existencia viene siendo sustituida o bien por una indiferencia funcional y utilitarista, o bien por ideologías que pretenden hacer innecesaria la pregunta, afirmando tener la clave del camino para convertir la tierra en un utópico paraíso. Pero la imagen incompleta y mutilada del ser humano ha conducido siempre a la frustración de las esperanzas y a nuevas opresiones. Ahí están los economicismos, psicologismos, tecnologismos, biologismos, materialismos, con sus secuelas de extravío humano, injusticia y, tantas veces, muerte.

No hay que olvidar que en todas estas maneras de acallar y tergiversar la verdad sobre el ser humano se da —de manera explícita y militante en los ateísmos ideológicos, de manera furtiva, pero no por ello menos radical y destructiva, en el agnosticismo funcional de nuestro tiempo— lo que el Santo Padre describe como «el drama del hombre amputado de una dimensión esencial de su ser —el Absoluto— y puesto así frente a la peor reducción del mismo ser»(6). Aquí se debe buscar la explicación última de los atropellos contra el ser humano, la clave de esa falta de rumbo que se percibe en la humanidad hodierna. Lo señala el Papa Juan Pablo II: «Si no se reconoce la verdad trascendente, triunfa la fuerza del poder, y cada uno tiende a utilizar hasta el extremo los medios de que dispone para imponer su propio interés o la propia opinión, sin respetar los derechos de los demás. Entonces el hombre es respetado solamente en la medida en que es posible instrumentalizarlo para que se afirme en su egoísmo. La raíz del totalitarismo moderno hay que verla, por tanto, en la negación de la dignidad trascendente de la persona humana, imagen visible de Dios invisible y, precisamente por esto, sujeto natural de derechos que nadie puede violar»(7).

La exclusión de Dios —como afirmaba el Papa Pablo VI, recogiendo unas reflexiones del que luego sería Cardenal Henri de Lubac— no puede dejar de tener consecuencias: «Un humanismo cerrado, insensible a los valores del espíritu y a Dios mismo, que es su fuente, podría aparentemente triunfar. Es indudable que el hombre puede organizar la tierra sin Dios: pero sin Dios, al fin y al cabo, no puede organizarla sino contra el hombre. Un humanismo exclusivo es un humanismo inhumano»(8). Si Dios desaparece, como hace decir Fiodor Dostoyevski a uno de los personajes de Los hermanos Karamasov, «todo es lícito, todo se puede hacer»(9), y «todo está permitido»(10). Es ésta la encrucijada del ser humano al iniciarse el siglo XXI.

De cara a esta mirada retrospectiva al siglo que termina tomamos conciencia de la gravedad de la presente ruptura entre la fe y la cultura, que el Papa Pablo VI consideraba el drama de nuestro tiempo(11). Cuando la verdad del Evangelio deja de informar la cultura, nutriendo la dinámica de encuentro que está en el corazón de la misma y sosteniéndola como ámbito espacioso que abre a los seres humanos a la verdad sobre sí mismos y al dinamismo de encuentro que se manifiesta en plenitud en el encuentro con el Señor de la vida, el vacío que deja termina siendo llenado por sucedáneos, por ídolos que el hombre edifica para intentar acallar la voz que clama en su interior. Por eso hemos asistido durante el siglo XX, y seguimos asistiendo, al fútil intento de construir a nivel global una cultura de sucedáneos.

Para romper con esta situación, el reto actual es asumir con todas sus consecuencias el anuncio del Señor Jesús, en el horizonte de una efectiva evangelización de la cultura. La cultura, como ámbito y expresión de lo humano, no puede subsistir alejada de la verdad del Evangelio si aspira a ser auténticamente humana. Debe dejarse nutrir desde dentro por la cosmovisión, los valores y las esperanzas de la fe, para encontrar el sentido de la existencia humana en todas sus dimensiones.

Para que la verdad sobre el hombre que ofrece la Revelación ilumine la existencia humana, es necesario hoy afrontar el reto que plantea el Papa Juan Pablo II en la Fides et ratio, citando un discurso de Pablo VI: «El punto capital y como el meollo de la solución casi profética a la nueva confrontación entre la razón y la fe, consiste en conciliar la secularidad del mundo con las exigencias radicales del Evangelio, sustrayéndose así a la tendencia innatural de despreciar el mundo y sus valores, pero sin eludir las exigencias supremas e inflexibles del orden sobrenatural»(12).

Esto significa superar aquella tendencia que contrapone al hombre y a Dios, que considera o bien que la realización del hombre supone la supresión de Dios, o bien que la afirmación de Dios lleva necesariamente a que el hombre deba renunciar a realizarse en su humanidad. Como enseña el Santo Padre, «mientras las diversas corrientes del pasado y presente del pensamiento humano han sido y siguen siendo propensas a dividir e incluso contraponer el teocentrismo y el antropocentrismo, la Iglesia en cambio, siguiendo a Cristo, trata de unirlas en la historia del hombre de manera orgánica y profunda»(13). Para que el Evangelio llegue a humanizar la cultura, es necesario aproximarse a la tarea de ser persona humana desde un antropocentrismo abierto a Dios, un antropocentrismo teologal, que al mostrar la íntima armonía entre la gloria de Dios y la realización del hombre, responde a la raíz de las rupturas presentes en la cultura hodierna.

En ese antropocentrismo teologal todas las realidades terrenas adquieren su auténtico sentido y consistencia. Superando toda «ilusión de autonomía que ignore la dependencia esencial de Dios de toda criatura —incluido el hombre—»(14), se debe proclamar con claridad que «la vida humana y el mundo tienen un sentido y están orientados hacia su cumplimiento, que se realiza en Jesucristo»(15). En el misterio de la Encarnación, que es el misterio del Señor Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, «alcanza su culmen el sentido de la existencia. En efecto, se hace inteligible la esencia íntima de Dios y del hombre. En el misterio del Verbo Encarnado se salvaguardan la naturaleza divina y la naturaleza humana, con su respectiva autonomía, y a la vez se manifiesta el vínculo único que las pone en recíproca relación sin confusión»(16).

Las diversas contradicciones del último siglo se superarán si las dimensiones de la existencia humana se abren a este vínculo único, que permite armonizar y unir lo divino y humano, si se reconoce y proclama que «el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo Encarnado»(17), pues «en Él, la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevada también en nosotros a dignidad sin igual»(18).


NOTAS

1. Juan Pablo II, Discurso a la Organización de las Naciones Unidas, Nueva York, 2/10/1979, 7. Ver también Redemptor hominis, 17.
2. Juan Pablo II, Discurso inaugural, Puebla, 28/1/1979, I,9.
3. Se trata de la estrategia, llamada "enfoque de los derechos humanos", por medio de la cual se quiere obligar a los países que aún prohíben el aborto a admitirlo, considerando la defensa de los indefensos como una violación de los derechos de los que podrían querer recurrir a ese crimen.
4. Juan Pablo II, Dives in misericordia, 11.
5. Juan Pablo II, Fides et ratio, 1.
6. Juan Pablo II, Discurso inaugural, Puebla, 28/1/1979, I,9.
7. Juan Pablo II, Centesimus annus, 44.
8. Pablo VI, Populorum progressio, 42. Ver Henri de Lubac, El drama del humanismo ateo, Encuentro, Madrid 21990, p. 11.
9. Fiodor M. Dostoyevski, Los hermanos Karamasov, Aguilar, Madrid 1960, p. 879.
10. Allí mismo, p. 964.
11. Ver Pablo VI, Evangelii nuntiandi, 20.
12. Juan Pablo II, Fides et ratio, 43.
13. Juan Pablo II, Dives in misericordia, 1.
14. Juan Pablo II, Fides et ratio, 80.
15. Lug. cit.
16. Lug. cit.
17. Gaudium et spes, 22.
18. Lug. cit.

 

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VE setiembre-diciembre de 1999, año 15, No. 44
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