EDITORIAL

¡Remar mar adentro!

 

 

 

Al abrirse el nuevo milenio el Papa Juan Pablo II ha querido, haciéndose eco de las palabras del Señor Jesús, lanzar un clamor esperanzado de exigente aliento y visión al futuro: «Duc in altum!», «Remar mar adentro». Las palabras que el Sucesor de Pedro ha recogido como lema de este tiempo de graves retos son una enérgica invitación a proyectarse hacia el futuro, con una acción fundada en la fe, a mirar el horizonte evangelizador que se abre al Pueblo de Dios, haciendo frente a los desafíos de los nuevos tiempos: «Sobre todo, queridos hermanos y hermanas -nos ha recordado el Santo Padre-, es necesario pensar en el futuro que nos espera» (1). «Ahora tenemos que mirar hacia adelante, debemos "remar mar adentro", confiando en la palabra de Cristo: Duc in altum!». Son las palabras mismas del Señor Jesús las que nos empujan «a emplear en iniciativas concretas el entusiasmo experimentado» (2) durante el Jubileo, llevándolo a la obra apostólica.

Desde la centralidad del Señor Jesús

La apertura a los retos futuros, el ponerse con energía manos a la obra, parte de un fundamento sólido, que constituye la herencia fundamental del Gran Jubileo del 2000 y que ha de sostener el trabajo de la Iglesia en los nuevos tiempos: el encuentro con el Señor Jesús, que ha sido el corazón de la experiencia jubilar. Ese encuentro reiterado y gozoso con Jesucristo es el "núcleo esencial" (3) de la herencia del Jubileo y el único fundamento capaz de sostener y alentar la renovación de la pastoral de la Iglesia de cara a los nuevos retos, así como todo el horizonte de la nueva evangelización. Quien nos impulsa no es "una fórmula", sino «una Persona y la certeza que ella nos infunde: ¡Yo estoy con vosotros!». En realidad, todo el programa de la Iglesia, que es «el de siempre, recogido por el Evangelio y la Tradición viva» se centra en «Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en Él la vida trinitaria y transformar con Él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste» (4).

Por ello, ya que el horizonte se basa en última instancia en el Señor Jesús y en el encuentro con Él en la Iglesia, el Santo Padre ha creído necesario, a fin de disponer al Pueblo de Dios para los nuevos tiempos, reafirmar el acceso confiable y seguro al verdadero Reconciliador que tenemos en la Sagrada Escritura.

Juan Pablo II reitera enérgicamente la fiabilidad del testimonio de los Evangelios, saliendo al frente de diversas corrientes racionalistas que la han puesto en duda en los últimos siglos. Precisando que se trata de una visión de fe y que «los Evangelios no pretenden ser una biografía completa de Jesús según los cánones de la ciencia histórica moderna» (5), el Papa sostiene tajantemente que su enseñanza de fe está «avalada por un testimonio histórico preciso», añadiendo que se trata de «un testimonio verídico que los Evangelios, no obstante su compleja redacción y con una intención primordialmente catequética, nos transmitieron de una manera plenamente comprensible» (6). Recogiendo la enseñanza del Concilio Vaticano II, el Sucesor de Pedro insiste en que de los Evangelios «emerge el rostro del Nazareno con un fundamento histórico seguro, pues los evangelistas se preocuparon de presentarlo recogiendo testimonios fiables (ver Lc 1,3) y trabajando sobre documentos sometidos al atento discernimiento eclesial» (7).

No se puede exagerar la importancia de estas verdades, en las que se juega el acceso que tenemos al verdadero rostro de nuestro Reconciliador. En efecto, si el acceso histórico a Jesucristo estuviera cerrado, nuestra fe en Él no tendría fundamento objetivo y nuestra vida cristiana estaría librada al subjetivismo. Además, el escepticismo ante el testimonio de los Evangelios debilitaría nuestro propio testimonio en un mundo hundido en el relativismo y en el agnosticismo funcional. Si la fe en el Señor Jesús no tuviese fundamentos sólidos, poco tendríamos que ofrecer a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, tentados una y otra vez por las ilusiones y por la desesperación precisamente por no encontrar una roca firme para fundar sus existencias.

Junto con la fiabilidad histórica del testimonio evangélico, el Santo Padre nos recuerda que la imagen del Señor que encontramos en los Evangelios sólo la podemos comprender por medio de la fe. Hablando de los Apóstoles al encontrarse con el Señor Jesús, el Papa señala con hermosas palabras: «Sólo la fe podía franquear plenamente el misterio de aquel rostro» (8), inaccesible a ojos que se fundan únicamente en la carne y la sangre (9). Para conocer al Señor Jesús no basta con tener la mirada superficial que tenía la "gente", de la que se nos habla en el pasaje de la confesión de Pedro, sino que hay que mirar con los ojos de la fe, que constituye un «ulterior grado de conocimiento, que atañe al nivel profundo»: «Sólo la fe profesada por Pedro, y con él por la Iglesia de todos los tiempos, llega realmente al corazón, alcanzando la profundidad del misterio: "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo" (Mt 16,16)» (10).

Esa fe, "no menos preciosa que la de los apóstoles" (2Pe 1,1), profesada en comunión con Pedro y sus sucesores, es un camino de crecimiento: «A Jesús no se llega verdaderamente más que por la fe, a través de un camino» (11), como los discípulos de Emaús, que «creyeron sólo después de un laborioso itinerario espiritual (ver Lc 24,13-35)» (12). La Iglesia toda debe emprender una vez más al inicio del tercer milenio este camino de la fe, que parte del Bautismo y conduce a la plenitud de la vida cristiana.

De la confesión eclesial del misterio del Reconciliador depende la luz que Él arroja sobre el misterio de la existencia humana, pues «Cristo, siendo Dios y hombre, nos revela también el auténtico rostro del hombre, "manifiesta plenamente el hombre al propio hombre"» (13). Como enseñó la Gaudium et spes, la verdadera "antropología", la comprensión plena del misterio de la existencia humana, sólo se da a partir de la profesión de fe en Jesucristo: «En el misterio de la Encarnación están las bases para una antropología que es capaz de ir más allá de sus propios límites y contradicciones, orientándose hacia Dios mismo, más aún, hacia la meta de la "divinización", a través de la incorporación a Cristo del hombre redimido, admitido a la intimidad de la vida trinitaria» (14).

El Papa no ha dejado de señalar, al recordar su encuentro con los jóvenes en Tor Vergata durante el Gran Jubileo, cómo esta verdad es una realidad existencial viva y actuante, que se hace patente en «el mensaje de una juventud que manifiesta un deseo profundo, a pesar de posibles ambigüedades, de los valores auténticos que tienen su plenitud en Cristo. ¿No es Cristo el secreto de la verdadera libertad y de la alegría profunda del corazón? ¿No es Cristo el amigo supremo y a la vez el educador de toda amistad auténtica? Si a los jóvenes se les presenta a Cristo con su verdadero rostro, lo experimentan como una respuesta convincente y son capaces de acoger su mensaje, aunque sea exigente y esté marcado por la Cruz» (15).

El Santo Padre ha querido detenerse en particular en las luces que para nuestras vidas surgen del rostro del dolor misterioso del Hijo, de su noche oscura, «que emerge en el grito de dolor, aparentemente desesperado, que Jesús da en la cruz: "'Eloí, Eloí, ¿lema sabactaní?' -que quiere decir- '¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?'" (Mc 15,34). ¿Es posible imaginar un sufrimiento mayor, una oscuridad más densa?». Ahora bien, ese grito del Señor «no delata», como pudiera parecer a una mirada superficial, «la angustia de un desesperado, sino la oración del Hijo que ofrece su vida al Padre por amor para la salvación de todos» (16). Por eso incluso en medio de la angustia de Getsemaní, el Hijo siguió íntimamente unido al Padre, a quien siguió invocando «con su habitual y tierna expresión de confianza: "¡Abbá, Padre!"» (17). En la reiteración de esa invocación confiada, que expresa en profundidad el vínculo que une al Señor Jesús con el Padre desde la eternidad y en cada instante de su existencia terrena, de su vida y de su obrar, podemos percibir cómo en el momento de la Pasión alcanza su plenitud el amor obediencial del Hijo.

Estamos también ante la misteriosa conjunción de dolor y alegría, ante la «presencia simultánea de estas dos dimensiones aparentemente inconciliables», pero que «está arraigada realmente en la profundidad insondable de la unión hipostática» (18). El misterio de la copresencia del sufrimiento y el despliegue personal, que sólo se puede entender desde la comprensión del sentido reconciliador del sufrimiento que nos sale al encuentro en el altar del Gólgota, es para el Santo Padre una de las claves para la misión de la Iglesia al iniciar el nuevo siglo. El Pueblo de Dios debe recorrer el camino desde el «rostro ensangrentado, en el cual se esconde la vida de Dios y se ofrece la salvación del mundo», hacia el reconocimiento gozoso de que «¡Él es el Resucitado!», y de que la «resurrección fue la respuesta del Padre a la obediencia de Cristo» (19).

La profesión de fe en el Señor Jesús es también «una mirada del corazón hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros». Su luz misteriosa, nos dice el Papa, «ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado» (20). La fe en el Señor Jesús nos congrega en un solo Pueblo de Dios: «Creo en la Iglesia, que es una». El Santo Padre nos recuerda que «esto, que manifestamos en la profesión de fe, tiene su fundamento último en Cristo, en el cual la Iglesia no está dividida» (21). La mirada a la Comunión Trinitaria ha de plasmarse, pues, en una «espiritualidad de la comunión», ya que la unidad de Cristo con el Padre en el Espíritu es «el lugar de donde brota la unidad de la Iglesia» (22).

Esa espiritualidad de la comunión es garantizada por los «servicios específicos de la comunión que son el ministerio petrino y, en estrecha relación con él, la colegialidad episcopal», «realidades que tienen su fundamento y su consistencia en el designio mismo de Cristo sobre la Iglesia, pero que precisamente por eso necesitan una continua verificación que asegure su auténtica inspiración evangélica» (23). Esa verificación debe manifestarse en la fidelidad al magisterio del Sucesor de Pedro y en la cercanía a los sucesores de los Apóstoles en comunión con él, pero también en que en la vida del Pueblo de Dios se haga patente el amor fraterno: en la «capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico y, por tanto, como "uno que me pertenece"». Es la espiritualidad de la comunión la que hace de la unidad de la Iglesia una realidad viva: «Sin este camino espiritual de poco servirían los instrumentos externos de la comunión. Se convertirían en medios sin alma, máscaras de comunión, más que sus modos de expresión y crecimiento» (24).

A partir de esa «comunión intraeclesial, la caridad se abre por su naturaleza al servicio universal, proyectándonos hacia la práctica de un amor activo y concreto con cada ser humano» (25), que debe plasmarse generosamente en la caridad hacia los más necesitados. En esa proyección el Santo Padre nos pide recurrir, como signo de su carácter específicamente cristiano, a la «"creatividad de la caridad", que promueva no tanto y no sólo la eficacia de las ayudas prestadas, sino la capacidad de mostrarse cercanos y solidarios con quien sufre, para que el gesto de ayuda sea sentido no como limosna humillante, sino como un compartir fraterno» (26).

El horizonte de la nueva evangelización

De la experiencia de comunión de fe al interior de la Iglesia brota también el servicio evangelizador. La profundización en el misterio del Señor Jesús, la acogida eclesial de la verdad que irradia desde Él sobre nuestras existencias no puede no impulsarnos a la misión apostólica: «Quien ha encontrado verdaderamente a Cristo no puede tenerlo sólo para sí; debe anunciarlo» (27). Por eso, nos dice el Santo Padre, la Iglesia al final del Jubileo «reanuda hoy su camino para anunciar a Cristo al mundo, al inicio del tercer milenio: Él "es el mismo ayer, hoy y siempre" (Hb 13,8)» (28). El Pueblo de Dios jamás «puede sustraerse a la actividad misionera hacia los pueblos», a la tarea de «anunciar que en Cristo, "camino, verdad y vida" (Jn 14,6), los hombres encuentran la salvación» (29). Se trata de lanzarse a cumplir el mandato misionero con «el mismo entusiasmo de los cristianos de los primeros tiempos. Para ello podemos contar con la fuerza del mismo Espíritu, que fue enviado en Pentecostés y que nos impulsa hoy a partir nuevamente sostenidos por la esperanza "que no defrauda" (Rm 5,5)» (30).

El Papa reitera una vez más «la "llamada" a la nueva evangelización», que ha lanzado una y otra vez a lo largo de los años, invocando a «revivir en nosotros el celo apremiante de San Pablo, que exclamaba: "¡ay de mí si no predicara el Evangelio!"». Se trata de una pasión apostólica que no puede estar circunscrita a «unos pocos "especialistas"», sino que debe «implicar la responsabilidad de todos los miembros del pueblo de Dios», el «compromiso cotidiano de las comunidades y de los grupos cristianos» (31).

Hay que predicar, además, a todos, «con confianza», «sin ocultar nunca las exigencias más radicales del mensaje evangélico» y al mismo tiempo «atendiendo a las exigencias de cada uno, por lo que se refiere a la sensibilidad y al lenguaje, según el ejemplo de San Pablo que decía: "Me he hecho todo a todos para salvar a toda costa a algunos" (1Co 9,22)» (32).

Para que la predicación del Evangelio sea eficaz, es necesario que tenga el respaldo de la santidad. Por eso la santidad debe convertirse en la primera prioridad pastoral de la Iglesia (33). Al final del Jubileo el Papa ha querido recordar que la vocación universal a la santidad, afirmada por el Concilio Vaticano II, constituye «una dinámica intrínseca y determinante» del Pueblo de Dios, con raíces en el Bautismo: «el don se plasma... en un compromiso que ha de dirigir toda la vida cristiana: "Ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación" (1Ts 4,3)» (34). Se trata de un compromiso que exige a todos esforzarse por alcanzar la realización propia en la vida cristiana plena, pues «sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial» (35).

Esta perfección está abierta a todos; no es algo «sólo practicable por algunos "genios" de la santidad», sino que se puede vivir en la vida cotidiana, como lo manifiesta el testimonio de tantos que «se han santificado en las circunstancias más ordinarias de la vida». Por ello es necesario tener en cuenta «que los caminos de la santidad son personales y exigen una auténtica pedagogía de la santidad capaz de adaptarse a los ritmos de cada persona». El Santo Padre ha querido poner de relieve, junto a las «formas tradicionales de ayuda personal y de grupo», el valor de «las formas más recientes ofrecidas en las asociaciones y en los movimientos reconocidos por la Iglesia» (36).

El Papa se detiene en particular en algunos de los elementos que deben estar presentes en esa pedagogía de la santidad: la oración, la participación en la Eucaristía y el recurso al sacramento de la Reconciliación, todo ello en una aproximación al esfuerzo en la santificación personal y al apostolado donde se integre equilibradamente la primacía de la gracia y la necesidad de una cooperación efectiva: «Dios nos pide una colaboración real a su gracia y, por tanto, nos invita a utilizar todos los recursos de nuestra inteligencia y capacidad operativa en nuestro servicio a la causa del Reino. Pero no se ha de olvidar que, "sin Cristo no podemos hacer nada" (ver Jn 15,5)» (37).

¿Cómo hacer vida, de cara a los desafíos del inicio del nuevo milenio, la renovación eclesial y personal, en santidad y en servicio evangelizador, que el encuentro con el Señor Jesús ha impulsado con fuerza durante el Jubileo?

Para el Papa Juan Pablo II, una pista fundamental es volver sobre la herencia del Concilio Vaticano II, el acontecimiento eclesial que, suscitado por el Espíritu, dispuso al Pueblo de Dios para los nuevos desafíos y cuya plena acogida es una tarea pendiente para el tercer milenio: «A medida que pasan los años -señala el Sucesor de Pedro-, aquellos textos no pierden su valor ni su esplendor. Es necesario leerlos de manera apropiada y que sean conocidos y asimilados como textos cualificados y normativos del Magisterio, dentro de la Tradición de la Iglesia. Después de concluir el Jubileo, siento más que nunca el deber de indicar el Concilio como la gran gracia de la que la Iglesia ha recibido en el siglo XX. Con el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza» (38).

Además está la maternal presencia de la Madre del Reconciliador. Durante el Jubileo, «no podía faltar, junto al recuerdo del... Hijo, el de la Madre». A su solicitud materna el Santo Padre confió «la vida de los hombres y de las mujeres del nuevo milenio» (39). Ella nos muestra el camino para emprender el itinerario de la fe. Para el encuentro con el Señor «hemos de imitar la contemplación de María, la cual, después de la peregrinación a la ciudad santa de Jerusalén, volvió a su casa de Nazaret meditando en su corazón el misterio del Hijo (ver Lc 2,51)» (40). Y la Pedagoga del Evangelio es también la que nos precede y acompaña en las tareas del anuncio evangelizador. Con palabras sentidas el Papa ha recordado que muchas veces la ha «presentado e invocado como "Estrella de la nueva evangelización"». Por ello, ahora la señala nuevamente «como aurora luminosa y guía segura de nuestro camino. "Mujer, he aquí tus hijos", le repito, evocando las mismas palabras de Jesús (ver Jn 19,26), y haciéndome voz, ante ella, del cariño filial de toda la Iglesia» (41).

Será la intercesión maternal de la Madre del Reconciliador la que nos acompañe en ese remar mar adentro, al cual invita el Santo Padre, yendo al encuentro del Señor, «preparados para reconocer su rostro y correr hacia nuestros hermanos, a fin de llevarles el gran anuncio: "¡Hemos visto al Señor!" (Jn 20,25)» (42)

 


NOTAS

1. Juan Pablo II, Novo millennio ineunte (NMI), 3. [Regresar]

2. NMI, 15. [Regresar]

3. Ver lug. cit. [Regresar]

4. NMI, 29. [Regresar]

5. NMI, 18. [Regresar]

6. NMI, 17. [Regresar]

7. NMI, 18. Ver Dei Verbum, 19. [Regresar]

8. NMI, 19. [Regresar]

9. Ver NMI, 20. [Regresar]

10. NMI, 19. [Regresar]

11. Lug. cit. [Regresar]

12. Lug. cit. [Regresar]

13. NMI, 23. Ver Gaudium et spes, 22. [Regresar]

14. NMI, 23. [Regresar]

15. NMI, 9. [Regresar]

16. NMI, 26. [Regresar]

17. NMI, 25. [Regresar]

18. NMI, 26. [Regresar]

19. NMI, 28. [Regresar]

20. NMI, 43. [Regresar]

21. NMI, 48. [Regresar]

22. Lug. cit. [Regresar]

23. NMI, 44. [Regresar]

24. NMI, 43. [Regresar]

25. NMI, 49. [Regresar]

26. NMI, 50. [Regresar]

27. NMI, 40. [Regresar]

28. NMI, 28. [Regresar]

29. NMI, 56. [Regresar]

30. NMI, 58. [Regresar]

31. NMI, 40. [Regresar]

32. Lug. cit. [Regresar]

33. Ver NMI, 30. [Regresar]

34. Lug. cit. Ver Lumen gentium, 39. [Regresar]

35. NMI, 31. [Regresar]

36. Lug. cit. [Regresar]

37. NMI, 38. [Regresar]

38. NMI, 57. [Regresar]

39. NMI, 11. [Regresar]

40. NMI, 59. [Regresar]

41. NMI, 58. [Regresar]

42. NMI, 59. [Regresar]

 

VE autoriza la reproducción total o parcial del presente documento sin modificación alguna y manteniendo la integridad de su sentido, pidiendo que se consigne la fuente: "VE mayo-agosto de 2001, año 17, No. 49 VIDA Y ESPIRITUALIDAD".
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VE mayo-agosto de 2001, año 16, No. 49
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