EDITORIAL

Señor Jesús

 

 

 

«Señor Jesús» -Kurie Ihsou-: invocando al Reconciliador con este título se cierra el canon de las Escrituras. El libro del Apocalipsis, en efecto, concluye con el siguiente diálogo solemne: «"Sí, vengo pronto". ¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús! Que la gracia del Señor Jesús sea con todos. ¡Amén!» (Ap 22,20-21).

El título «Señor Jesús» expresa de forma integral la naturaleza y misión del Reconciliador. En el "nombre del Señor Jesús" (1) se declara la esencia de la confesión de la fe, que constituye también el contenido fundamental de la predicación evangélica: «Nadie puede decir: "¡Jesús es Señor!" sino con el Espíritu Santo» (1Cor 12,3); «si confiesas con tu boca que Jesús es Señor y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo» (Rom 10,9).

En la fórmula «Señor Jesús» se renueva sintéticamente la confesión de que el hombre de la historia que conocemos como Jesús es, Él mismo, el Señor, el Dios verdadero. Así se recoge de alguna manera en estas dos palabras la integridad del misterio cristiano, superando al mismo tiempo toda tentación de introducir una separación falaz entre un supuesto Cristo de la fe y un Jesús de la historia meramente humano, como pretende la llamada exégesis racionalista.

En el muy significativo contexto del Año Jubilar ha aparecido con ese mismo título, «Dominus Iesus» -Señor Jesús-, la Declaración de la Congregación para la Doctrina de la Fe «sobre la unicidad y la universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia». Se trata de un pronunciamiento que se coloca en el mismo corazón de las celebraciones de los dos mil años de la Encarnación del Verbo, subrayando, por así decirlo, la claridad y profundidad doctrinal que los nuevos tiempos reclaman. Ello ha sido puesto de relieve de manera muy significativa por la fórmula con la que el Santo Padre ha querido expresar su aprobación del Documento: «con ciencia cierta y con su autoridad apostólica» (2).

Como se ha señalado reiteradas veces, la Declaración no propone ninguna novedad, sino que, por el contrario, trata de «exponer nuevamente la doctrina de la fe católica» (3), recogiendo las enseñanzas de la Sagrada Escritura, de la Sagrada Tradición y del Magisterio, para «corroborar las verdades que forman parte del patrimonio de fe de la Iglesia» (4). La Declaración busca que, recordando algunos contenidos esenciales de la Revelación, la reflexión de fe de los creyentes esté en condiciones de «confirmar de nuevo la fe de la Iglesia» y de «dar razón de su esperanza de modo convincente y eficaz» (5).

Con ello la Dominus Iesus se pone en clara continuidad con la enseñanza de siempre de la Iglesia. En ese mismo sentido expresa su armonía con el Magisterio del Papa Juan Pablo II; por ejemplo con la Fides et ratio, en la reafirmación de la convicción de que la revelación cristiana es «en la historia "la verdadera estrella que orienta" (6) a toda la humanidad» (7). Al acoger la autoridad de la verdad «que es Cristo» (8), la familia humana se hace capaz de acoger el don de la reconciliación que hace concreta la aspiración a la unidad de toda la familia humana: «Desde lugares y tradiciones diferentes todos están llamados en Cristo a participar en la unidad de la familia de los hijos de Dios... Jesús derriba los muros de la división y realiza la unificación de forma original y suprema mediante la participación en su misterio. Esta unidad es tan profunda que la Iglesia puede decir con San Pablo: "Ya no sois extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios" (Ef 2,19)» (9).

Al hacer frente a algunas corrientes que ponen en cuestión la misión evangelizadora de la Iglesia, la Dominus Iesus expresa su armonía con otros documentos fundamentales del actual pontificado. De la Redemptoris missio, por ejemplo, son las siguientes palabras, de clara sintonía con la reciente Declaración: «Con pleno respeto de todas las creencias y sensibilidades, ante todo debemos afirmar con sencillez nuestra fe en Cristo, único salvador del hombre; fe recibida como un don que proviene de lo Alto, sin mérito por nuestra parte. Decimos con San Pablo: "No me avergüenzo del Evangelio, que es una fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree" (Rom 1,16). Los mártires cristianos de todas las épocas -también los de la nuestra- han dado y siguen dando la vida por testimoniar ante los hombres esta fe, convencidos de que cada hombre tiene necesidad de Jesucristo, que ha vencido el pecado y la muerte, y ha reconciliado a los hombres con Dios» (10).

Años antes el Papa Pablo VI, en la Evangelii nuntiandi -cuyo 25 aniversario estamos celebrando- había recordado con igual claridad y fuerza que «ni el respeto ni la estima hacia estas religiones, ni la complejidad de las cuestiones planteadas implican para la Iglesia una invitación a silenciar ante los no cristianos el anuncio de Jesucristo. Al contrario, la Iglesia piensa que estas multitudes tienen derecho a conocer la riqueza del misterio de Cristo (ver Ef 3,8), dentro del cual creemos que toda la humanidad puede encontrar, con insospechada plenitud, todo lo que busca a tientas acerca de Dios, del hombre y de su destino, de la vida y de la muerte, de la verdad» (11). E insistía el Papa Pablo: «¿Puede ser un crimen contra la libertad ajena proclamar con alegría la Buena Nueva conocida gracias a la misericordia del Señor?» (12).

La generalidad de los creyentes ha sabido acoger la invitación extendida «en la cumbre del Año Jubilar» por el Papa Juan Pablo II mediante la Dominus Iesus «a renovar su adhesión a Él con la alegría de la fe, testimoniando unánimemente que Él es, también hoy y mañana, "el camino, la verdad y la vida" (Jn 14,6)» (13). Pero, con verdadera lástima, se han escuchado algunas voces discordantes. Esta dolorosa situación llevó al Santo Padre a expresar «que esta Declaración, que tanto aprecio, después de tantas interpretaciones equivocadas, cumpla finalmente su función clarificadora y, al mismo tiempo, de apertura» (14). El Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Cardenal Joseph Ratzinger, se ha referido también a ellas en una extensa y esclarecedora entrevista (15).

Las objeciones provenientes de fuera de la Iglesia, ante un documento dirigido a los hijos de la Iglesia y en el cual no se hace más que recordar enseñanzas fundamentales de la fe, no pueden dejar de producir cierto estupor. Cuando algunos interlocutores se consideran con derecho a determinar qué puede creer o no creer la Iglesia para que sea admitida al diálogo, resulta claro hasta qué punto un diálogo concebido de esa manera restrictiva termina siendo una ilusión perniciosa en la que se pierden de vista las exigencias del respeto a la identidad y a la verdad.

Si ha habido quienes han reaccionado negativamente ante la proclamación de verdades que como interlocutores deberían respetar y reconocer como propias del testimonio que la Iglesia da del Señor Jesús y de sí misma, también es bueno recordar que la Declaración ha sido recibida con alegría por quienes entienden que la claridad y sinceridad del diálogo reclaman que quienes participan en él expongan en profundidad su doctrina.

La Declaración se refiere claramente al influjo negativo del contexto cultural del relativismo y del pensamiento débil, en donde se encuentran presentes presupuestos «que obstaculizan la inteligencia y la acogida de la verdad revelada». Entre ellos menciona «la convicción de la inaferrabilidad y la inefabilidad de la verdad divina», «la actitud relativista con relación a la verdad, en virtud de la cual aquello que es verdad para algunos no lo es para otros», «el subjetivismo de quien, considerando la razón como única fuente de conocimiento, se hace "incapaz de levantar la mirada hacia lo alto para atreverse a alcanzar la verdad del ser"», junto con «la dificultad para comprender y acoger en la historia la presencia de eventos definitivos y escatológicos» y «el vaciamiento metafísico del evento de la encarnación histórica del Logos eterno» (16).

Hay que reconocer que en ciertos ambientes no es infrecuente la ausencia de un testimonio claro de fe. Hemos de recordar con cariño y con fidelidad las enseñanzas de ese gran promotor del diálogo que fue el Papa Pablo VI, quien precisamente en tiempos del Concilio, en su encíclica programática Ecclesiam suam señalaba: «La solicitud por acercarse a los hermanos no debe traducirse en una atenuación o en una disminución de la verdad. Nuestro diálogo no puede ser una debilidad frente al deber con nuestra fe. El apostolado no puede transigir con una especie de compromiso ambiguo respecto a los principios de pensamiento y de acción que han de señalar nuestra cristiana profesión. El irenismo y el sincretismo son en el fondo formas de escepticismo respecto a la fuerza y al contenido de la palabra de Dios que queremos predicar» (17).

El hecho de que críticas a la Dominus Iesus hayan provenido no sólo de fuera de la Iglesia, sino también de algunos de sus hijos es, sin duda, un triste recordatorio de la crisis que atraviesa el Pueblo de Dios en su camino en la historia. A pesar de las reiteradas advertencias de los Sucesores de Pedro, hay quienes siguen recurriendo a «pretextos que parecen oponerse a la evangelización» (18). No hay que olvidar que, como indicaba sabiamente Pablo VI, entre estos pretextos «los más insidiosos son ciertamente aquellos para cuya justificación se quieren emplear ciertas enseñanzas del Concilio» (19).

De cara al siglo XXI, al autorizar y señalar su confianza en la Dominus Iesus, el Papa Juan Pablo II ha querido salir al frente de aquellas tendencias que debilitan la fe y el fervor apostólico e incluso renuncian al testimonio evangelizador que le corresponde a la Iglesia. Lo ha hecho volviendo una y otra vez sobre las enseñanzas conciliares, poniendo de manifiesto hasta qué punto son distorsionados los «pretextos» que pretenden basarse en la enseñanza conciliar para poner en cuestión la unicidad y la universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia. La Declaración marca un hito en la necesaria renovación de la fe y de la misión de los hijos de la Iglesia, para hacer frente a los desafíos actuales y del porvenir. Dicha renovación pasa por el «reconocimiento gozoso porque Cristo se nos ha manifestado sin ningún mérito de nuestra parte» (20). Ese reconocimiento, «al mismo tiempo, nos ha comprometido a seguir dando lo que hemos recibido y también a comunicar a los demás lo que se nos ha dado, porque la verdad dada y el amor que es Dios pertenecen a todos los hombres» (21)


NOTAS

1. Hch 8,16; 19,5.13.17; 21,13; 1Cor 5,4; Col 3,17; 2Tes 1,12. [Regresar]

2. Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Dominus Iesus, sobre la unicidad y la universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia, 6/8/2000, Conclusión. [Regresar]

3. Dominus Iesus, 3. [Regresar]

4. Lug. cit. [Regresar]

5. Dominus Iesus, 23. [Regresar]

6. Ver Juan Pablo II, Fides et ratio, 15. [Regresar]

7. Dominus Iesus, 23. [Regresar]

8. Juan Pablo II, Fides et ratio, 92, citado en Dominus Iesus, 23. [Regresar]

9. Juan Pablo II, Fides et ratio, 70, citado en Dominus Iesus, 23. [Regresar]

10. Juan Pablo II, Redemptoris missio, 11. [Regresar]

11. Pablo VI, Evangelii nuntiandi, 53. [Regresar]

12. Allí mismo, 80 [Regresar]

13. Juan Pablo II, Meditación a la hora del Ángelus, 1/10/2000, 1. [Regresar]

14. Lug. cit. [Regresar]

15. Ver Entrevista al Cardenal Joseph Ratzinger sobre la Declaración "Dominus Iesus", en «L'Osservatore Romano», edición semanal en lengua española, 20/10/2000. [Regresar]

16. Dominus Iesus, 4. [Regresar]

17. Pablo VI, Ecclesiam suam, 33. [Regresar]

18. Pablo VI, Evangelii nuntiandi, 80. [Regresar]

19. Lug. cit. [Regresar]

20. Juan Pablo II, Meditación a la hora del Ángelus, 1/10/2000, 1. [Regresar]

21. Lug. cit. [Regresar]

 

VE autoriza la reproducción total o parcial del presente documento sin modificación alguna y manteniendo la integridad de su sentido, pidiendo que se consigne la fuente: "VE setiembre-diciembre de 1999, año 15, No. 44 VIDA Y ESPIRITUALIDAD".
La versión electrónica de este documento ha sido realizada por VE Multimedios.
Derechos reservados (©) VE Multimedios™.

VE setiembre-diciembre de 2000, año 16, No. 47
Vida y Espiritualidad
Página principal

Contenido